Autor: Peces-Barba Martínez, Gregorio. 
   Los profesores y la política     
 
 El País.    04/12/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

TRIBUNA LIBRE

Los profesores y la política

GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ

Muchas veces he leído las muy interesantes páginas de Max Weber en sus dos discursos sobre el político

y el científico, y he valorado la tensión que late entre estas dos profesiones, ambas dignísimas, sobre todo

en una sociedad democrática, pero ambas al mismo tiempo de muy difícil compatibilidad.

El científico y el profesor que se incorporan a la política tienen que adaptarse a un mundo distinto, con

vocación diferente, que exige mayor discreción y que muchas veces no permite decir todo lo que se

piensa. El bien común, la razón de Estado o el servicio a los objetivos de partido, que son ciertamente

fundamentales, pueden obstaculizar e incluso oponerse a la libertad plena y al sentido crítico, que son

clave en la vocación del profesor o del científico. La tensión moral que esos desajustes producen puede

llegar a ser insoportable. Ciertamente que los científicos de la naturaleza o de las ciencias físicas o

matemáticas, especie de niños grandes, como les llamaba el sociólogo alemán, sufren menos la

contradicción que aquellos que se dedican a las ciencias sociales y jurídicas; pero no cabe duda que, sobre

todo estos últimos, ven muchas veces su vocación de búsqueda de la verdad posible, y su enfrenamiento

crítico y matizado al hombre, a la sociedad y al Estado, dificultados, porque la política no permite

siempre decir lo que se considera la verdad ni tampoco asumir la función distanciada respecto de los

fenómenos. El científico es un espectador comprometido y el político es un actor transformador o

conservador según su ideología. Integrar la función del actor y la del espectador no es, desde luego, tarea

fácil ni puede ser tampoco permanente. Sólo se puede intentar desde raíces morales y con una cierta

vocación altruista o de servicio. Por eso se explica el compromiso del profesor o del científico en la lucha

por la democracia y por los derechos fundamentales durante las dictaduras y para traer y fortalecer un

régimen de libertad. Por eso el profesor soporta mejor la persecución que esa lucha exige que la acción

permanente como político en una sociedad democrática, aunque no sea fácil encontrar la ocasión ni el

momento para abandonar discretamente. Hay muchos lazos, muchas obras empezadas y también muchos

espejismos de creerse imprescindible, que hay que romper.

Miedo al compromiso

Otras veces he destacado, no compartiéndolo, el escepticismo arrogante de algunos intelectuales y su

juicio negativo sobre la acción política, que me ha parecido producto del miedo al compromiso, unido a

un residuo religioso puritano, a no contaminarse con el mal y con el pecado que, para ellos, supone la

política. Mancharse las manos no supone mancharse el corazón, y el profesor, como todo ciudadano, debe

entregar parte de su tiempo y de su vida al servicio de la comunidad a través de la política.

Ser intelectual desencantado y profeta de catástrofes que se contemplan desde la barrera no merece una

valoración positiva. Pero ese sacrificio, para el profesor y para el científico, no puede ser permanente y

estable sin riesgo de perjudicar e incluso arruinar su vocación última.

La acción política exige una convicción firme, una tenacidad sin límites, pasión y mesura, como dice Max

Weber, mientras que el científico y el profesor es un sembrador de dudas, un interrogador, un enemigo de

las intolerancias y de los dogmatismos. La acción política exige entusiasmo y tiende a producir seguridad

y, a veces, incluso segrega filosofías cerradas y terminadas, aseguradoras o tranquilizadoras, y la labor

científica y académica, por el contrarío, tiende a la desmagificación y limita el entusiasmo, porque sabe

que la seguridad no es una mercancía que se encuentre en el mercado de la inteligencia.

La acción política exige en muchos casos como condición para el éxito en una organización «el

empobrecimiento espiritual, la cosificación, la proletarización espiritual en pro de la disciplina». Weber

añadirá, con lúcida dureza, en su análisis que «el séquito triunfante de un caudillo ideológico suele así

transformarse, con especial facilidad en un grupo completamente ordinario de prebendados». El científico

que no renuncia a sus planteamientos estando en la política tiene que mostrar los hechos incómodos, y

esta actitud le puede elevar a ser desplazado y apartado. O se acepta lo que políticamente interesa y se

abandona la presentación de esos hechos incómodos o no hay esperanza en la carrera política. Pero

renunciar a los hechos incómodos y a la visión crítica es renunciar a la posibilidad intelectual.

Por eso, sin mitificar la vocación científica universitaria, muchas veces llena de peores defectos, lo cierto

es que la permanencia en la compatibilidad de las dos vocaciones se hace difícil, aunque se afronte desde

la ética de la responsabilidad. En algún momento, el profesor tiene que recuperar su libertad, haciendo el

menos daño posible y creando sólo los vacíos imprescindibles para encontrar su autenticidad.

La angustia de esa doble vida soló se puede mantener un tiempo, no todo el tiempo, sin renunciar para

siempre a ser profesor y científico. Si esto se tiene claro, la elección en algún momento es inevitable,

aunque siempre se deban respetar los compromisos adquiridos.

Gregorio Peces-Barba es profesor universitario de Filosofía del Derecho y diputado del PSOE por

Valladolid.

 

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