Autor: Castellano Cardalliaget, Pablo. 
   La vuelta a los orígenes (I)     
 
 Diario 16.    20/09/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

OPINIÓN 20-septiembre-80 / Diario16

PABLO CASTELLANO

La vuelta a los orígenes (I)

Este es el primero de dos artículos en los que Castellano sugiere la vuelta a los orígenes del socialismo y

el marxismo crítico como receta frente a la desilusión que suscita la izquierda instalada.

Se está poniendo de moda la afirmación generalizada de la crisis del marxismo, o de la crisis de la

izquierda. Se reclama a gritos una nueva izquierda, incluso un Partido Radical que la sustituya, desde el

que reinspirar ilusión, compromiso y papel de auténtica oposición en el desértico panorama político, que

algunos quieren reducir a la valoración de las reuniones de «la casa de la pradera», o a las relaciones entre

barones y futuros duques.

Y hay que volver al origen. Que no se asuste nadie, pues con esta frase no se trata de desempolvar un

catecismo ortodoxo que introducir con embudo en los ciudadanos, en una política de colectivo lavado

de cerebro, o de ideologización fanática. El origen del socialismo y del marxismo crítico, de su

permanente heterodoxia está en el realismo, el análisis de la realidad. Sin confundir ésta en la que tiene

aspecto institucional, legal, jurídico, de simple economía, de mera repercusión de situaciones

internacionales, o menos aún de las actitudes cotidianas de la élite que hace la política, con lo que a

través de todos y cada uno de estos exponentes pasa en el país y en campos culturales, cívicos, políticos,

sociales y económicos indivisibles e interaccionados.

Costos de producción falsos

El realismo impone reconocer hoy muchas cosas que no gustan a unos o a otros. Por ejemplo, impone

reconsiderar esa imagen, harto extendida, de que la dictadura con toda su secuela de limitaciones

políticas había dejado una herencia de país casi desarrollado en lo industrial y económico.

Y hoy vemos que nuestra indústria, en sus pilares fundamentales, exige una reestructuración. Que

el sector minero hullero, el naval, el de la fabricación de automóviles, el de electrodomésticos, el

siderúrgico, el del calzado, el agricola y el ganadero, por citar los más destacados, y sin olvido de la

construcción y su incidencia fundamental, piden a gritos una transformación sustancial para producir

cantidad y calidad en competencia, en un régimen de pretendida economía liberal de mercado.

Porque nuestra industria y nuestra financiación, a lo largo de demasiados años se ha basado en unos

costos de producción falsos; la inexistencia de la presión salarial, sin sindicatos, y con represión obrera

más que cualificada; sin competencia exterior de la que protegían a nuestros empresarios las barreras

arancelarias y el intervencionismo de la Administración presta a no conceder licencias bancarias ni

permisos de nuevas industrias; sin necesidades de renovación e investigación tecnológica, y a base de

subvenciones, créditos oficiales, desgravaciones, acciones concertadas, proteccionismo en suma que

tiene un costo, y estos errores hay que pagarlos.

El franquismo intercambiaba un aceptable nivel de empleo con la doble medida de la legislación social

paternalista y dificultante del despido, que a su vez compensaba garantizando mercado, valga la

expresión. Y por eso, igual que no hay políticos, que sólo en la libertad encuentran el debido ambiente

para su aflore, de empresarios y de banqueros auténticos estamos igual de deficientemente dotados. Y a

muchos de ellos, en cuanto les ha faltado el «papá político» protector o se está restringiendo la capacidad

especulativa les asoman todas las goteras.

Y si la falta de libertad hace injusto quejarse de la falta de políticos y de empresarios, la falta de libertad

administrativa, en competencia, hace también injusto quejarse de la Administración y de sus servidores, la

mayoría de los cuales, altos cuerpos, no tienen otra fundamentación que la de los privilegios adquiridos,

que no derechos, y otorgados políticamente en premio a la incondicionalidad de letrados del Consejo de

Estado, de las Cortes, de abogados del Estado, de inspectores de Tributos, de notarios y de registradores,

de jueces, de generales, de catedráticos, en suma, toda la guardia pretoriana de un sistema en el que colar,

no ya un hombre de izquierdas, sino incluso un descendiente de alguno de éstos, o lo era previa

abjuración y renegación o por simulación de una espectacular conversión a la doctrina del nuevo Estado.

Por eso no podemos tener tampoco, sin libertad ni pluralidad y competencia religiosa una Iglesia

Católica que renuncie, y no de boquilla, a tantas y tantas ventajas y canonjías, en materias judiciales,

escolares, de auténtico poder político.

Profunda crisis de realismo

Ha habido crisis de realismo en la izquierda al maximalizar nuestra potencia, cuando afirmábamos que la

dictadura y su intento continuista fallaría por la lucha de la clase obrera; cuando dábamos tal

denominación a una escogida y minoritaria agremiación, y no bien avenida, de resistentes, de activistas

políticos, sindicales, intelectuales, que siendo sinceros eran una minoría, rechazada en sus propios

ambientes, fábricas, Universidades, Colegios Profesionales y a los que la represión, si bien no eliminaba y

desarraigaba totalmente, mantenía perfectamente controlados, y que es obvio en la forma organizativa que

iban recreando, no tenían ni podían tener la protagonización del proceso futuro.

Y ha habido crisis de realismo al considerar la actitud de las llamadas democracias occidentales, tan

antifascistas en lo político como colaboradoras en lo económico, y beneficiadas por el franquismo y sus

privilegiados lazos con la Banca e industria protegida, para el inicio de sus multinacionales y,

lógicamente, deseosas de una salida formal que, salvando la cara y la mala conciencia, no supusiere ni

el riesgo de un susto a la portuguesa.

Y ha habido una profunda crisis de realismo al propalar una falsa ilusión de cambio, en lo que era una

simple situación de tensión entre los obligados a continuar con toda su fuerza y los que intentaban una

transformación.

 

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