Autor: Castellano Cardalliaget, Pablo. 
   A.M.V.G. Ad Majorem Vaticani Gloria     
 
 Diario 16.    17/10/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

OPINIÓN

17-octubre-80/Diario16

PABLO CASTELLANO

A.M.V.G.

Ad Maiorem Vaticani Gloria (I)

En este artículo —cuya primera parte publicamos hoy— se denuncia a la corriente vaticanista infiltrada

en el PSOE. «¿No estaremos ante algunos casos de doble militancia y disciplina que en supuestos límites

prima los intereses del Vaticano sobre las resoluciones de los congresos de los partidos obreros?», se

pregunta Castellano.

No se trata de montar una persecución, caza de curas y, menos aún, de denunciar o menospreciar el

íntimo y respetado mundo de las creencias, sino de ayudar a entender el más que reflejado y explícito

campo de actividades sectarias, caciquiles, oligárquicas, conventuales y jesuíticas de destacadísimos

componentes del social-catolicismo militante, que han conseguido poner ciertos comportamientos de los

partidos obreros al servicio de los intereses políticos y materiales y, ¡bien materiales!, de la peculiar

Iglesia española, su clientela política y financiera y cuanto ello significaba antes y significa hoy.

Al fin que ahora nos interesa resulta más conveniente el bucear en datos y nombres, con claros orígenes y

simpatias restablecidas, para explicarse cuál es el peso real del llamado sector vaticanista en algunas de

las decisiones y estrategias políticas del PSOE, que el embarullarse en una polémica teórica, y en la

especulación sobre «la evolución del pensamiento del movimiento cristiano hacia el socialismo».

Penetración protestante

Ya que como se comprueba, con el paso de los años, esta tendencia académica se está convirtiendo,

irreparablemente, en la pura utilización del término socialismo sin contenido alguno, para los fines de la

apostólica sociedad universal anónima del materializado Banco del Espíritu Santo, empeñada en que nada

cambie fundamentalmente.

Si no fuera, tal y como mantenemos algunos, por la diaria comprobación de la legítima y explicable

utilización del PSOE por los jóvenes socialcatólicos, para poder penetrar en las claves de tantas sorpresas,

habría de acudirse al socorrido principio de la casualidad. Y ¡qué casualidad! que se den tan fortuitas

circunstancias para que la misma filosofía de la penetración protestante en el ámbito de la

socialdemocracia europea se repita, hoy y aquí, en el partido de Largo Caballero.

Este no tan imaginativo proceso se inició en la primavera de 1975, cuando no había que ser Rodrigo de

Triana para vislumbrar, en el proceloso mar de la dictadura, la próxima arribada a la tierra de la transición

a la democracia, y, por ende, saber valorar el importante papel de los partidos y sus jerarquías en todo

sistema partitocrático, como el que se venteaba.

Hasta esas fechas, algunos denodados cuadros católicos y profesionales democrata-cristianos,

enterradores del PSOE, que con iniciativas políticas y sindicales disfrazadas de socialismo buscaban

sustituirle, no contemplaron la hipótesis de su posible aterrizaje ni en este partido obrero ni en la UGT.

Bien al contrario, convencidos de su desaparición, usaban y abusaban de la descalificación contra lo que

llamaban su marxismo de guardarropía, su proyecto histórico revanchista, su obrerismo de alpargata, la

hiriente «O» de sus siglas, el molesto recordatorio de la persecución y sufrimiento de sus militantes, y su

vanidoso y reivindicativo republicanismo frente-populista, tan incómodo hacía la restauración

monárquica en ciernes.

Pero, a partir del Congreso de Suresnnes, el viejo PSOE había eliminado uno de los principales

obstáculos para plantearse el desembarco, con la liquidación del peso de los exiliados y veteranos, y el

entierro del espíritu de Toulouse, para algunos valorable positivamente, pero para otros obstaculizador de

la «renovación».

Pontífices que pierden elecciones

La inventada necesidad de un cambio de imagen frente al electorado, propulsado coincidentemente por

«expertos» sociólogos americanos, pontífices de la técnica que luego pierden elecciones y despiertos

buscones políticos que suelen ser hábiles trapecistas hasta entonces bien lejanos de las áreas socialistas y

propiciado su importante papel de equipo renovador desde la cúspide del PSOE a quien resultaba más útil

la nueva y acomodaticia colaboración de estos mercaderes cargados de mala conciencia, que las rígidas

opiniones de los veteranos luchadores anclados en la firmeza y la irrenunciabilidad de los principios,

crearon el abonado campo para producir un cambio tal en algunas actitudes del partido de Pablo Iglesias,

que hoy, para bien o para mal, pues todo es enjuiciable, según la intención de cada uno, sea irreconocible

en múltiples decisiones.

La corriente vaticanista

Diríjase la mirada a cualquier punto geográfico u orgánico del PSOE y se comprobará el espacio hoy

ocupado y el peso político de la corriente vaticanista, que en algún lugar es absoluta, hasta el extremo de

que no es una boutade decir que tiene hoy más diputados y senadores, más ejecutivos y técnicos, más

concejales y alcaldes y que el omnipotente Alfonso Guerra, y por descontado que Enrique Múgica, o

Carmen García Bloise.

No es esta advertencia, aunque algunos así la van a calificar, una rabieta de críticos desplazados,

afortunadamente autodesplazados, de la trágica responsabilidad del irreparable ascenso de otras ideas,

concepciones, formas orgánicas y actitudes políticas, más próximas al oportunismo populista, al

compadreo de claustros, que a la lucha racional y frontal contra un sistema económico-social, político y

cultural contundente y alienante.

 

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