Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Utilización de la Guardia Civil     
 
 Diario 16.    22/10/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Diario 16/22-octubre-80

OPINIÓN

ENRIQUE MUGICA HERZOG

Secretario de relaciones políticas del PSOE

Utilización de la Guardia Civil

Recientemente, en un coso taurino, levantaron su carpa circense payasos de toda la vida. En tiempos de

esplendores autoritarios, algunos habían tenido poder; muchos, beneficio... y todos, obcecación.

Durante varios lustros, mandamases y bufones, distintos por la jerarquía, más igualados por el color de la

camisa, convirtieron todo el año en un largo y cálido verano. Entonces, animaban su confianza multitudes

reunidas por el temor o la curiosidad, cuando el jefe supremo encaminaba el palio a los balcones

municipales para, toscamente, arengarlas.

Cuando el caudillo fue momificado, alentaron su memoria tropeles de nostálgicos. Pero, más allá de las

gentes convocadas a santificar su recuerdo no se extendía el cerco de silencio, la crispación soterrada, la

indignación contenida y las apasionadas ansias de libertad, como en vida de quien tras una guerra

victoriosa se encaramó sobre la doliente paz.

Ahora, a los hombres y mujeres congregados les rodeaba la España que había recobrado la palabra, que

padecía la crisis, que era amenazada por el desempleo, que, a veces, se sentía dominada por la

inseguridad, pero que, también, por haber recobrado el protagonismo, por haber pasado de ámbito de

súbditos a comunidad de ciudadanos, estaba convencida de que el deterioro podía ser frenado y

restablecida una vida digna de ser mantenida.

Torcida intención

Mas aquellos que hace días instalaron su circo en la plaza, trataron de atizar la lumbre fascista llamando a

un homenaje a la Guardia Civil. Y muchos fueron los que acudieron, mezclándose en los graderíos

quienes, en su persona, vinculaban condición modesta e ideología conservadora, con cuantos temían ver

difuminarse beneficios adquiridos al socaire del régimen anterior, y con los que pretendían que retornara.

La torcida intención de los promotores manifestada en las páginas de un periódico, tan derrengado por el

tiempo como embravecido por el rencor, había incidido, también, sobre talantes reaccionarios, aunque

honestos. Lo lamentable era la monopolización del homenaje a un Cuerpo cuyo mantenimiento en sus

puestos tradicionales era solicitado a los diputados tas —para que lo transmitieran— por campesinos

aragoneses y gallegos, tan honestos como los anteriores, aunque de pensamiento bastante más abierto.

Y es que la solidaridad hacia esa Fuerza, lo mismo que a las demás que defienden la seguridad ciudadana,

puede brotar en los que saben que la convivencia de quienes tienen diferentes actitudes ha de ser

consolidada, como de los que confieren al palo una doble misión: la de palo y tentetieso y la de asta de

bandera, para afianzar, en tribu, identidades que, como individuos, son incapaces de sostener

razonablemente.

Distintos conceptos

Ambas posiciones nacen de un distinto concepto del orden público. Uno de ellos, confundiendo autoridad

con arbitrariedad, considera con pesimismo al hombre, mutila la creatividad en el continente del pecado e

impugna, desde el puritanismo, el despliegue de la sensibilidad. El otro brega por estructuras justas que

permiten, mediante la solidaridad plasmada en norma, colectivamente asumida y defendida, liberar al ser

humano de las opacidades que le impiden realizar, constructivamente, su vocación.

El orden no es un edificio de módulos implacables en que habitan caracteres fatalmente predestinados, y

que gravita sobre cuantos se apartan de lo establecido. Por el contrario, resulta de un consenso

democrático, tan amplio y pluralmente fecundo para quienes lo comparten, como riguroso para los que

violentamente lo atacan.

De aquí surge la demanda de un grupo humano que ha de protegerlo mediante su profesionalidad, su

potencia —encuadrada en el Estado de derecho— y su quehacer específico. Las Fuerzas y Cuerpos de

Seguridad derivan su legitimidad de la necesidad social, y su legalidad, de la Constitución, que les asigna

«como misión proteger la seguridad ciudadana».

Los rotundos medios que poseen obligan a que el Gobierno, del que dependen, vele con celo para que en

la realización de sus funciones se granjeen confianzas, se atraigan afectos, reciban complacencias.

Cuantos queremos una democracia cabal hemos de esforzarnos en que su vinculación al pueblo transite en

permanente afecto, que la guardia no vaya en menoscabo del auxilio, que la vigilancia en el de la

protección.

Estamos convencidos de que la gran mayoría de sus componentes obran con prudencia y ello hace

destacar, aún más, su carencia en alguno de sus mandos. Cuando en reciente ceremonia, el director

general de la Guardia Civil se autoriza a confundir como anti-España a quienes asesinan a sus hombres —

que son también nuestros— con los que intentan desprestigiarlos en películas y artículos, está come

tiendo una doble falta de cautela: la de englobar en esa condenable intención a quienes desde el nihilismo

de la ultraizquierda e intentando destruir la Institución la hostigan, con los que desde el ultraderechismo

quisieron contemplarla como alabardera del privilegio, tratando, sin conseguirlo, de hacerla antipática.

Mas es irresponsable aplicar el mismo tratamiento a periodistas o a cineastas que como Pilar Miró

denuncia singulares acciones sádicas de individuos, los cuales al desprestigiar con ellas el uniforme

terminaron expulsados. Esa identificación inexplicable e inexplicada connota riesgos para la libertad de

expresión, pilar de nuestra democracia.

Contrastando con quienes, interesadamente, «homenajean» a la Guardia Civil, ahí están las buenas gentes

que en mutua confianza, en el frío de los caminos o en el calor de las posadas de España, comparten con

los hombres del tricornio el pan y la sal.

 

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