Autor: Fernández Santos, Francisco. 
   Por una alternativa de sociedad     
 
 El País.    06/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

EL PAÍS, sábado 6 de enero de 1979

OPINIÓN TRIBUNA LIBRE

Por una alternativa de sociedad

FRANCISCO FERNANDEZ-SANTOS

Escritor militante del PSOE y subdirector de "El Correo de la UNESCO"

De los tan cacareados «poderes fácticos» que, se nos dice, gobiernan hoy entre bastidores la sociedad

española, hay uno.que no veo mencionado, o apenas, y que sin embargo resulta particularmente eficaz: su

majestad la inercia.

Ella es, creo, con sus ministros, la falta de imaginación y la pereza intelectual, la que parece confinar a las

fuerzas del socialismo español en una actitud de pasividad que puede traducirse, que quizá, ¡ay!, se

traduce ya, cuando ha llegado el momento de actuar plenamente en democracia, en la adopción más o

menos tácita de un «consenso neocapitalista».

En modo alguno es de desdeñar —muy al contrario— lo ya conseguido en materia de libertades y de

democracia política, de liberación de las nacionalidades oprimidas... Pero, ¿se puede verdaderamente

consolidar y desarrollar una democracia española si la reforma se detiene en los límites del

neocapitalismo? ¿Y pueden las fuerzas del socialismo sacrificar sus virtualidades de transformación

social en un sentido anticapitalista a la modernización y consolidación de un sistema social que en lo

esencial es el mismo que el del franquismo de las postrimerías?

De la respuesta que se dé a estas preguntas depende, a mi juicio, el porvenir del socialismo en España

durante decenios y, con él, el de la democracia. La posibilidad que sobre nosotros se ´cierne, ya lo decía

días atrás en otro artículo de EL PAÍS («Nuevo discurso del Palacio de Invierno», 29-12-78), es la

«molletización» oligárquica de las fuerzas socialistas españolas, es decir, su transformación en fuerza

auxiliar que, en nombre de los «principios inmutables», haga el trabajo —a veces sucio— que la

burguesía española necesita para salir del bache en que se debate por sus propias culpas franquistas y

como resultado de la crisis mundial.

Frente a esa posibilidad, los socialistas, si se muestran capaces de resistir a las venenosas sirenas del

poder, deben elaborar y proponer al pueblo otra posibilidad, «más radical y, por lo mismo, más realista».

Veamos.

Aunque pudiera parecer paradójico, nadie la ha formulado mejor—salvando el estilo, claro— que el

mismo presidente Suárez en su discurso anunciando la convocatoria de nuevas elecciones generales: «A

partir de ahora se hace necesario un Gobierno que, por respaldo popular, esté en condiciones de gobernar

desde las convicciones y el modelo de sociedad contenido en su programa.» (El subrayado es mío.)

El reto es claro. En respuesta a él; lo que las fuerzas del socialismo español, y en particular la ´principal de

ellas, el PSOE, deben proponer al pueblo español es su modelo de sociedad, y no una política de consenso

neocapitalista más o menos tácito. ¿Hará falta añadir que por modelo socialista de sociedad no puede en

ningún caso entenderse las opiniones personales de un secretario general o primer secretario (los famosos

«decenios y decenios de economía de mercado»), ni siquiera de toda una ejecutiva? No, ese modelo de

sociedad lo definen los documentos fundacionales del partido y las resoluciones vinculantes del último

congreso, órgano soberano. Y, que yo sepa, el PSOE no ha pasado aún, ni espero que jamás pase, por su

Bad-Godesberg, el congreso en que el SPD alemán renunció formal y democráticamente al socialismo

para convertirse en partido de reforma neocapitalista. El modelo «legal» de sociedad del PSOE —véanse

esos documentos y esas resoluciones— es un modelo anticapitalista, de franca ruptura con lógica de la

sociedad de mercado.

Es además, por lo mismo, un modelo «más realista». Lo es en la medida en que la racionalización de las

sociedades democráticas de Occidente exige una clara definición de las opciones políticas: la polarización

política no es ningún capricho de intelectuales utópicos, sino que responde a situaciones límites en que

esas sociedades están desembocando arrastradas por la lógica destructiva del capitalismo trasnacional y

de la sociedad consumista, en medio de una humanidad condenada en su gran mayoría a la miseria

espiritual y física.

El neocapitalismo ha vivido durante treinta años del derroche y la explotación a escala planetaria. Esa

época de las vacas gordas se ha acabado, y se ha acabado por mucho tiempo. La crisis no es coyuntura.l,

es estructural; y en ello coinciden los economistas marxistas con bastantes otros que no lo son (un

Galbraith, por ejemplo). El equilibrio monetario, el pleno empleo, la sociedad de consumo que aquella

situación injusta hizo posibles no se restablecerán con medidas que no traspasen los límites admitidos del

neocapitalismo. La ruptura con éste es, se diría, técnicamente necesaria; y lo será, al parecer, «durante

decenios y decenios». No habrá «mago de la economía» (llámese Barre, Friedmann o Schmitt) capaz de

hacer ningún nuevo «milagro económico». El fin de siglo será, pues, el de la crisis generalizada del

modelo de desarrollo neocapitalista y, por tanto, el de la agudización de la lucha de clases a nivel nacional

e internacional, con todas las enormes implicaciones políticas que ello entraña.

Y si eso es verdad respecto de las economías capitalistas superdesarrolladas, ¿cómo no lo va a ser en una

economía dependiente como la española?

La legalidad, el realismo y la eficacia nos obligan, pues, a ser coherentes con nuestro´ modelo de sociedad

fundamental y a no pretender dar gato capitalista por liebre socialista.

Estamos ante unas elecciones inminentes: ¿se va a repetir por nuestra parte él «show» a lo Kennedy del

15 de junio de 1977? ¿Vamos a reincidir en la «política como espectáculo» que denuncia Roger Gérard

Schwarzenberg? ¿«Venderemos» la cara de primeros secretarios o secretarios generales en lugar de apelar

al espíritu de reflexión del ciudadano, a la conciencia de clase del trabajador, a la conciencia socialista de

cuantos tienen interés en la progresiva transformación socialista del país?

La integridad político-ideológica, como el propio prestigio de la democracia, nos exige —¿hace falta

decirlo?— esta última solución. El resultado en términos de aritmética electoral no puede saberse de

antemano, pero no es lo esencial. Lo esencial es que quien vote al PSOE lo haga sabiendo que vota al

socialismo y no a un nuevo avatar de esa sobada «tercera fuerza» de que se valió tan eficazmente el

neocapitalismo en la época de las vacas gordas.

¿Que ese es un camino difícil? Tal vez lo sea para entrar inmediatamente en el Palacio de Invierno, quiero

decir en el de la Moncloa. Pero, ¿a tan poca cosa puede reducirse el proyecto histórico de un partido ya

centenario? ¿Gobernar? Naturalmente que hay que gobernar. El problema está en saber para qué y para

quiénes, en favor de qué fuerzas y en contra de qué otras. Gobernar, sí; pero para hacer socialismo.

¿Está maduro el pueblo español para aceptar esta alternativa clara y tajante? El desafío a que hemos de

hacer frente es digno de un partido ambicioso y consecuente que no se arredra ante la dificultad de una

empresa que es, ni más ni menos, la de abrir paso a una nueva civilización. «No hay cosa de tratar más

penosa —dice el gran Maquiavelo— ni más dudosa de llevar a buen término, ni más peligrosa de manejar

que aventurarse a introducir nuevas instituciones. Porque quienes las introducen tienen por enemigos a

todos los que se aprovechan del viejo orden y sólo cuentan con defensores muy tibios en quienes se

aprovecharían de lo nuevo.»

No nos engañemos: el socialismo es difícil —una larga, pertinaz e inteligente paciencia—. Pero es la

única respuesta real, de raíz (radical), a la múltiple crisis de la sociedad industrial contemporánea. Por

fortuna, contra el augurio de Maquiavelo, cuenta hoy con muchísimos y nada tibios defensores. Si en

España no son aún bastantes para hacer posible una política inequívocamente socialista, aunque gradual

(lo mismo ocurre, por lo demás, en los otros países de la Europa occidental), la única solución honrada y

realista radica en trabajar con paciencia y ardor porque lo sean en un próximo futuro.

En este año del centenario, seamos fieles a nosotros mismos, dignos de nuestros fundadores y maestros.

No dilapidemos, por el plato de lentejas en que se resolvería esa famosa «alternativa de poder» de que

tanto se nos habla, el legado de ideas y experiencias, de luchas sociales y paciente labor educadora, de

espléndidas páginas de historia, pero también de instructivos errores, de altas esperanzas y de energías

morales; ese legado cuya viabilidad histórica es ahora más real que nunca.

Para ello, como todas las fuerzas socialistas de Occidente, tenemos que conquistar el único Palacio de

Invierno que hoy importa conquistar y sin cuya posesión no pasaremos de ser marionetas manejadas por

los maeses Pedros del capitalismo trasnacional: la conciencia de las grandes masas trabajadoras, de los

intelectuales y los técnicos..., de todos aquellos —y son la inmensa mayoría— que sufren y van a sufrir

cada vez más las nefastas consecuencias de un sistema cada vez menos hecho a la medida del hombre.

El socialismo español tendrá su oportunidad auténtica —la que entraña su alternativa de sociedad— a

plazo quizá corto, quizá medio. La gran política consiste en saber esperarla, en aprestarse social e

intelectualménte para ella, en no comprometerla por la sombra de una sombra de poder.

Mientras tanto, que don Adolfo haga la política del señor Suárez.

 

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