Autor: Peces-Barba Martínez, Gregorio. 
   El consenso en la Constitución / 1     
 
 El País.    28/01/1979.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

POLÍTICA

EL PAÍS, domingo 28 de enero de 1979

TRIBUNA LIBRE

El consenso en la Constitución /1

GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ

Ex diputado del PSOE por Valladolid

El tratamiento ligero y superficial que se ha dado a la idea del consenso obliga a profundizar en su sentido

y aclarar los matices y los perfiles que contiene ese concepto enraizado en la historia de la cultura jurídica

y política del mundo moderno y clave para entender el sentido de la sociedad democrática.

Despectivamente se ha tratado del tema como de una especie de enjuague o de pastel e incluso se ha

acusado al «consenso» de manejo antidemocrático tendente a evitar los debates y a oscurecer la necesaria

exigencia de luz y de taquígrafos. Así, por ejemplo, lo plantea en el Congreso el señor Barrera Costa

cuando dice: «... la democracia parlamentaria falla por su base cuando las discusiones en el hemiciclo son

sustituidas por lo que los franceses llaman "maquignonnage", las transacciones propias de comerciantes

de ganado hechas en lugar cerrado. Es, sobre todo, por medio de transacciones de ese tipo como se ha

llegado a fórmulas de compromiso durante el período de discusión en comisión del proyecto

constitucional, a cuyas transacciones se ha querido dar el nombre de consenso.»

Por su parte, el señor Gómez de las Roces, en la misma línea, dijo: «Afirmo, por tanto, que esto, más que

un debate general, es un consuelo de afligidos, una especie de plaza de gracia que recibimos los que no

fuimos ni siquiera invitados a más altos y sobre todo más eficaces manteles... Nosotros no deseamos otra

cosa que decir con sosiego, pero con la firmeza debida, que parte de esta Constitución (no sé por qué digo

parte) no se elaboró encuestas paredes; que naturalmente ello con procedimiento reprobable porque burló

el obligado conducto parlamentario y la publicidad que pide el pueblo...»

El señor Letamendía, en el mismo debate del Pleno del Congreso del día 4 de julio, también se lamenta de

que se retiren enmiendas por los grupos parlamentarios de izquierdas «en aras de consenso...», y el señor

Fraga plantea también el tema en una perspectiva similar cuando dice: «... el consenso es el resultado

final, no el comienzo, de un gran debate constitucional. Y no consiste, por lo mismo, en eludir las

cuestiones, en remitirlas a reuniones privadas; no consiste en disimularlas detrás de palabras abstractas

que quizá nosotros mismos nos obstinamos en hacer más abstractas porque no las comprendemos...».

Todos se quedan en lo superficial, en la denuncia de las conversaciones entre los grupos que formaron el

consenso, y no pueden, por otra parte, ocultar un cierto disgusto por no haber formado parte del mismo.

Sin embargo, el consenso es un concepto central, heredero moderno de la idea del contrato social, para

explicar la formación y el mantenimiento de las sociedades y, como tal, objeto de la dedicación de los

estudiosos de la ciencia política y de la Filosofía del Derecho y del Estado.

En efecto, la historia del mundo moderno, en el plano jurídico y político, es la historia de la superación de

la explicación teocéntrica propia del mundo antiguo y medieval respecto al fundamento y a la

justificación del Estado y a su sustitución, en el marco de un proceso creciente de secularización, por una

justificación racional. De Dios como fundamento y explicación de todo, y también como autor del

Derecho, del Estado y del orden, en general, de la sociedad civil, se pasa a la búsqueda de elementos

racionales e históricos que justifiquen la sociedad, el poder y el Derecho.

Todavía se intenta buscar un fundamento material, unos contenidos objetivos a través del Derecho natural

racionalista que lo basa en la propia naturaleza humana descubridle por la razón. Desde Hugo Grocio y

hasta el siglo XVIII se sigue ese camino idealista, que tiene, sin embargo, virtualidad revolucionaria para

derribar al Estado absoluto, que era ya Estado moderno, pero todavía basado en fundamentos teocráticos

(los reyes de derecho divino).

Pero esa ideología del Derecho natural moderna genera en su interior el precedente inmediato de la idea

de consenso que es la doctrina del contrato social y, en definitiva, contiene en sí misma la propia

superación del idealismo y la toma de conciencia del relativismo histórico de las fundamentaciones de la

sociedad, del Estado y del Derecho.

En efecto, el análisis de la realidad, ya en el propio período iusnaturalista y, posteriormente, a partir del

siglo XVIII, lleva a algunas conclusiones importantes que están en la base de los precedentes de la idea

del consenso y de éste mismo.

a) La relevancia del poder, separado de cualquier idealización ética en la teoría política desde

Maquiavelo y la constatación de que el fundamento último de la validez del Derecho positivo —único

que se considera tal por la mayoría de la doctrina desde el siglo XIX— está en el apoyo de la fuerza que

el poder supone.

b) La dificultad máxima, en encontrar un contenido material de la idea de justicia o, dicho de otra forma,

la dificultad en encontrar un fundamento material a la sociedad, al Poder y al Derecho, que fuera estable,

racional, permanente, es decir, por encima de las concretas sociedades históricas. Es la constatación de la

dificultad de encontrar en el plano de las ciencias humanas o sociales unas conclusiones o leyes como las

que se pueden formular en el plano de las ciencias físicas o naturales.

Las consecuencias de estas dos constataciones es enorme en el plano de la fundamentación de la sociedad,

del Estado y del Derecho. La toma de conciencia del enorme influjo del Poder en este campo hará pasar la

reflexión idealista sobre el Derecho natural o sobre el contenido material de la justicia a la reflexión sobre

los límites del Poder y sobre su origen democrático y la constatación sobre la imposibilidad de verdades

objetivas descubribles científicamente en el plano de las ciencias sociales llevará a la superación del

dogmatismo, a la tolerancia, al relativismo.

La intuición de Pascal en sus Pensées será muy clara curiosamente en este tema, cuando dice: «... Hay

que poner juntas a la justicia y a la fuerza y para eso hacer que lo que es justo sea fuerte o que lo que es

fuerte sea justo...» La reflexión sobre la legitimidad, sobre la justicia en la sociedad, en el Poder y en el

Derecho se hará realista e histórica y empezará con la doctrina del contrato social buscando solamente

una legitimidad formal, a veces un poco ingenuamente mecánica, pero partiendo de la idea, muy puesta

en razón, de que la mayoría, aunque no tiene bula de no equivocarse, y puede equivocarse, es, sin duda,

un principio formal de justificación del Poder y del Derecho mínimo, ante la imposibilidad de mantener

las tesis clásicas. El Poder estará apoyado por la mayoría legítima, más que en la minoría o en la

insostenible tesis de que viene de Dios directamente a una persona o a una familia. Naturalmente que las

doctrinas del contrato social tienen diversos orígenes, filosóficos, religiosos y de momento histórico, pero

su sentido último está en el intento de superar la crisis de valores y de fundamentos de la sociedad, del

Poder y del Derecho que supone el tránsito a la modernidad y el mundo moderno en su desarrollo

posterior. Así, con precedentes que arrancan de la antigüedad, con Epicuro o con Cicerón, y que se

mantienen en la Edad Media con Manegold de Lauterbach, Marsilio de Padua, Nicolás de Cusa, etcétera,

se llega al contractualismo de los modernos desde los monarcómacos y Althusio a Grocio y los demás

iusnaturalistas, Locke, Hobbes y Rousseau.

 

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