Autor: Solana, Luis . 
   Ya no hay centro     
 
 El País.    18/03/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Ya no hay centro

LUIS SOLANA Diputado electo del PSOE por Segovia

Los datos electorales están ahí, tozudos y tristes para algunos, pero definitivos. Un partido confuso en sus

orígenes, plagado de franquismo vergonzante, con incrustaciones de hombres auténticamente fíeles a la

idea de libertad, conocedor de la máquina del Estado, ha ganado las elecciones. Unas elecciones que

tienen mucho de clarificadoras por más que algunos quieran entenderlas de otra manera. Pueda ser que los

resultados medidos en escaños se parezcan a los de las anteriores Cámaras, pero la correlación de fuerzas

ha cambiado sustancialmente. Cada formación política tiene ahora los apoyos reales, no los ideales, que

jugaron un importante papel el 15 de junio de 1977.

Hay derecha

La primera conclusión es que en España se ha terminado el centro. Ya no hay centro por más que sea

difícil cambiar nombres registrados. Hay derecha. Y no es ninguna acusación; es la constatación de un

hecho. Dejando aparte al representante de un fascismo iluminado —que, sin embargo puede

incrementarse en los próximos años—, no hay nada en el panorama político español que represente a la

derecha más que la UCD. Si alguna vez —que lo dudo— Adolfo Suárez tuvo que ir al psiquiatra, ahora

ya no tendrá necesidad de estas muletas para resolver un problema de doble personalidad. Ya no será

preciso. Sólo tiene una: la de derechas. Derecha llena de adjetivos, es cierto, pero derecha. Derecha

civilizada, derecha continuista-innovadora, derecha de los valores permanentes y mutantes, derecha de los

intereses evolucionistas. Un largo etcétera en función del autor o del receptor del mensaje. Pero derecha

al fin. Con penetrante acierto, un nuevo senador de UCD por Segovia dijo en declaraciones a la prensa

local que, aunque su incorporación al partido era reciente, él era de UCD desde antes de que se creara la

Unión del Centro Democrático, Era un profundo análisis que muchos, desde la izquierda y desde otra

derecha, han tardado en reconocer. Ha tenido que ser el pueblo español quien con sus votos confirmase la

definición.

Había una derecha política que yamo servía y para cuya liquidación sé utilizó uña hábil maniobra (por

cierto, hija de la técnica franquista): nombrar jefe de Gobierno a un hombre de la maquinaria del Estado.

Subrayo: ni un burócrata, ni un tecnócrata, ni un ideólogo. Nada de eso. Un hombre comprometido

aparentemente sólo con el Estado y con su personal ambición. El Rey había elegido el perfecto

instrumento para cambiar la derecha política. A su lado se amontonaron una mezcla desordenada de

personas que iban desde seufstas escépticos hasta hombres de Cuadernos para el Diálogo. El mensaje del

señor Suárez debió ser por aquellos días algo así como: «¿Quieres ser protagonista del cambio

democrático?» Muchos aceptaron de buena fe. Varios, por ambición. Otros muchos, por personal

prudencia.

En menos de dos años el proceso ha sido clarificador. Llegadas las elecciones de 1979, surge la derecha

real, la derecha de los poderes económicos, sociales, religiosos, etcétera, y decide utilizar la UCD,para su

cobertura. Aquel cardenal largo y fumador que sermoneaba a reyes, rememora el problema de la

enseñanza, el divorcio, el aborto y propugna hábilmente el voto a UCD. Un banquero opusdeísta y

europeo hace público su apoyo a UCD. De la CEOE y su evolución nada hay que aclarar. Las Fuerzas

Armadas aceptan las decisiones de un jefe de Estado que apoya —democráticamente, por supuesto al jefe

del Gobierno que en su día promocionó. Estados Unidos prevé una nación más dentro de la OTAN.

¿Queda algún «poder fáctico»?

Fuera máscaras

La parte segunda del programa la hemos vivido durante la reciente campaña electoral. Fuera máscaras.

Incluso se habló del peligro marxista, de los hijos entregados al Estado, del riesgo de perder la vaca o el

coche, de que no se iba a legalizar la masonería. Pobre Carrero Blanco; cándido López Rodó; no sabíais

que la derecha conservadora hay que cubrirla de forma adecuada en cada momento histórico. Hubo quien

lo entendió y —en medio de muchos escepticismos— lo puso en práctica: los votos le han dado la razón.

Pero quede claro que un análisis acertado no quiere decir que sea ni progresista ni justo. Puede ser incluso

todo lo contrario. Viene esto a cuento de que conviene que sepamos qué derecha ha encontrado España la

madrugada del día 2 de marzo: se llama Unión de Centro Democrático. Y no digo que sea bueno o malo;

eso depende de cada opción personal; digo que es un hecho.

 

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