Autor: Sotelo, Ignacio. 
   La hora de las verdades     
 
 El País.    21/03/1979.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

POLÍTICA

EL PAÍS, miércoles 21 de marzo de 1979

TRIBUNA LIBRE

La hora de las verdades

Ignacio sotelo

Militante del PSOE

Desplazar a la derecha del poder fue el objetivo claro del PSOE en las pasadas elecciones. Medido por

este rasero, hay que dejar constancia de la derrota socialista. De poco sirve esconder la cabeza debajo del

ala y escurrir el bulto, aludiendo a una indudable consolidación de los resultados, sorprendentemente

altos, del 15 de junio. Cierto, el PSOE se ha ratificado corno el partido mayoritario de la Oposición, pero

también UCD se ha consolidado como el partido gobernante. Lo grave es que esta situación muy bien

pudiera durar muchos años: si extrapolamos las actuales tendencias, UCD gobierna y el PSOE continúa

siendo el partido mayoritario de la Oposición, pero cada vez a menor distancia de los comunistas y a

mayor de UCD. El panorama es verdaderamente pavoroso para aquel que tenga una mínima sensibilidad

política o le importe el porvenir democrático de nuestro país.

Dos cuestiones se imponen en este momento. ¿Fue realista y atinada la meta de relevo en el Gobierno que

se propusieron los socialistas? En tal caso, ¿cuáles, han sido las causas del fracaso? En torno a estos dos

temas, permítanseme algunas consideraciones críticas, que no pretenden más que iniciar una discusión,

tan urgente como necesaria, sobre el estado actual y futuro probable del socialismo español.

Lo primero que hay que decir, en el momento de la derrota de la izquierda, es que la estrategia del PSOE,

en sus lineas generales, ha sido correcta. Los años 1976 y 1977 mostraron, sin dejar la menor duda, que

las fuerzas democráticas eran demasiado débiles para cuestionar el orden institucional establecido. No

hubo otro remedio que intentar avanzar por los angostos canales que abrió la derecha desde el poder, a la

búsqueda de su propia legitimación democrática. El éxito alcanzado por los socialistas el 15 de junio

revalidó plenamente esta estrategia: aceptar la reforma, para provocar desde dentro, y con la ayuda de los

votos, una ruptura expresada en un cambio de Gobierno. Había que empujar desde el poder las reformas

económicas, sociales y administrativas mínimas imprescindibles para que la democracia fuese algo más

que una nueva fachada institucional que salvaguarda y legitima los intereses de siempre.

El PSOE centró su estrategia en dos objetivos claves que parecían, y siguen pareciendo, acertados:

primero, Constitución democrática, qué no podía ser más que pactada; segundo, tan pronto la

Constitución aprobada, obligar al Gobierno a convocar elecciones generales, con la esperanza fundada de

que el electorado pasase la cuenta a un Gobierno ucedista que se había caracterizado por su debilidad e

ineficacia. Se trataba de cerrar así el proceso de reforma con el salto cualitativo que hubiera significado

un Gobierno socialista.

Sé ha conseguido el primer objetivo, que los socialistas compartían con las demás fuerzas políticas de

derechas y de izquierdas. Se ha fracasado en el segundo, que contaba con la hostilidad manifiesta de la

derecha y de los comunistas. Acaso no era desatinado creer en una victoria del PSOE contra UCD y PCE

objetivamente unidos en su pavor de un triunfo socialista. No tiene demasiado sentido esforzarse en hacer

verosímil lo que los hechos han demostrado irrealizable. Sin embargo, si se acepta la fácil explicación de

que la meta socialista de llegar al poder era una tremenda ingenuidad, sin ninguna base real, se encubre

peligrosamente el meollo de la cuestión: una estrategia correcta no alcanzó su objetivo principal porque se

cometieron errores graves en la táctica diaria. Si definimos el objetivo como imposible, nos ahorramos el

indagar sobre las causas muy variadas del fracaso.

Era correcto —me atrevo a más; históricamente necesario— intentar llegar en esta ocasión al poder, y,

por tanto, importa desentrañar, sin pelos en la lengua, las causas del fiasco. También en la próxima

oportunidad los socialistas se encontrarán con la enemiga de la derecha y de los comunistas, dispuestos

otra vez a cerrarles el paso con la amplia gama de denuncias y calumnias propias de su arsenal. Pero de

poco servirán si a la estrategia correcta, lucha por el poder —el partido socialista, a diferencia de los otros

llamados de izquierda, no es una secta ni un partido testimonial, sin posibilidad real de llegar al

Gobierno—, se une una táctica adecuada, capaz de movilizar a amplios sectores sociales por el cambio

político y social.

No cabe duda de que los dos factores que más han perjudicado a los socialistas han sido la postergación

de las elecciones municipales, incluso para después de las generales; el tiempo excesivo de elaboración de

la Constitución, que ha prolongado —y extendido a todas las esferas— el necesario consenso, reduciendo

y desprestigiando la actividad parlamentaria. Sería muy arduo de dilucidar en el espacio de un artículo de

periódico la responsabilidad que en estos dos hechos menos en el primero que en el segundo— incumbe a

la dirección socialista, pero, desde mi punto de vista, en ninguno de los dos se ve libre de toda culpa. En

todo caso, no pienso que la fórmula acertada en el período de transición hubiera sido el obligar a Suárez a

aceptar un Gobierno de coalición UCD-PSOE.

Si la política de consenso ha desgastado, como era de esperar, más a los socialistas que a la derecha, la

coalición hubiera aún incrementado exponencialmente el deterioro de imagen de los socialistas, con el

riesgo evidente de que, de haberse constituido un Gobierno de coalición, éste hubiera durado hasta el

término de la legislatura en 1981, y para estas fechas ya nos habríamos quedado sin partido socialista.

Como índice del enorme desgaste que para los socialistas hubiera significado la coalición, tómense los

resultados de las últimas elecciones, con pérdidas espectaculares o significativas, allí donde los socialistas

presidían la junta o el consejo autonómico. Puede decirse sin exagerar que el señor Tarradellas ha salvado

a los socialistas catalanes, y si no hubiera existido, lo hubieran tenido que inventar.

Los dos fallos de exclusiva responsabilidad del PSOE, que en gran parte explican la derrota, se remontan

al XXVII Congreso. El primero y fundamental radica en la confusión sibilina que emerge de muchos de

sus documentos. Cierto que respondía a la situación de un partido que salía de la clandestinidad, con

demasiada «acumulación ideológica» y muy poca experiencia; pero ello no justifica esa mezcla explosiva

de marxismo mal asimilado con un radicalismo verbal, que encubre la falta de un análisis de realidad y de

metas razonables a medio plazo. Se pueden mencionar, sin duda, partes mejores y algunas incluso muy

aprovechables, pero, en general, las ponencias aprobadas en el XXVII Congreso cavaron un foso

insalvable entre doctrina y realidad, que trajo consigo un distanciamiento creciente entre militancia y

dirección.

En efecto, cuanto más confusas, utópicas o contradictorias las resoluciones aprobadas en un congreso,

más grande el margen de acción de la ejecutiva, pero también más se aleja de la base, en cuanto los textos

programáticos configuran el marco de referencia para enjuiciar la actividad de la dirección. A los

afiliados del PSOE no les resulta difícil comprobar la distancia considerable que existe entre lo aprobado

y lo realizado, pero a poco que estén avisados, también comprenden las razones de estas diferencias.

El segundo fallo hay que buscarlo en la política personal que siguió el núcleo de poder mayoritario. Lejos

de integrar a las distintas fracciones, eligiendo en la comisión ejecutiva a las gentes más capacitadas de

que disponía el partido; por el falso principio de homogeneidad en la dirección, que yo por lo menos

denuncié en su día, se cooptó a los amigos más seguros y leales, de buena voluntad, pero sin dar la talla

política e intelectual que cabía esperar de dirigentes de un partido que pronto iba a tener que aspirar al

Gobierno.

La consecuencia más grave fue una concentración excesiva de poder en los pocos dirigentes que, por dar

la medida, tuvieron que acumular un exceso de tareas. Esta acumulación de funciones en muy pocas

personas ha sido un factor nada despreciable de la derrota; además de difundir, dentro y fuera del partido,

una imagen poco atractiva, el trabajo parlamentario acogotó el más importante de implantación social del

partido. Falto de secretario de organización, ocupado en otros muchos menesteres, el PSOE no logró

llenar él enorme espacio socialista que se abrió el 15 de junio.

Cabe esperar que el XXVIII Congreso corrija con valentía todas estas deficiencias. La tarea fundamental

consiste en la redacción de un programa verdaderamente socialista, que sea a la vez presentable al país,

con la esperanza fundada de arrancar una amplia mayoría. Pues si bien es cierto que con la confusión, por

muy izquierdista y radical que se presente, no es posible llegar al poder, tampoco ofrece mejores

perspectivas un programa que, como el electoral, corriendo unas cuantas comas, sea intercambiable con el

de un partir do moderno de derechas. Los socialistas no podrán avanzar con el radicalismo verbal —un

enemigo interno que todavía hay que vencer—, pero tampoco con la aceptación lisa y llana de una

ideología demoliberal con ribetes obreristas.

La derecha sólo tiene intereses que defender y puede renunciar a las elaboraciones teóricas. Los

socialistas, o son capaces de crear nuevas perspectivas, nueras formas, de lucha y un tipo nuevo de

organización, o quedarán a medio plazo tirados en la cuneta, agotados en sus reyertas intestinas.

 

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