Autor: Altares, Pedro. 
   Cuando el socialismo se hace progre     
 
 El País.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

POLÍTICA

EL PAÍS, miércoles 14 de marzcr

TRIBUNA LIBRE Cuando d socialismo sehace"progre"

PEDRO ALTARES

Curioso. La democracia española es como una de esas pizarras escolares que borran de manera inmediata

lo que se escribe en ellas. Llegaron las elecciones con su barabúnda de datos, que pocos políticos se

molestarán en estudiar en serio, pero que, sin embargo, todos manejan ya con increíble desparpajo. No

sólo arrimando el ascua a su sardina, lo que en definitiva resultaría lógico, sino, a través de la

extrapolación, elevándolos a categoría ideológica absoluta. Sin apenas análisis, desconectándolos de las

respectivas campañas, los votos entran en las arcas de los partidos como particular patrimonio, de donde

sólo saldrán convertidos en singular «prét á porter» para uso y abuso de sus propietarios.

Pongamos algunos ejemplos. A las tres de la mañana del día 2, en el Palacio de Congresos, hubo quien

aseveraba que este país había votado derecha por los siglos de los siglos y que, en el fondo y a juzgar por

los resultados, estas elecciones podían haberse realizado con Franco. Estupendo. A las cinco de esa

madrugada, inolvidable por muchos conceptos, los salones del Eurobuilding, alquilados por UCD,

parecían un Olimpo poblado por dioses que, una vez pasado el susto, se olvidaban de posar sus pies en la

lejana tierra de los problemas económicos, autonómicos, terroristas, laborales, educativos, etcétera. Como

si ciento sesenta y siete escaños, en lugar de ciento sesenta y cinco fuesen la lámpara de Aladino, capaz

de hacer milagros con las cosas antes mal hechas o,"simplemente, no hechas. El Centro, después de su

campaña al fin derecha, se mostraba poseedor, gracias a un par de diputados, de un emotivo y

conmovedor providencialismo.

La izquierda se está haciendo «progre»

Horas después, más o menos a las seis, la sede socialista de García Morato era pura desolación. Rosa

Montero lo ha descrito muy bien en estas páginas. La «derrota» se palpaba en los vasos de limonada por

los suelos y en los ramos de claveles marchitos. Y en la ausencia de seguidores en la calle a esas horas

vacía de atascos y de estacionamientos en tercera fila. La flamante pantalla apagada. A partir de las tres

no hubo datos que ofrecer ni ruedas de prensa que celebrar. Alfonso Guerra diría que este país había

perdido una gran oportunidad histórica, en unas declaraciones con cierto dejo de paternalismo ilustrado.

Probablemente sería un mal sueño o vapores de una noche de insomnio, pero el ambiente reinante,

parecido a los vestuarios de un equipo de fútbol después de haber perdido la Liga, recordaba el final de

ciertas decadentes fiestas de la burguesa progresía. Lo que también había sido palpable en el Centro de

Comunicaciones, esta vez protagonizado por la clase periodística, que rápidamente se sumió en los

efluvios depresivos de la noche electoral. Y es que, por lo que parece, la izquierda se está haciendo

«progre». Y esto tiende al desánimo y a buscar explicaciones tan fáciles como contundentes cuando sus

esperanzas e ilusiones no coinciden con lo que el pueblo, en uso de su soberanía, decide votar. Que en

este caso y aunque sea por poco, y con la ayuda del señor Hont, ha sido a UCD.

Ya nadie se acordaba de la campaña electoral que unos y otros han hecho. Ni en su culminación, la noche

del 27 en la pequeña pantalla. Felipe González estuvo mal y en la cuestión de su fallido debate con

Suárez, las cañas se le volvieron lanzas. En cuanto a éste, ¡al fin!, se presentó al electorado sin

ambigüedades progresistas. El «voto del miedo» era su baza natural y la jugó. No parece lógico que ahora

el PSOE se rasgue las vestiduras en relación con un posible juego sucio. Innecesariamente sucia había

sido la campaña por parte de casi todos los partidos y un mínimo «fair play» había brillado por su

ausencia.

Pero es que además hay que considerar la intervención de Suárez como positiva. Por primera vez, el

presidente perdió su ambiguo equilibrio y continuó la campaña de su partido, sin guiños hacia el

electorado de izquierda. Mostrarse tal y como se es, es decir, como cabeza de un partido de derechas no

es juego sucio. En tal caso, clarificador.

Una mala campaña electoral

No se puede olvidar además que la izquierda hizo una mala campaña, utilizando exactamente el mismo

lenguaje y los mismos esquemas que la derecha. Por su parte, el PSOE confundió la realidad con las

encuestas e hizo con el Gobierno un fácil «pim-pam-pum», olvidando llevar el debate a terrenos

ideológicos. El problema no estuvo ni siquiera en la moderación programática, sino en encerrar ésta en

latiguillos publicitarios y a menudo demagógicos. Por lo demás era más que evidente que a los socialistas

se les había subido a la cabeza el espectacular resultado del 15 de junio de 1977, renunciando a análisis

elementales y, cosa muy peligrosa, dando sensación de desprecio a los contrarios o a los competidores.

Unos por pequeños, caso del PSA y el abertzalismo vasco, y a otros, como a UCD, negándose a reconocer

que la derecha ya no es lo que era y que su capacidad de adaptación y de gancho comienza a ser notable

para algunas capas de la población. Parece mal síntoma que los socialistas hayan echado mano a veladas

alusiones a la financiación del PSA para explicar su éxito en Andalucía. No es ése buen camino de

reflexión. Como no lo es no reconocer que fue un error político de primera magn tud no poner a un

nacionalista frente del Consejo General Vasco.

De todas maneras, no es todavía el momento de pasar revista a los errores cometidos. Pero sí de forzar un

análisis serio para no caer en la estéril dinámica, antidemocrática además, de creer que los votos son de

menos calidad cuando van a engrosar las candidaturas de los contrarios." La realidad demuestra que más

de un 45 % de los votos de este país han sido para la izquierda. No hay motivos para la depresión por

parte de ésta. Sí hay, sin embargo, muchas cosas que meditar. Entre otras, que también la derecha es

electoralmente fuerte y que ha cambiadp más de lo que parece. Si la izquierda se deja llevar por el talante

«progre», confundiendo a UCD con el franquismo, vamos a tener Suárez para rato. El llamado centro es,

por primera vez en la historia de España, una derecha moderna. Y eso exige el replanteamiento de algunas

tácticas de la izquierda, si no quiere gastar su pólvora en salvas. Como en buena medida se ha hecho en

las tres semanas de campaña electoral. Como se hizo en la poco estimulante noche del 1 de marzo, donde

los socialistas, algunos, olvidaron cosas tan elementales como que la lucha por una sociedad nueva no se

gana, ni se pierde, en una sola baza electoral. No es ninguna tragedia no acceder al Gobierno. Sí lo sería

que la izquierda en general, y los socialistas en particular, olvidasen sus objetivos ideológicos y de clase,

para sumirse en el foso insondable, y políticamente castrante, de la autosatisfecha y depresiva progresía.

 

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