Autor: Claudín Ponte, Fernando. 
   La responsabilidad del PSOE     
 
 El País.    22/03/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

POLÍTICA

EL PAIS, jueves 22 de marzo de 1979

TRIBUNA LIBRE

Las responsabilidades del PSOE

FERNANDO CLAUDIN

El PSOE ha aumentado ligeramente sus escaños en el Congreso y sustancialmente en el Senado; ha

conservado, también con un leve incremento, su porcentaje en votos. En una palabra, ha consolidado sus

posiciones electorales. Se ha demostrado que el voto socialista no es de «aluvión» —como lo calificó

Carrillo al día siguiente de las elecciones del 15 de junio—, sino que tiene bastante estabilidad. No tiene

sentido, por consiguiente, hablar de derrota del PSOE. Pero sí puede decirse que ha sufrido un revés. Lo

ha sufrido en relación con las expectativas de avance anunciadas por los propios dirigentes socialistas

durante la campaña electoral y en el período anterior, compartidas por muchos que no pertenecemos al

PSOE; en relación con el incremento del censo en más de tres millones y, sobre todo, con la inclusión de

los jóvenes mayores de dieciocho años; en relación con su retroceso en zonas tan importantes como

Euskadi y Andalucía.

El PSOE ha sido el partido más afectado por la abstención, y éste es, probablemente, el dato global más

significativo del revés sufrido: un sector apreciable del electorado predispuesto al voto socialista

finalmente se ha abstenido. ¿Un cinco, ocho o 10%? Tal vez un porcentaje suficiente como para haber

convertido, en caso de votar socialista, el revés en victoria. Resulta evidente que con este resultado

electoral se ha frustrado la única posibilidad inmediata de un cierto cambio hacia una política más

democrática. Es una constatación banal. El reproche que se le puede hacer a Alfonso Guerra no es, a mi

juicio, haber explicitado esa constatación, sino el de no añadir inmediatamente que el PSOE tiene

responsabilidades, mayores o menores, en esa frustración.

Precisamente por ser el principal portador del cambio posible. UCD, de acuerdo con los intereses sociales

que representa, tenía la misión de cerrarle el paso, y debe reconocerse que ha cumplido con eficacia,

utilizando —cómo no— todos los recursos que le proporciona su monopolio de los aparatos del Estado.

Esto es «sucio», en efecto, visto desde la óptica de un funcionamiento «limpio» de la democracia. ¿Pero

dónde se ha dado tal «limpieza» cuando gobierna el partido del dinero y de los privilegios capitalistas? En

las elecciones de marzo de 1978, Giscard y Chirac utilizaron contra la izquierda francesa los mismos

resortes estatales y agitaron los mismos espantajos: el marxismo, el colectivismo, la dictadura, el caos. Es

necesario denunciar esas «malas artes» de la derecha. Contribuye a la formación de la conciencia cívica.

Pero sería fatal para los partidos de izquierda servirse de esa denuncia para desviar la atención de las

debilidades propias, porque sólo en la superación de estas debilidades reside la posibilidad de obtener el

apoyo mayoritario del pueblo, venciendo todos los obstáculos que se cruzan en el camino de la

democracia. En el caso francés, la izquierda podría haber ganado las elecciones de no haber roto su

unidad. La responsabilidad máxima por la ruptura la tuvo el PCF, que no podía admitir una victoria con el

Partido Socialista en posición mayoritaria dentro de la izquierda. En nuestro caso, el PCE ha contribuido

también, con su campaña sectaria y demagógica contra el PSOE, a que los socialistas no aventajaran a la

derecha. Pero ha sido una contribución reducida, no determinante, porque el PCE está lejos de tener el

peso político del PCF. La causa principal del revés del PSOE no reside, a mi juicio, ni en el «juego sucio»

de UCD ni en el lamentable sectarismo del PCE. Debe buscarse en los errores e insuficiencias del propio

PSOE.

Considero que la orientación fundamental del PSOE desde el 15 de junio ha sido acertada. Lo he dicho en

otras ocasiones y por eso voté PSOE el 1 de marzo. Esa orientación ha consistido en plantear al país que

para progresar hacia una democracia más auténtica era necesario desplazar a la UCD de la dirección del

proceso político y conseguir la hegemonía de la izquierda. Ello implicaba, dada la relación de fuerzas

dentro de la izquierda, un Gobierno de predominio socialista. Por eso el PSOE procedió justamente al

presentarse desde el primer momento como «alternativa» a UCD. Hizo bien en no escuchar los cantos de

sirena que le aconsejaban entrar en el Gobierno bajo la dirección de UCD. El error comienza, a mi juicio,

en su concepción de cómo crear las condiciones para el triunfo de esa estrategia. Una concepción

esencialmente parlamentarista, desconectada de las luchas populares, con escasa o nula actividad

militante en las diversas esferas de la vida social.

Resulta elocuente, a este respecto, el preámbulo del programa electoral del PSOE para el 1 de marzo,

donde se presenta el balance de la labor efectuada por el partido desde el 15 de junio. Salvo una

referencia a la realización de la «unidad socialista» todo se reduce a la «batalla parlamentaria»

(«presentamos —dice— más proposiciones de ley que todos los demás grupos parlamentarios juntos», y

sigue la enumeración de algunas de ellas). ¿Y la «batalla» fuera del Parlamento, en las fábricas, los

barrios, el campo, la Universidad, los movimientos: de masas, etcétera? Él programa de Gobierno que

sigue a este preámbulo contiene una frondosa serie de medidas concretas, cuyo análisis detallado no es

posible hacer aquí, pero en conjunto representa una política de desarrollo de la democracia, de reformas

sociales y de defensa de las clases trabajadoras. ¿Por qué no ha obtenido un apoyo popular más amplio?

La respuesta, me parece, está en la carencia que acabo de indicar. Una campaña electoral no basta para

que el pueblo comprenda y haga suyo un programa semejante, para que confíe en el partido que lo

formula. Hace falta que el propio pueblo luche, se organice, se movilice por ese programa y vea al partido

que lo propone a la cabeza de esa lucha en todos los campos donde tiene lugar y no sólo en el Parlamento.

Con el agravante de que en el período entre las dos elecciones generales la «batalla» parlamentaria ha

sido muy relativa. Todo fue supeditado al «consenso» constituyente. Pero este es un factor coyuntural. Lo

básicamente negativo en esa concepción parlamentarista de la política, que de no ser superada en el

período próximo podría convertir el actual revés del PSOE en franco retroceso. Y no se trata de

minimizar el papel del Parlamento. Al contrario: la acción parlamentaria socialista alcanzará su máxima

eficacia cuando esté orgánicamente sintonizada con su acción en el seno del pueblo, potenciando las

iniciativas populares, los movimientos en que toman forma organizada, respetando la autonomía de estos

movimientos, sin pretender someterlos al control del partido. El grado de democracia real se mide, ante

todo, por el nivel de conciencia política, de participación directa, de iniciativa, de capacidad de

autoorganización y autogestión de los ciudadanos en todos los aspectos de la vida política y social.

Se trata, en definitiva, de una nueva concepción de la política, que no sólo es la antítesis de la concepción

de la derecha —orientada a la manipulación de las masas, a reducir lo más posible su capacidad de

comprensión y de iniciativa—, sino la superación también de las concepciones tradicionales de la

socialdemocracia y del leninismo-estalinismo. Nueva concepción de la política que requiere la

transformación del propio partido. No sólo en el sentido de una mayor democracia interna —preservando

la libertad de tendencias, la libertad de critica, la libre circulación de las ideas—, sino de una mayor

democracia y apertura en relación con su base social. Es bien conocida la tendencia objetiva de las

organizaciones, y en particular de los partidos políticos, a la burocratización —y en las últimas décadas, a

la tecnocratización—, así como a la formación de oligarquías dirigentes que falsean la democracia

estatutaria y se reproducen por coptación.

Los mecanismos del «centralismo-democrático» estaliniano no representan más que un caso extremo de

esa tendencia. Robert Michels, uno de los clásicos en el estudio de los partidos políticos, mostró su

existencia investigando fundamentalmente el partido socialdemócrata alemán anterior a la primera guerra

mundial. Hoy la encontraría igualmente en cualquiera de los partidos socialdemócratas o socialistas

existentes. ¿Hasta dónde ha tomado cuerpo en el caso del PSOE? No podemos dar una respuesta

fehaciente, pero diversos síntomas inclinan a pensar que en grado excesivo.

Otros problemas deberían estar en este análisis crítico del PSOE. Su política de alianzas, o mejor dicho la

carencia de su estrategia de una política de alianzas, su política respecto a las nacionalidades y regiones

autónomas, la cuestión de si ha pecado por exceso o por defecto de moderación, y el tan polémico tema

de su definición como partido marxista. Pero alargaríamos excesivamente este artículo, y lo dejamos para

otra ocasión.

 

< Volver