Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Operación democracia, objetivo cumplido     
 
 Diario 16.    08/03/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Operación democracia, objetivo cumplido

Ignacio Sotelo

En sus declaraciones a la prensa de los ocho de la mañana, don Rodolfo Martín Villa decía a la vista de

los resultados: «Hemos dado un paso importante para la consolidación de la operación política iniciada en

1976, cuyo cuarto capítulo terminó ayer, día primero de marzo.» Tengo que confesar públicamente que

coincido con el análisis del señor ministro: la «operación democracia», que nos hemos pasado

denunciando en estas páginas desde hace dos años, se cierra con un éxito rotundo. Se ha logrado legitimar

democráticamente el posfranquismo, manteniendo la más estricta continuidad legal, y lo que es más

importante, la presencia ininterrumpida en el poder de los mismos grupos sociales y políticos que

cuajaron en la última etapa del régimen anterior. Al franquismo sin Franco, que en los primeros meses de

1976 hacía tan triste figura y se sentía tan vulnerable a la búsqueda de un modelo «español» de

democracia, el equipo Suárez ha logrado legitimarlo dentro del único modelo de democracia hoy válido.

Se ha conseguido la meta que a muchos parecía imposible: el poder continúa en las mismas manos y

además legitimado democráticamente.

Continuidad y diferencias

Ahora bien, tanto como la continuidad, importa subrayar las diferencias. El franquismo sin Franco, dado

el carácter predominantemente personal del régimen fenecido, ya es otra cosa que el franquismo con

Franco. Si del franquismo eliminamos el poder personal, el tono conservador-autoritario, la cerrazón

mental, la corrupción como sistema, lo que queda es pura y llanamente la derecha como clase social y

como forma de vida, que a menudo entusiasmada, a veces a regañadientes, apoyó fielmente a la dictadura

durante cuarenta años. Evidentemente, el «franquismo sin Franco» no es más que una perífrasis para decir

derecha, que empleamos tan sólo los que no queremos ni podemos olvidar quién fue cada cual en el

régimen anterior.

Pues bien, esta derecha española, tan primitivamente egoísta, soberbia y levantisca, con más de un siglo

de monopolio del poder, con una brevísima pausa que nos llevó a una guerra civil, se ha colado en los

odres democráticos para continuar mandando. Y no se diga que el tonel no cambia el vino, cuando es

exactamente lo contrario: la forma condiciona y define al contenido y no sólo en política. Efectivamente,

siguen mandando los mismos, pero no es lo mismo un Gobierno de derechas, autoritario y cerril, que uno

que se pretende democrático. De nada sirve negarse a la evidencia y empeñarse en que aquí no ha pasado

nada, como quiere una izquierda trasnochada, cuando la aceptación por la derecha del juego democrático

es un hecho en nuestro país radicalmente nuevo, cuya importancia no cabe exagerar.

Acuerdo con Martín Villa

Estoy de acuerdo también con el señor Martín Villa en señalar que la «operación democracia» consta de

cuatro capítulos, iniciándose en julio de 1976, con el nombramiento del señor Suárez como presidente del

Gobierno. El primero se cierra el 15 de diciembre de 1976, con la aprobación en referéndum de la ley

para la Reforma Política, instrumento jurídico tan fundamental como ambiguo, que garantiza la

continuidad legal y las instituciones básicas del Estado, así como la permanencia del poder en las mismas

manos, proponiendo un sistema democrático, basado en el respeto de los derechos humanos y la elección

libre de los órganos representativos. Como la «oposición democrática» no tuvo parte en aquel cocimiento,

tiende hipócritamente a empezar la historia en su segundo capítulo, que desemboca en las elecciones del

15 de junio, que falsamente se interpretan como el momento de la «ruptura».

Aquellas elecciones significaron el único tropiezo para los estrategas de la «operación democracia».

Contra todos los pronósticos, el partido constituido desde el poder no consiguió la mayoría absoluta en el

Congreso, a la vez que los socialistas aparecían con una fuerza que podía realmente aspirar al relevo a

corto plazo. La debilidad relativa de UCD el 15 de junio ha terminado por constituir su fuerza el 1 de

marzo.

La necesidad de dotar al país de una Constitución democrática obligó a una política de consenso, que

incomprensiblemente se prolongó interminables meses, en un momento de profunda crisis económica y

social. Esta necesaria colaboración entre las dos fuerzas políticas hegemónicas se hizo desde el supuesto

de que con ello se debilitaba al adversario. Los socialistas creyeron erróneamente que, sin perder su

credibilidad en la izquierda, podían aferrarse a dar una imagen de hombres moderados y responsables,

capaces de dirigir la política del país. Toda la estrategia se basó en la falacia de que sin perder un solo

voto a la izquierda, se podían ganar muchos votos a la derecha. En cambio, UCD aprovechó la coyuntura

para dar una, imagen falsamente progresista, «socialdemócrata», que si bien enervó a cierta derecha

residual, no por ello arriesgó el voto masivo de la derecha sociológica. A nadie se le escapa que la

derecha tiene un instinto político más fino para distinguir sus verdaderos intereses que la izquierda,

menos dispuesta al compromiso y más dada al desánimo.

Difícil margen

El final del tercer capítulo, la aprobación en referéndum de la Constitución el 6 de diciembre, mostró

claramente por dónde iban los tiros: un sector de la izquierda, desilusionado por la política de consenso y

por la ambigüedad del texto constitucional —ambigüedad que ahora se encargará UCD de corregir con

las leyes orgánicas complementarias, netamente de derechas—, optó por la abstención. Era el momento

de lanzarse al último capítulo, el que se cierra el 1 de marzo, que consolida el poder en la derecha, por lo

menos por cuatro años, dejando al PSOE, buen compañero de viaje en los difíciles meses de la transición,

en la cuneta que la derecha tiene reservada para las fuerzas de izquierda.

La «operación democracia» ha cumplido todos sus objetivos: el poder continúa en las mismas manos, y

los socialistas, que amenazaron con llegar al poder, perdida su credibilidad en la izquierda —costará

mucho restablecer—, saben que por la vía derechista que emprendieron difícilmente tienen margen para

avanzar.

8/03/1979

Diario 16

 

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