Autor: Díaz, Elías. 
   El socialismo de Fernando de los Ríos (reflexiones en un doble aniversario)     
 
 El País.    26/12/1979.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL PAÍS, miércoles 26 de diciembre de 1979

El socialismo de Fernando de los Ríos (reflexiones en un doble aniversario)

ELIAS DÍAZ

Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid

Se ha cumplido recientemente el centenario del nacimiento en Ronda (Málaga), el 8 de diciembre de

1879, de Fernando de los Ríos, el destacado intelectual y político socialista muerto en el exilio, en Nueva

York, el 31 de mayo de 1949. Treinta años, pues, de su muerte y cien de su nacimiento (los mismos del

PSOE) conmemoramos en este 1979 que ahora acaba.

Vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, creada por Giner en 1876, pensionado en Alemania por la

Junta de Ampliación de Estudios, catedrático de Derecho político desde 1911 en la Universidad de

Granada, Fernando de los Ríos participa en muy primera línea de los propósitos reformistas y de

acercamiento al socialismo que se manifiestan en la denominada generación de 1914, que tuvo en Ortega

y Gasset su más simbólico y activo exponente. Pero a diferencia de la mayor parte de los intelectuales de

dicha generación, vinculados en el segundo decenio del siglo a la Liga para la Educación Política, al

diario El Sol, a la revista España, y que tras la huelga de 1917 congelan tal evolución o se niegan a

proseguir más adelante en tal acercamiento, Fernando de los Ríos, por el contrario, ingresa precisamente

en el Partido Socialista Obrero Español en 1919, después de ese acontecimiento de lucha de la clase

obrera y de otros inmediatos de esos años, fuertemente desengañado —no se olvide esto— de las

insuficiencias y resquemores del viejo y nuevo reformismo burgués.

Reformas que transforman el sistema

Sin embargo, a pesar de esa ruptura (apreciando residuos que disminuirían el alcance real de la misma),

De los Ríos suele ser citado entre nosotros —junto con Besteiro— como muestra y ejemplo más claro y

eminente del socialismo de cuño reformista. Araquistáin o Largo Caballero aparecen, en cambio, desde

ese ángulo de enfoque, como socialistas revolucionarios. No voy a debatir ahora tales calificaciones, y

mucho menos en los breves límites de este artículo. Subrayaría, de todos modos, mi concordancia con

dichos rótulos si con ellos se alude fundamentalmente al modo de acceso al poder que unos y otros

proponen: a través de las reglas del juego democráticas y pacíficas en el primer caso (cuando esas reglas

existen); sin renuncia, además, a la acción violenta y armada en el segundo.

Matizaría, por el contrario, mucho más el supuesto reformismo de De los Ríos si con ello se quiere

indicar que existe en él algún tipo de lenidad o conformismo ante el capitalismo, una aceptación o

conservación del mismo, aunque sea introduciendo en él posibles reformas o correctivos de carácter

social. «Capitalismo y humanismo», escribe aquél de modo terminante, «son, en efecto, dos términos

antitéticos, contradictorios; la oposición en ellos es esencial, y por mucha que sea la elasticidad del

capitalismo en cuanto régimen económico, y es», advierte en 1926, «extraordinaria, no puede, en tanto

perviva, negar lo que le es consustancial: su indiferencia, cuando no hostilidad, ante lo humano.» (...) Lo

propio del capitalismo, añade De los Ríos, «es desentenderse del carácter de hombre de quien se utiliza

como mercancía, comprando su trabajo.» Frente al extrañamiento y el carácter alienado del producto del

trabajo y del hombre mismo que caracterizan a ese modo de producción, el socialismo es, en cambio,

definido (recuperando toda su dimensión liberadora y humanista real) precisamente como un «intento de

reconstrucción de esa relación de intimidad entre el hombre y su obra» (El sentido humanista del

socialismo; Madrid, 1976; Editorial Castalia; páginas 107, 129 y 243, respectivamente).

Fernando de los Ríos no negaba, por supuesto, ni la utilidad ni la necesidad de las reformas (de todo tipo:

económicas, sociales o políticas). Pero —téngase esto muy en cuenta— hay reformas que consolidan y

confirman el sistema (el sistema capitalista en este caso) y reformas que lo alteran y transforman, para

acabar negándolo y superándolo (por el socialismo en su proyecto). No toda reforma, ni incluso todo

reformismo, tiene idéntico significado. El capitalismo es, para De los Ríos, la libertad de las cosas

(mercado) y la esclavitud de los nombres; el socialismo, en cambio, es el sometimiento de las cosas, de la

economía (del mercado) para hacer así posible la libertad de las personas. Sus reformas propendían,

conducían, a un cambio real sustancial de nuestra sociedad, del modo de producción capitalista.

Neokantismo y ética socialista

El humanismo de Fernando de los Ríos no es, en modo alguno, un humanismo abstracto, débil, irreal, un

humanismo que para todo y, por tanto, para nada sirve. Al contrario, su humanismo implica y exige un

cambio radical en la economía, en el modo de producción, en las condiciones reales de vida. Pero, al

propio tiempo, nada más distante del pensamiento socialista-humanista de Fernando de los Ríos que el

economicismo y el mecanicismo que derivan, en definitiva, de las interpretaciones positivistas del

marxismo que, tras la muerte de Marx, prevalecen durante largo tiempo (casi hasta los años veinte de

nuestro siglo) en las concepciones doctrinales del movimiento obrero y en las teorizaciones de los

intelectuales a él conectados: Kautsky es el ejemplo siempre citado, aunque no sea, por supuesto, el

único, ni en la Segunda Internacional ni en la Tercera.

Justamente las insuficiencias que para el socialismo derivan de su total identificación con un marxismo

entendido de modo exclusivo y restrictivo como ciencia (ciencia económica) son las que dieron lugar,

desde principios de siglo, a la crítica y relativa renovación socialista que proviene, entre otros

movimientos de mayor profundidad, de los neokantianos de Marburgo, como Cohen, Vorländer, etcétera.

El método de Marx, que sigue siendo exclusivamente método científico económico, pretende aunarse en

los neokantianos —pero un tanto en amalgama, sin proponerse superar la escisión entre ser y deber ser,

entre juicios de hecho (económicos) y juicios de valor (éticos)— con el método de Kant (método referido

estrictamente a la ética). En ellos el socialismo no es ya, por tanto, solamente ciencia (ciencia económica

marxista, interpretada more naturale), sino que es también ética (en perspectiva kantiana). Virgilio

Zapatero ha estudiado entre nosotros, con rigor y claridad, esta y otras posteriores y más plenas

alternativas críticas al reduccionismo positivista del socialismo y/o del marxismo.

Fernando de los Ríos, como es bien sabido, enlaza directamente desde sus tiempos de estudio en

Alemania con este socialismo neokantiano de Marburgo, y en relación con él suelen analizar y explicar su

obra la mayor parte de los intérpretes. Tal influencia me parece, en efecto, evidente y muy positiva, en

cuanto incorporación de ética al socialismo, en cuanto no reducción de éste a simple economicismo

mecanicista. Considero, en cambio, más discutible y revisable su conexión con el neokantismo

marburgués, tanto en su no reducción de toda ciencia a ciencia natural como en su resistencia última a ver

el marxismo como exclusivamente ciencia económica, ciencia descriptiva de hechos.

Por un Marx no positivista

Es bien cierto —y este es uno de los aspectos más objetados del pensamiento de Fernando de los Ríos—

que, para su crítica a Marx, aquél acoge casi siempre como invariable referencia la interpretación

kautskian-opositivista del materialismo histórico, interpretación que, de todos modos, era todavía la

prevalente en su tiempo y, que no se olvide, durante largas épocas (hasta la crítica de Lenin) aparecía en

el movimiento obrero como el verdadero marxismo ortodoxo. Sin embargo, en algún momento Fernando

de los Ríos parece vislumbrar un diferente entendimiento (no positivista) de Marx —y este hecho me

parece de la mayor trascendencia—. En efecto, y aunque por desgracia no sacase de ahí las decisivas

consecuencias que hubiera sido factible y deseable obtener, De los Ríos insistirá repetidamente en que en

Marx no hay sólo descripción de hechos, es decir, ciencia económica, sino que hay también juicios de

valor, es decir, ética, sustentada —añade— sobre el valor-trabajo (no es preciso a estos fines entrar ahora

en el análisis del carácter penúltimo, no último, que este valor-trabajo posee para Marx).

Hechos y valores aparecen, pues, entrelazados en la obra marxiana, subraya De los Ríos. Con ello —me

permitiría sugerir— se ponían en realidad las bases —años veinte— para una superación de la ruptura y

escisión positivista (y también, no se olvide, neokantiana) entre juicios de hecho y juicios de valor, en lo

que al entendimiento de fondo del pensamiento de Marx se refiere. Por lo menos permitía plantear el

problema de manera ya mucho más cercana, no sólo al austro-marxismo de un Max Adler o un Otto

Bauer, sino también —con todas las esenciales diferencias que, por supuesto, deban señalarse— con

respecto de las nuevas y más profundas interpretaciones que por entonces inician un Georg Lukacs o el

propio Gramsci.

Un potencial acercamiento a Marx hubiera sido ¡sobre esas bases mucho más factible y coherente para De

los Ríos: es lo que yo quería subrayar aquí. Pero tal posibilidad, digámoslo también, habría de quedar en

seguida frustrada y sin desarrollo posterior: las circunstancias históricas generales de la época, y las

particulares españolas, así como la casi total absorción de Fernando de los Ríos por la actividad política

desde el final de los años veinte, fueron también elementos cuadyuvantes a la no prosecución de esa línea

de investigación en el campo de la teoría política marxista. Ello en modo alguno debe, sin embargo,

impedir el reconocimiento y la positiva valoración de tal frustrada posibilidad ni, por supuesto, hacer a su

vez disminuir la importancia y oportunidad de otras fundamentaciones (no marxistas) de su socialismo

democrático.

Los años difíciles

Pero, es cierto, otras cuestiones más acuciantes —y no la discusión teórica sobre el marxismo— iban a

solicitar su atención en los difíciles años que van de la dictadura primorriverista a su lucha en el exilio

contra la otra dictadura, la implantada por el franquismo en 1939: principalmente la defensa de las

libertades, la democracia, el socialismo y los derechos humanos, junto a otros temas culturales,

universitarios y de propuestas de transformación social lograda (concorde con su espíritu institucionista) a

través también de la educación ética y la pedagogía.

Y al lado de ello, la casi total absorción por la actividad política: tenaz enfrentamiento, cuando otros

colaboraban, contra la dictadura de Primo de Rivera, hombre clave en el pacto de San Sebastián y en el

advenimiento de la Segunda República, tres veces ministro en ella, entre 1931 y 1933, con el odio

declarado de las derechas, enemigo de verbalismos seudorrevolucionarios en los años de la radicalización

de las izquierdas, embajador de España en Washington entre 1936 y 1939, moviéndose desesperada e

inútilmente para recabar ayudas para el Gobierno de la República en la guerra civil, y después, con el

mismo negativo resultado, desalentado y casi destruido hasta los días mismos de su muerte, en mayo de

1949, luchando por evitar el segundo gran abandono internacional de la democracia española por los

aliados triunfadores (con la ayuda precisamente de los soldados republicanos españoles, ¡cruel ironía!) en

la segunda guerra mundial.

Este es el hombre, intelectual y político socialista, o, mejor dicho, estos son algunos rasgos del hombre

cuyo doble aniversario, de vida y muerte, en este 1979 no ha sido, salvo honrosas excepciones,

conmemorado como debiera (y las sinrazones de ello son sin duda significativas) por la actual España

democrática.

 

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