Autor: Morán López, Fernando. 
   Pablo VI y su época     
 
 Diario 16.    09/08/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

9-agosto-78 /Diario 16

Pablo VI y su época

Fernando Moran (Senador del PSOE por Asturias)

Monseñor Montini es una larga preparación, un desarrollo terminante y breve, un largo crepúsculo

reflexivo. Es, también, el paradigma de la acción programada, reflexiva y una constante atención a las

circunstancias que la condicionan. Como Tomás Moro, vivió, y formuló, la tensión entre análisis lúcido y

testimonio. Muchas sombras arroparon, y escondieron, una personalidad excepcional. Como San Agustín,

no dudaba en lo esencial, pero ponía en cuestión todo lo que rodeaba a lo esencial.

Hombre de muchas ideas, relativizaba a las ideas. Era lo contrario de lo que Quevedo llamaba hombre de

un solo libro (del que había que huir, decía nuestro clásico, como de mujer carirredonda y pedigüeña). Su

voluntad era asumir. Asumir el cambio histórico ("aggiornamento"), aceptar la conclusión de la

universalización del escenario histórico (descolonización, estructura del mundo entre capitalismo central

y periférico) y, por tanto, necesidad de acabar con el centralismo ideológico y burocrático de Roma

(Concilio, Sínodo de Obispos). Pero asumir, asimismo, el peso de las estructuras y sus inercias. Por ello la

institucionalización, en parte extractora de su savia, de las consecuencias del Concilio Vaticano II y

esterilización del Sínodo de los Obispos.

Pablo y Pedro

Primer Papa universal —¿Pablo, apóstol de los gentiles y a la vez Pedro, institución constantineana?—,

termina con el espíritu de cruzada que su maestro en los años de formación, Pacelli, desarrolló

durante la guerra fría. Pero como tantos liberales, la tensión de la sociedad industrial, la tendencia

libertaria de las subculturas, el vertiginoso cambio en los valores morales, le hacen volver al encierro.

Nada de frágil en esta personalidad encerrada en una leve armadura ósea. Un voluntarismo potenciado.

Será él, Montini, al que un esfuerzo intelectual y un rigor ético férreos han preparado, el que determine la

síntesis que corresponde al momento histórico. Tras el necesario acelerón del Concilio, tras de su

apertura al Tercer Mundo, su apertura ecuménica tras la modernización, el remanso. Pero, los procesos

históricos no se contienen en fórmulas. Frente a la superación del nivel que ha deseado, la defensa;

casi el estado de alerta: "Humanae Vitae" después de "Populorum Preogressio". El Papa vuelve a

Roma. Se encierra en Roma. Al fin y al cabo, Roma subsiste y en nivel más o menos degradado no deja

escapar su contenido. Una larga preparación con Tardini en la Secretaría de Estado, bajo un Pacelli al

que admira, del que aprende el sentido de la Iglesia como institución. Pero traduciendo a Maritain y

correspondiendo con Congar, con los nuevos teólogos. Luego, la necesidad de la acción pastoral en

Milán. Su complementariedad con Roncalli —"Caro Hamletiano", le llamaba el buen Papa Juan—. Y la

impulsión del Concilio. El optimismo del reformismo de los sesenta: nueva frontera, distensión,

universalización, ecumenismo. Alcanzado este nivel la dura realidad de la subsistencia de la bipolaridad

de poder, el estancamiento del Tercer Mundo, la represión. Las vigas crujen. En este nivel a esperar el

nuevo salto adelante. Por ahora, mesura. Y la mesura quiere decir en la práctica reforzamiento de las

estructuras y apoyo en las estructuras. La Iglesia sigue siendo constantineana.

Instinto moral

Nunca le falló a Pablo VI su instinto moral cuando las cosas estaban en el límite. En la guerra de

Vietnam, frente a la ocupación de la ciudad de Jerusalén, frente a la represión franquista. Salvó la vida del

anarquista barcelonés Conill y se enfrentó con Madrid en el momento de la condena de Grimau.

Supo que la época del nacionalismo había terminado; pero que los pueblos y las culturas soguzgadas

reclamaban poder hacer oír su voz, cultural y políticamente. No falló en las grandes opciones a escala del

poder. Pero en lo cotidiano, le pesaron con exceso el temor al cambio rápido. El Sínodo se esterilizó y la

nueva moral conyugal y las vivencias de las generaciones más jóvenes le rebasaron. Su destino fue

entender, pero conceder demasiado a los antecedentes. Hacer uno mismo la síntesis implica valorar lo

anterior, lo antiguo, quizá lo fenecido.

La fina sensibilidad moral del Pontífice le hacía consciente de que era freno. Porque si cumplió en la

última época una función de cauce, tal vez de freno, nunca dejó de dudar de si no apoyaba demasiado en

la galga del carro. De ahí esa mirada atormentada, ese encorvarse. Desde toda la majestad y aun el boato

del pontificado, nunca dejó de sentirse responsable frente a los demás. Una forma de humildad. Por eso,

más que un Pontífice, un soberano, ha muerto un hombre.

 

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