Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Algunas precisiones     
 
 Diario 16.    05/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Jueves 5 enero 78/DIARIO 16

Algunas precisiones

Ignacio Sotelo

Decíamos que es posible, no que sea fácil o seguro, que el PSOE llegue al poder a finales del 78 o

comienzos del 79. La fecha depende de las próximas elecciones generales, una vez que, cumplida su

misión constituyente, se disuelvan las actuales Cortes. También es posible, aunque muy poco probable,

que antes Suárez se haya quedado sin cuerda y el PSOE tenga que aceptar la responsabilidad de gobierno,

en las peores condiciones imaginables. Es una eventualidad que no se puede descartar por completo, pero

que esperamos por el bien del país que no ocurra. Como ya he escrito en otro artículo, los únicos

interesados en tal emergencia es la derecha no suarista. Ahora bien, la posibilidad real de llegar al poder

en un plazo breve se convierte para el PSOE en el deber imperioso de esforzarse por conseguirlo.

Ningún partido político tiene que justificarse o disculparse por aspirar al poder. Todo lo contrario: si en su

táctica no se descubre esta meta no hay forma de tomarlo en serio. Un partido político no es un club para

debatir ideas o programas ni un respaldo moral para criticar en grupo las relaciones sociales dadas. Cierto

que un partido socialista de verdad —no basta con llevar el nombre para serlo— discute

democráticamente ideas y proyectos, porque, a diferencia de los partidos de derecha, no puede existir sin

ideas. La derecha puede prescindir de ellas porque, en último término, no pretende más que fortalecer el

orden establecido. De ahí que su lenguaje sea meramente defensivo: hay que salvar a la sociedad de los

muchos peligros que la amenazan; en el mejor de los casos, proponer algunos cambios para que en el

fondo no cambie nada. La izquierda quiere cambios de verdad, lo que implica poder imaginar situaciones

y modelos realizables, pero distintos de los que hoy se revisten del carisma de lo real y que mañana se

habrán evaporado en la irrealidad de un pasado vencido.

¿De dónde proviene este afán de cambios? El socialismo, hay que decirlo muy claro, no surge de ninguna

filosofía de la historia, aunque no pocas se hayan entrometido en el pasado, ni de ningún determinismo

histórico con pretensiones de ciencia. No conoce, por tanto, ningún dogma ni cuenta con la receta

adecuada a cada situación. El socialismo nace de unos valores morales consustanciales con nuestra

cultura occidental. Se es socialista no porque se crea que el viento de la historia sopla de este lado y hay

que izar las velas en esta dirección, sino por razones éticas. Estamos convencidos del valor supremo de la

libertad personal de cada ser humano, pero también, y aquí radica la diferencia, de que el proceso real

para que esta libertad se realice para cada vez mayor número pasa por la transformación de la cultura, la

economía y la sociedad. En este sentido decimos que el socialismo es libertad.

No al estatismo

En un punto clave hay que adquirir también la necesaria claridad: los cambios sustanciales que nuestra

sociedad precisa no pueden ser impuestos desde el poder. Los procesos culturales y sociales que cuentan

tienen su propia dinámica al margen del Estado. Hay que reconocer que en el pasado el socialismo pecó

de estatista. Hubo un tiempo en que la estatificación de la economía y de la sociedad se presentó como la

panacea universal. La historia de este nuestro siglo XX nos obliga a corregir un estatismo tan simplista

como peligroso. El socialista no es estatista, sino, como su nombre indica, socialista; es decir, su ámbito

de acción es la sociedad y su fin la libertad. El Estado, como instrumento de poder de la clase dominante,

impide el libre desenvolvimiento de la sociedad, perpetuando su actual división en clases. Cuanto más

socialismo —es decir, una sociedad estructurada en multitud de instituciones y colectivos autónomos

regidos democráticamente—, menos Estado. La tesis de la desaparición progresiva del Estado según

avanza el socialismo ha ganado evidencia después de las experiencias tenidas con el estatismo

burocrático.

Por tanto, los socialistas, a diferencia de los demás partidos burgueses, no agotan su actividad en el plano

estatal. Su labor sindical y de organización democrática de colectivos de acción social, económica y

cultural es la base imprescindible para llevar a cabo transformaciones desde el poder. Los socialistas en el

Gobierno pueden ir tan lejos como lo permita la sociedad sobre la que actúan. Se comprende que hoy, sin

apenas organizaciones democráticas de nuestro pueblo, el camino no puede ser muy largo, pero lo

decisivo es empezar a marchar por la buena ruta. En las actuales circunstancias, dos son las metas de los

socialistas en la cúspide del Estado. La primera, modernizar y democratizar el aparato del Estado,

poniéndolo a tono con el desarrollo social y económico del país. Cuarenta años de franquismo nos obligan

a recuperar deprisa el mucho tiempo y terreno perdidos. Segundo, llevar a cabo estas reformas desde una

óptica que abra e impulse la democratización desde la base.

El PSOE aspira al poder porque está convencido —convicción que comparte con un número creciente de

ciudadanos— de que nuestro país necesita una reestructuración democrática del aparato estatal que sólo

puede venir de la izquierda, máxime cuando la labor fundamental de los próximos años consistirá en dar

vida auténticamente democrática a los gobiernos regionales y a la Administración Local. El país vive una

coyuntura histórica, en la que la democratización profunda del Estado parece asequible. De ahí la enorme

responsabilidad del PSOE, obligado a luchar sin descanso por el poder para dirigir y llevar adelante

proceso tan fundamental. Podría muy bien ocurrir que fracasase en su intento y que la vieja derecha, en su

nuevo disfraz democrático, pasase la tormenta con unos pocos remiendos y retoques de fachada,

encontrándonos dolorosamente a finales de la década de los ochenta con los mismos problemas, pero

mucho más agravados.

 

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