Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Carta abierta a un militar     
 
 ABC.    28/06/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

A BC es independiente en en línea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las ideas

vertidas en los artículos firmados

CARTA ABIERTA A UN MILITAR

Si cierto es que vivimos tiempos difíciles, resulta incierto el proceder del Gobierno para iniciar la

resolución de los problemas que los rebosan, mientras la rotunda certidumbre exige, por el contrario,

llamar a las cosas por su nombre, levantar los decaídos ánimos, impulsar reflexión rigurosa y conducir a

buen término las decisiones que se adopten en virtud de propuestas responsables. Mas para ello se

requiere poseer sentido del Estado y no aparentarlo trascendiendo el parcheo cotidiano en globales y más

permanentes restablecimientos.

Y estas preocupaciones no sólo se expresan en los medios de comunicación, sino que se traban en la

cotidiana conversación de multitud de ciudadanos, con tonos distintos entre los que no faltan los

catastrofistas o aquellos que tratan de convertir, «hic et nunc»», simplificaciones quirúrgicas en

universales remedios curativos. Mas aunque la incitación interesada, revestida de grandes palabras,

continúa encontrando como respuesta el talante responsable de sus destinatarios, no por ello deja de

crecer al compás de la pretensión del grupo de alucinados que la promueve por abanderarse

patrimonialmente, con exclusión de la inmensa mayoría de los españoles, a los cuales por sus vivencias

democráticas prestan torcidas intenciones.

El que redacta estas líneas pertenece a esa inmensa mayoría, y cree que entre sus derechos está el de

hablarte, continuando el diálogo emprendido, con afecto y lucidez desde que las primeras Cortes elegidas

de forma natural se reunieron al cabo de cuarenta años de forzoso silencio.

Y, por ello, sobre el tema del destino de esta España nuestra y de su renaciente democracia quisiera

señalar unas puntualizaciones que le brotan de su identidad socialista, de su ser vasco y de su afirmación

española.

En primer lugar, y como socialista, pienso que no vale la pena salir al paso de irrisorios pregoneros que

persisten en enclaustrados recelosamente mirando con un ojo a los de allende fronteras y con el otro a los

de aquende, como si unos y otros fueran potenciales enemigos. Se apropiaron indebidamente de

tradiciones y costumbres, encendieron el fuego de la retórica y se presentaron como los únicos que sabían

saludar el paso de los Ejércitos, y exaltándolos como columna vertebral de la patria, trataron de identificar

a ésta con sus parcelarios privilegios, para que al defender la primera surgiera la confusión que os

obligara a mantener los segundos.

La permanente marcha de Cádiz, tan unilateralmente instrumentada, no redundó en percepciones más

dignas, en retiros y pensiones de viudedad y orfandad más idóneos, en prestaciones más apropiadas, en

armamentos más sólidos ni en técnicas más ajustadas. Consiguió, sin embargo, que las clases trabajadoras

más conscientes y los intelectuales que sólidamente sentían la necesidad de una nación que no fuera mero

escenario de cartón piedra para juegos florales, llegaran a desconfiar enemistosamente de vosotros. Y ese

distanciamiento entre los que, a menudo, no pudisteis convertir vuestro hermoso imperativo vocacional en

consolidada profesionalidad, y amplios sectores del pueblo, fue malo para todos, y en definitiva para el

recio solar sobre el que nacimos y hemos de morir.

Ya hace años que los socialistas llegamos al convencimiento de que la memoria era válida no en cuanto

sujetaba, sino en tanto liberaba, y por ello, habría de dedicarse a abrir el futuro, y en este gran

tema en el que estamos inmersos, tú por vestir el uniforme y yo por contemplarlo con afecto, constituía

puntual necesidad no sólo considerar lo que los soldados representan para asegurar nuestro existir y

nuestro convivir, sino acudir a recuerdos desalienadores y evocar luminosos momentos en que el pueblo y

Ejército estaban unidos por apasionadas identidades, desde que a comienzos del siglo XIX iniciaron su

moderna andadura vinculando Independencia y Libertad. Consecuentemente y viviendo aún en la

ilegalidad, reflexionamos con rigor sobre los problemas de la Defensa, en un Congreso celebrado a fines

de 1976, afirmando como conclusión que todo militar debiera considerarse pueblo y todo ciudadano

soldado.

Desde entonces hemos tratado públicamente la realidad militar, estando convencido de que muchos de

vosotros contemplasteis con prevención lo que comenzaba a suceder, pensando en las consecuencias de

faltar a ese tópico de lavar los trapos en casa, cuando no había nada que lavar, sino, por el contrario,

muchos afanjes, preocupaciones, emociones, querencias e ideales que compartir. Creo que el debate sobre

temas militares que ininterrumpidamente se suscita en los medios de información ha sido positivo, y

pienso, sin arrogancia pero con convicción, que también los socialistas hemos timoneado hacia esta

nueva y entrañable sensibilidad.

En segundo lugar, y porque la ocasión lo demanda, quisiera hablarte como vasco, lo cual no resulta fácil

en estos tiempos en que un grupo de fanáticos no sólo apunta, morbosa y cruelmente, al recio corazón que

el uniforme muestra más que veda, sino que inculcando lamentables tesis secesionistas a algunos sectores

vapulares pretenden que confundáis a todo mi pueblo en global enemistad.

La autonomía que reclamamos es un signo de identidad que nos permita ser fieles a nuestras tradiciones,

sin excluir ninguna, siendo tan importante la que subraya nuestra peculiaridad cultural, social y política

como la que implica la solidaridad histórica y vigente que con los demás países de España nos ha hecho

forjar el hondo, irreversible e imperecedero tronco común.

Ya sé que las circunstancias son dramáticas y que os quieren poner en el disparadero, pero vuestras

banderas —que son las mías— significan permanencia y valladar frente al impulso homicida,

obligándonos a no perder el tino y a conservar la razón que nos abrirá —tras duros y conflictivos

momentos— a sazonada esperanza.

Nadie mejor que los vascos conocemos a los vascos, y entre nosotros uno de los más señeros hijos de

Euskalerría, el antropólogos don José Miguel de Barandiarán, ha escrito, hace unos días, «las guerras

cuartean y desarticulan más o menos el sistema de valores en que se basa el orden jurídico y moral de los

pueblos. En esta situación se halla actualmente una parte del nuestro. Hechos que están sin duda en

relación con el descarecimiento del amor y respeto mutuos, consecuencia del olvido de las bases del

humanismo vasco».

Sin embargo, nos debe poseer la confianza del renacimiento del humanismo euskaldun y que sus claras

virtudes contribuirán a marginar la violencia y restaurar la convivencia.

Por último, quisiera hablarte como español, lo que en absoluto me produce timidez en la sensibilidad más

entrañable, aunque sí pudor semántico por la forma excluyente, exuberante —casi folklórica— con que

un estólido grupo de desaforados utilizan el concepto y sus símbolos. Bien sabes que por dos vías,

aparentemente distintas pero realmente coincidentes, se intenta desviar a las Fuerzas Armadas de su

identificación con el pueblo del que forman parte y a cuya defensa están vocadas: una de ellas consiste,

desde el extremismo de izquierda y desde las actitudes separatistas, en golpear cruentamente a tus

compañeros a fin de que éstos, replegándose sobre sí mismos, se tornen impermeables al contexto social

del que permanentemente deben recibir estímulo y solidaridad; la otra procede de vociferantes nostálgicos

que, empeñados en derrotar la razón por la fuerza, persisten en completar la que no tienen por la que la

nación os ha confiado.

Por el contrario, esta nación, a través de sus representantes en el Parlamento y después por su propia

presencia en referéndum, subrayó en el título fundamental de la Constitución la suma importancia que los

Ejércitos tienen como garantía de la independencia, soberanía, unidad y libertades y, asimismo, han

reiterado constantemente la imperiosa necesidad de dotarlos de medios para cumplir sus funciones.

Todo ello no desde la abstracción, sino desde el enraizamiento afectuoso que comprende el apasionado y

sugestivo modo de ser que para los militares significa su indisoluble vinculación a las armadas

instituciones a las que pertenecen, modo de ser y de vivir inserto en las Reales Ordenanzas, por nosotros

cálidamente aprobadas, al configurarse como vuestra alta regla moral.

El primer soldado de España, al sancionar la Constitución, dijo: «expreso ante el pueblo español, titular

de la soberanía nacional, mi decidida voluntad de acatarla y servirla», desde su «firme confianza en

España y en la capacidad de los españoles para profundizar en los surcos de la libertad y recoger una

abundante cosecha de justicia y de libertad». Hace casi cuatro siglos otro ilustre soldado __humanismo

como pocos lo han sido—, porque sabía que poder y conocimiento, fuerza y libertad, potencia y reflexión

han de formar un sereno y responsable maridaje, dictó para las generaciones venideras su «Discurso de

las Armas y las Letras». Pues bien, si algunos lo desatendieron, estoy seguro de que tú y yo, vosotros y

nosotros, todos juntos, nuestra generación y las que la sucedan sabremos y sabrán transformarlo en

esperanzada y luminosa realidad española.

Enrique MUGICA HERZOG

 

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