Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Tecnócratas y demócratas     
 
 Diario 16.    04/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Diario 16 4/01/1979

Tecnócratas y demócratas

Ignacio Sotelo (*)

No soy amigo de polémicas y mucho menos en las fiestas navideñas. Además, en un mundo como el

español, en el que sólo se cosecha indiferencia, cualquier alusión crítica se agradece de veras. Pienso, sin

embargo, que el artículo que Roque Vivanco publicó en D16 hace unos días comentando uno mío anterior

merece respuesta: el tono, los malentendidos que acumula, así como sus supuestos implícitos, me parecen

tan característicos que valdría la pena analízalos con algún detalle.

El lector tal vez recordará que en el artículo de marras, «Suárez, el último obstáculo», me limitaba a

expresar tres ideas, por lo demás bastante obvias. Primero, señalaba una distinción básica, aunque

ciertamente no demasiado innovadora, entre el político demócrata que aspira al Poder para llevar a cabo

una política que considera beneficiosa para el mayor número, con el apoyo y el consentimiento activo de

la mayoría, y el político nato, que quiere el poder por sí mismo, dispuesto, por tanto, a ejercerlo para

cualquier fin que le permita seguir en el machito, ya con el apoyo del dictador de turno, si se presta, ya

con el de la mayoría, si se necesitase. Segundo, que en el periodo de transición, y dadas las características

específicas de la reforma política, el señor Suárez ha prestado valiosos servicios en un periodo en que

difícilmente cabía fuese sustituido.

No olvidemos que el señor Suárez fue nombrado presidente según las normas del régimen fenecido, y que

en las elecciones del 15 de junio, a pesar de las indudables ventajas que supone acudir a las urnas desde el

Poder, no consiguió la mayoría absoluta en el Congreso. Si continuó al frente del Gobierno fue debido al

vacío jurídico que caracterizó a la transición. La oposición toleró, y aun apoyó en múltiples ocasiones al

Gobierno del señor Suárez, con el afán prioritario de conseguir una Constitución pactada que permitiera

salir de la predemocracia. Tercero, aprobada la Constitución, no se acaba el proceso democrático, sino

que cabalmente empieza. La democratización de las instituciones más altas del Estado no es sino el

primer paso para una progresiva democratización de la sociedad y de la Administración pública. Las

cualidades del señor Suárez, que fueron útiles en el periodo de transición, no son las que cabe esperar de

un jefe de Gobierno, que tendría por misión consolidar, desarrollando la democracia. Evidentemente, al

señor Suárez le faltan credibilidad y talante democráticos para poder convertirse en el artífice de una

nueva democracia española.

Machadas

Pues bien, a don Roque Vivanco le parecen estas ideas, no por modestas, menos dignas de discusión,

«machadas que pasan por sesudos planteamientos, sin que a primera vista se note que son simplemente

eso, machadas». Ya se sabe que con «esto de la democracia» la gente suele salirse del tiesto, diciendo

hasta al lucero del alba cuatro verdades que antes no solían leerse en el periódico. Sin aportar el menor

razonamiento que pudiera convencernos de la falsedad de mis tesis, empieza despachándolas como meras

baladronadas: ahí es nada pensar que el presidente no es la persona adecuada para regir los destinos del

país en el momento actual y además atreverse a publicarlo.

Se trata, pues, de desenmascarar en lo que aparenta ser «sesudos planteamientos» su verdadero carácter

de «machada», para ello, el señor Vivanco se ve obligado a operar ciertas transformaciones de mis tesis,

que estimo reveladoras.

En primer lugar, mi distinción elemental entre el político demócrata que aspira al Poder «en función de un

programa político, a su vez expresión de una ideología y de una concepción de la vida» al servicio de la

mayoría y exigiendo el control de la misma, y el político que sólo quiere el poder por el poder mismo, la

transforma el señor Vivanco en otra bien distinta: por un lado está el político profesional, apasionado del

Poder, y por otro el político aficionado, el lírico de la política, a quien interesan otras cosas además del

Poder y por encima del Poder.

Conclusiones

Algunas conclusiones van implícitas en tan peculiar distinción: primero, se ignora la posibilidad de poder

encontrarnos con un político de profundas convicciones democráticas que sea a la vez un buen

profesional. Segundo, se elimina el mundo de las ideas el fin de las ideologías— de la actuación política;

que los filósofos piensen y los políticos manden, como exige la división del trabajo de un mundo

totalmente tecnificado. Tercero, si la profesionalidad «se adquiere y consolida con el ejercicio del Poder»,

en nuestro país, después de cuarenta años de dictadura, no hay otros políticos profesionales que los que

provienen del franquismo. El demócrata se descalifica por su condición de «diletante».

Si el «joven franquista» que hoy preside el Gobierno no es el hombre adecuado para desarrollar la

democracia, entonces habría que destituir hasta el último funcionario que sirvió en la Administración del

Estado durante la época franquista; la lógica, naturalmente, brilla por su ausencia. Cabria suponer que

hasta el señor Vivanco sería capaz de distinguir entre la Administración y el Gobierno, entre la

credibilidad democrática que cabe exigir a un presidente del Gobierno encargado de desarrollar la

democracia y la neutralidad política propia del funcionariado.

El señor Vivanco aprovecha la ocasión de arremeter contra mi artículo para solidarizar a los cientos de

miles de funcionarios con el actual presidente, como si no tuvieran mas que un solo destino, apoyar a

Suárez o caer con él. No, don Roque, ni todos los funcionarios públicos de Franco fueron franquistas ni

nadie prevé una depuración de los cuerpos del Estado, simplemente porque aspire a que el Gobierno lo

presida un demócrata de verdad. A lo mejor esto no le viene mal a la democracia que queremos construir

los demócratas. Otro tema sería si la democracia es buena y la democratización de la sociedad y del

Estado una tarea por la que valga la pena luchar; en este punto caben distintas opiniones, todas

respetables, pero no hay vacío político más tenebroso que el que se apoya en la mentira. Por lo menos,

habría que acostumbrarse a llamar a las cosas por su nombre y empezar a distinguir entre democracia y

tecnocracia.

(*) De la Universidad Libre de Berlín. Militante del PSOE.

 

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