Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Libertad, ¿para qué?     
 
 Diario 16.    20/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Libertad, ¿para qué?

Ignacio Sotelo

Los españoles estrenainos libertad. Sorprende que la inmensa mayoría no se haya enterado. Duele el que

cada vez mayor número añore incluso los de dictadura. Cierto que sólo los pocos que entonces echaron de

menos la libertad, pueden hoy regocijarse por haberla recuperado. Pero qué significa una libertad, que

atañe a tan pocos. ¿Acaso es la libertad cuestión de minorías? ¿O es que la verdadera libertad, aquella que

alcanza a todos, es cosa bien distinta de las libertades que proclama y garantiza la Constitución? La

libertad, hay que definirla en plural, en las distintas libertades concretas, o estas libertades sólo tienen

sentido, si se sustentan en una noción genérica de libertad.

Con la libertad, como con los demás conceptos básicos de Occidente, la confusión, debida a su polisemia,

alcanza cotas altísimas. Con la misma palabra, a menudo estamos diciendo cosas muy diferentes, a veces

contradictorias, o no estamos diciendo nada. El positivismo lógico ha realizado una labor meritoria,

criticando lenguaje tan pomposo como vacío. Ahora bien, el desmontaje lógico-semántico de la

metafísica, no nos libra de los problemas metafísicos; los coloca únicamente en su grado de dificultad,

probablemente insuperable. El que la muerte no tenga remedio, no suprime, antes al contrario, el sentido

de la meditación sobre la muerte. Todas las cuestiones metafísicas convergen en un hecho último: el que

realmente nos morimos y somos conscientes de nuestra muerte.

En la tradición occidental, que inaugura la confluencia del mundo griego y judío, el concepto de libertad

tiene una doble raíz: por un lado, es un concepto filosófico-teológico; por otro, un concepto político-

social. Pues bien, lo que caracteriza a la cultura occidental, no es sólo la preeminencia constitutiva del

concepto de libertad, sino la estrecha relación de ambos planos significativos, el filosófico y el político.

La libertad llegó a constituir un problema político, porque antes constituyó uno teológico-filosófico. Si

desapareciera de nuestro horizonte esta última dimensión, la libertad político-cívica, falta de contenido, se

anquilosaría en mera retórica formal.

En nuestro ámbito cultural, toda reflexión sobre la libertad tiene que empezar distinguiendo un concepto

teológico —libertad como superación de la muerte, entendida como liberación del espíritu de su envoltura

corporal— un concepto filosófico —libertad como expresión del libre albedrío— y por último un

concepto político, como la forma de convivencia que permite a cada individuo el realizarse como hombre

libre. La dimensión político-social de la libertad surge en el siglo XVII, cuando Europa ha definido ya al

hombre como un ser sustancialmente libre. Porque la naturaleza propia del hombre es ser libertad, existe

un problema cívico-político de organizar la convivencia social de modo que a cada individuo pueda

realizar el máximo de libertad.

Importa no perder de vista la larga historia teológica y filosófica que desemboca en la definición del

hombre como libertad. En Occidente, paralelas a esta definición, existen otras que tuvieron —el nombre

como animal racional, la razón como la esencia del hombre— o tienen —el hombre es esencialmente

trabajo, se realiza en la transformación del mundo natural en un mundo cabalmente humano— enorme

importancia. Si se parte de, una u otra concepción del hombre, muy distintas son sus consecuencias

políticas. Toda política se fundamenta, en último término, en una antropología. Toda política se

fundamenta, en último antropología. Por lo menos debería quedar claro, que no hay libertad civil que

arraige, si no se fundamenta en una concepción del hombre como libertad.

En el idealismo alemán culmina la comprensión filosófica de la libertad: el hombre como ser libre y el

sentido de la historia como realización de la libertad. La burguesía en el poder rompe muy pronto con

toda dimensión filosófica, inclinándose a un positivismo que materializa la libertad en sus aspectos

negativos: verse libre de las necesidades materiales, asegurada su satisfacción. La verdad ya no os hará

libres, sino el consumo garantizado. En el «Estado de bienestar», la libertad se evapora en la pretensión

de la seguridad. Satisfechas las necesidades, la libertad aparece como un añadido para el que no existe

demanda.

En la península Ibérica, por diversas causas, no cuajó la polémica teológica sobre la libertad y la gracia,

ni, faltos de Reforma y de Renacimiento, tuvimos una Ilustración capaz de profundizar en el sentido de la

libertad. Sin el fundamento teológico y filosófico del concepto de libertad, nuestro liberalismo

decimonónico parece mero ornato exótico de una élite sin mayor arraigo social. El odio a la libertad, en

cambio, tiene entre nosotros una vieja solera oriental.

Dentro de estas coordenadas históricas, coloquemos la noción contemporánea de libertad como consumo,

propia del capitalismo avanzado, y sentiremos la angustia del inmenso vacío en el que cae hoy en España

la libertad. Si se confunde mayor libertad con mayor consumo, resulta comprensible de que la mayoría de

los españoles, no sólo no se hayan enterado de que estrenamos libertad civil, sino que incluso no falten

los que echen de menos tiempos pasados. En España, la libertad civil será un lujo entorpecedor del

consumo, mientras una buena cantidad de españoles no tengan en claro lo que puede significar su libertad

personal.

20/07/1979

Diario 16

 

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