Autor: Prat García, José Diosdado. 
   Los españoles quieren la evolución en paz     
 
 Informaciones.    28/04/1978.  Página: 19. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

José Prat García nació en Albacete el día 10 de agosto de 1905. Realiza los estudios de Bachillerato en

su ciudad natal y en Cádiz, trasladándose posteriormente a Granada, en cuya Universidad cursa las

carreras de Filosofía y Letras y Derecho. Ingresa en el Cuerpo Jurídico el año 1926, y cuatro años después

es nombrado presidente del Ateneo de Burgos. Fue en 1931 cuando opositó al Cuerpo de Oficiales

Letrados del Estado, quedando en situación de supernumerario con derecho a ingreso, el cual tuvo lugar

el año 1932, siendo Manuel Azaña presidente del Gobierno. Este mismo año, Prat García ejerce como

asesor jurídico de la Federación de Trabajadores de la Tierra. Fue diputado a Cortes en 1933 y 1936. Este

último año fue designado director general de lo Contencioso en el Ministerio de Hacienda. Posteriormente

pasó a ocupar la Subsecretaría de la Presidencia del Consejo de ministros. En 1988 ocupa el puesto de

vicepresidente de la Diputación permanente de Cortes. Al concluir la guerra civil se exilia, primero en

Francia y posteriormente en Colombia, donde fija su residencia. Desde 1941 a 1976 trabaja como

comentarista y redactor de «El tiempo», en Bogotá. Ejerce también como profesor del Colegio Nacional

de San Bartolomé, de la Universidad Pedagógica Nacional, y del Colegio Americano de Bogotá. En 1973

es designado académico correspondiente de la Colombiana de la Lengua. Después de su vuelta a España,

en 1976, fue nombrado presidente del P.S.O.E. (sector histórico). En otoño del pasado año, José Prat

García afirmaba: «Me ha parecido indispensable dimitir de mi cargo de presidente del P.S.O.E. histórico,

por mi lealtad a mi idea de la unidad urgente de los socialistas.»

LOS ESPAÑOLES QUIEREN LA EVOLUCIÓN EN PAZ

Por José PRAT

CREO como usted, que «España esta superando con talento e imaginación sorprendentes su tránsito

político», y con buen sentido, por añadidura. Y, si se me apura, con sentido común, concepto que se nos

antoja más sutil de lo que parece. Es algo asi como el buen sentido que trasciende de lo individual y se

convierte en conciencia colectiva, tal vez porque de los escarmentados nacen los avisados, o porque de la

comunidad de sufrimiento surge la identidad del anhelo esperanzado.

Este anhelo esperanzado puede restar objetividad, a mi juicio, y tomar por cierto lo que uno quiere que

sea. Aun con esta limitación, ideas como la paz en el convivir colectivo; la libertad, que reclama y

permite el decoro del hombre, y la ley, como norma que la garantiza, me parecen conceptos (casi

unánimes) poseídos por casi todos los españoles, y no digo por todos a causa de los brotes insensatos de

atentados y violencias que, por insania de mente o dolorosa perfidia, ignoran el valor supremo de la vida

humana. En la generosa doctrina de los Derechos del Hombre, lo que el viejo liberalismo llamaba

certeramente derechos individuales, el de la vida es sustancia y primero de todos, apenas sus lógicos

derivados. El individuo, el hombre de carne y hueso, esa «caña que piensa» según el dicho de Pascal, base

de toda concepción política respetable, es idea tan española como occidental, tan grecolatina como

cristiana, y se advierte viva en este despertar de la conciencia política de los españoles, y acaso con más

vigor que nunca, por haberse guardado como la semilla en la fría tierra del invierno, con todo su poder

germinal, años y años.

Los cambios de sociedad son frutos tanto del fluir histórico universal de los complejos elementos que

integran la vida colectiva, como de los empeños conscientes y de las ilusiones activas de los hombres.

Que el mundo ha variado mucho desde 1945 hasta hoy, nadie lo pone en duda, y que, a pesar de la

identidad esencial del género humano, costumbres y conocimientos, medios de vida e ideales, se han

transformado, es indudable. El alza del nivel de vida ha disminuido las diferencias entre las clases

sociales y los procesos políticos y económicos han afirmado constelaciones internacionales que la política

mundial ha polarizado en torno de dos superpotencias, gravosamente impulsadas a intervenir en todas

partes, con medios de muy distinta condición, amorales, incluso, en un complejo juego en que intervienen

Estados de poderes muy distintos, continentes en ebullición, desequilibrios tremendos de niveles de vida

y de niveles de cultura, y la presencia y reto de una técnica asombrosa, capaz de llegar a la Luna y

abandonarla por ahora con leve desprecio de superioridad.

En tal ambiente, no cabe negarse a la eterna ambición de felicidad que mueve al hombre, a la utopía que

Tomás Moro nos dijo conocer a través de un navegante del Nuevo Mundo (y «Nuevo Mundo» fue

primero utopía y luego nombre geográfico, muy anterior a que, sin proponérselo, lo arrebatara el

navegante Américo Vespucio).

La utopía es, en sí misma, irrealizable, pero podemos acercarnos a ella, como el polígono regular inscrito

en el círculo puede acercarse a la circunferencia, sin que jamas se convierta en ella misma. Y algo puede

la voluntad humana en el servicio del ideal. Lo primero, andar sin dejar de ver el suelo, para evitar los

tropiezos; lo segundo, avanzar sin olvidar la lejana torre del pueblo anhelado y llegará mejor cuando se

fatigue menos. Y, desde luego, sin perderse en vericuetos de peligro indominable.

Por lo que a nosotros se refiere, juzgo que los españoles quieren el «cambio», la evolución, en la paz, el

avance prudente y sostenido, consciente de lo imposible de sostener con poder coactivo fortísimo las

condiciones de la convivencia nacional.

Acostumbramos con el pasar de los años y de las ideas a arruinar o encumbrar palabras y conceder a estas

últimas poder mágico: «—Sésamo, ábrete»—. Así, la palabra "revolución", ambivalente suscitadora de

terror o de ilusión. Usemos la palabra, como todas, con sinceridad y con modestia. El cambio total,

inmediato, con la tiranía de un «cirujano de hierro» o de una supuesta colectividad creadora sobre las

ruinas, resuelta al cabo en la tiranía personal y endiosada, ni vale lo que cuesta ni rompe el espejo

utópico. Otra cosa es la discreta y serena revolución de cada día en cada conciencia, en cada pueblo, es

decir, la evolución consciente y seria.

A la Naturaleza se la vence obedeciéndola decía un pensador español. Así ha sido posible la revolución

de la técnica, la que ha permitido viajar de la Florida a la Luna, precedida, por cierto en este caso, como

suele pasar, por la utopia poética de Julio Verne y aun del amable Cyrano de Bergerac, si se me apura.

Claro está que España es un país humanista. Y todos los países lo son de algún modo, y todos también

«demasiados humanos» tantas veces. Que humanas son, por desdichas, la pasión, la crueldad y el

egoísmo. El sentido actual de la palabra tiene vieja y noble historia: por ejemplo, la frase de un clásico

griego: «El hombre es la medida de todas las cosas», y la de otro latino: «Hombre soy, y nada humano me

es ajeno.» Y este sentido actual se encuentra en la vida del socialismo, aunque esté muy bien que otros lo

invoquen y profesen a su modo. Lo vio con claridad don Fernando de los Ríos, mi maestro en Granada,

en un libro admirable. Y el pasar de los años ofrece avance considerable del socialismo «humanista»,

proclamen o no esta condición, que le es esencial. Si se compara la realidad social de los países

occidentales de 1919 a hoy, las enormes distancias que los separa en órdenes como las funciones del

Estado, los servicios públicos, la legislación del trabajo y de la seguridad social, la educación pública, se

advierten enseguida y no dejan de ser, en parte, principal obra de los socialistas. Todos los países de

Occidente abonan este juicio, aplicable incluso al «New Deal» de Roosevelt, y con avances tan

consolidados como los de Suecia, el país de la paz y de las cooperativas, con sus dilatados Gobiernos

socialistas.

Injusta y estéril la pugna, por lo demás artificiosa, entre humanistas y marxistas. Marx es un clásico de la

Ciencia Económica y de la Filosofía de la Historia. Posee la perennidad y la versatilidad de interpretación

propias de todo clásico. Tenemos el deber de leerlos y hacerlo con ojos libres y claros, sin dogmatismos,

que el clásico no puede suscitar. No suelen usar ahora los novelistas los procedimientos narrativos de

Cervantes, pero no hay ninguno grande en que no se advierta la huella de haber leído a Cervantes. Si

Marx no hubiera sido humanista en el sentido actual de la palabra, ni sería el Marx que conocemos ni él

mismo hubiera realizado su titánica tarea. Su «socialismo científico» es tan humanista como el «utópico».

Su pensamiento y su hacer infatigable buscaban hacer más justos y felices a los hombres.

España es país occidental. Tal vez el más occidental de Europa, no sólo en lo geográfico. La Historia hizo

de ella el brazo que convirtió el Atlántico en el «mare nostrum» del actual Mundo Occidental. Y

pertenecen a este gran mundo las Américas. Los «americanos» no son sólo los hombres de Estados

Unidos, con todo su poder de expansión en siglo y medio. Los países de lengua española y portuguesa

cuentan mucho en ese mundo, y cuentan para los de la Península Ibérica. La lengua y la Historia pueden

mucho. Retoricismo, dicen los que buscan y no saben encontrar beneficios económicos, pero se trata de

hechos culturales tan sólidos como puedan serlo los de tipo crematístico. Busquemos su amistad y

comprensión, que nos han anticipado siempre. Amistad, hidalguía pueden ser dos formidables

aportaciones hispanoamericanas a la política mundial, si ésta alguna vez se inspira de veras en el Derecho

de Gentes.

Perdone esta larga carta, que pudo tener, por lo menos, la bondad de lo breve; Agradezco el amable

requerimiento de la carta de usted. Con todo afecto.

28 de abril de 1978

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