Autor: Fuejo Lago, Donato. 
   La herencia sanitaria     
 
 El País.    26/09/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL PAÍS, martes 26 de septiembre de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

La herencia sanitaria

DONATO FUEJO

Doctor en Medicina

Diputado del PSOE por Madrid

Toda acción revolucionaria debe tener un contenido de trascendencia. La conciencia revolucionaria no es

el reflejo del mundo existente, sino que constituye gran proyecto de un orden social y humano nuevo aún

no existente. Pero la decisión de ser un revolucionario socialista, por encima del socialismo científico, de

la dialéctica, del análisis de la historia, está en la gran fe que tenemos en el hombre y en el enorme caudal

que encierra, para transformar el mundo, la sociedad, la naturaleza, esta trascendencia que contiene

nuestro trabajo de socialistas, aplicada al hombre, en el terreno de los derechos fundamentales se expresa,

de forma apremiante, en el derecho a la salud.

La manipulación y la política de lucro que predomina en nuestra sociedad, no ha respetado aquella

parcela de la actividad humana que se orienta a la protección de la salud del individuo y la sanidad de la

colectividad. La polémica respecto a qué filosofía deba aplicarse a la política de salud enfrenta a una

concepción de la técnica por la técnica, el desarrollo por el desarrollo y la sociedad de consumo en donde

el hombre-máquina tiene que producir plusvalía para servir al sistema de producción, con otra que trata de

hacer al hombre protagonista de su salud, partícipe de la promoción de la salud de la comunidad,

poniendo al servicio de estos fines todo el enorme acervo tecnológico y científico que en los últimos años

han puesto a nuestro alcance el progreso de las ciencias. El fin último de esta actitud es alcanzar mayores

cotas de libertad, igualdad, fraternidad y solidaridad, de tal forma que ayuden a los hombres a realizarse y

a ser más felices.

Es fácil comprobar que el régimen autoritario implantado en 1939 frustró un comienzo de esperanza en el

terreno de la salud que intentó implantar la República. Se escogió, en cambio, la primera alternativa para

asegurar la producción, después de reprimir a las clases trabajadoras y de arrebatarles todos sus derechos

de hombre y de ciudadanos por medio de una maniobra demogógica que, con la intención de asegurar un

sistema de producción válido para la dictadura, cubriera ciertos riesgos. Así nació el SOE (Seguro

Obligatorio de Enfermedad). Su finalidad última era, antes que los cuidados sanitarios, la mera asistencia

y la curación del hombre productor enfermo.

De aquí, de estas premisas, parte toda la política sanitaria de los últimos cuarenta años, entrando en un

círculo maligno en donde la enseñanza de la medicina pierde todo contenido social, se abandona

cualquier supuesto de educación sanitaria del pueblo, se degrada paulatinamente la medicina preventiva y

la higiene industrial y laboral se cubre de legislación farragosa que en muchos casos no se cumple. Este

círculo se cierra con la etapa de la industrialización; ésta se hace sin planificar y el hombre, en nuestro

país, sufre en grado máximo las agresiones del medio social, económico y ecológico progresivamente

degradado, en donde tiene que desarrollar su trabajo y su vida.

Los intereses de la clase dominante exigen, para el proceso de industrialización estimulada por los planes

de desarrollo, el éxodo del campo a la ciudad de masas de trabajadores que proporcionan mano de obra

barata por la doble maniobra de deprimir el campo por la falta de equipamiento y de asentamiento en los

cinturones industriales de los centros de producción que coinciden, en general, con las grandes ciudades.

¿Qué alcance tiene todo este proceso para el estado de salud de un pueblo? Inadaptaciones de la vida

humana, no inserción en la vida cultural, analfabetismo, falta de escolarización, trabajo de menores,

viviendas escasas, hacinamiento, rupturas familiares irreparables, delincuencia juvenil, drogas,

alcoholismo, jubilados y pensionistas sin parques ni espacios libres, contaminación del aire y del agua,

trabajos peligrosos y tóxicos sin protección para aportar las riquezas de toda la familia al pago de una

vivienda muchas veces insolubre, jornadas de trabajo agotadoras, índices de accidentes de trabajo y

tráfico que suponen costes sociales y económicos equivalentes a todas nuestras exportaciones, ciudades

deshumanizadas generadoras de enfermedades psíquicas de todo tipo, nutrición en grandes sectores de

población insuficiente, mortalidad general e infantil altísima, falta de equipamientos sanitarios en los

cinturones industriales y en las zonas rurales abandonadas.

Esta gran trampa donde han caído las clases trabajadoras tiene una consecuencia sanitaria: la asistencia

primaria, que nació viciada, en cuarenta años no ha cambiado en su estructura organizativa; si acaso la

construcción de grandes hospitales y ciudades sanitarias que no responden a un plan moderno de salud,

asistencia masificada, deshumanizada, caos organizativo, hipertrofia de burocracia, enfrentamiento entre

el sanitario y el enfermo, entre servicios y comunidad.

De esta triste historia de la sanidad española hay una larga lista de responsables y un corto número de

ciudadanos que la denunciaron. Se ha creado una conciencia colectiva en el pueblo que ve como se

amplían los sectores protegidos, como se incrementan las cuotas de los trabajadores sin posibilidad de

reingreso y con incidencia en el poder adquisitivo de los salarios, los empresarios son conscientes de que

los costes de la Seguridad Social hacen peligrar la economía de las empresas, aumentan los costes de

producción y disminuyen la competitividad, sin que, a cambio, se mejore la asistencia, se atienda a los

enfermos psíquicos correctamente, se haga política de salud.

Pues bien, aún siguen los puestos de dirección y de ejecución en las mismas manos; el Ministerio de

Sanidad y Seguridad Social ha heredado esta filosofía de la salud y gran parte de los responsables de este

caos sigue empleando los mismos métodos de autoritarismo e ineficacia. No se han respetado los

compromisos de participación y control en la gestión por parte de los usuarios, técnicos y Parlamento que

contemplan los Pactos de la Moncloa.

La opinión pública no conoce el destino del billón quinientos mil millones de pesetas aproximadamente

del presupuesto del departamento. Puede que el Ministerio de Hacienda y la Vicepresidencia de

Economía den algún dato, pero lo evidente es que el pueblo, las clases profesionales sanitarias, las

centrales sindicales, los órganos oficiales representativos que tienen responsabilidad en la política de

salud, no están satisfechos de la gestión del departamento ministerial, de la que es responsable el equipo

gubernamental.

 

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