Autor: Tierno Galván, Enrique. 
   Preocupación y responsabilidad     
 
 El País.    07/11/1978.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, martes 7 de noviembre de 1978

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Preocupación y responsabilidad

ENRIQUE TIERNO GALVAN (Presidente de Honor del PSOE)

En cualquier momento de confusión, aun en las mayores confusiones o perplejidades, hay ideas que,

además de ser por sí mismas nítidas, arrojan luz bastante para esclarecer, o contribuir a esclarecer, los

hechos o acontecimientos de mayor gravedad. De estas ideas hay dos, a mi juicio, capitales para

entendernos los españoles en cuanto se refiere a la situación actual de nuestro país. Es la primera la falta

de adecuación entre preocupación y responsabilidad. Estamos llegando a la plenitud de la contradicción y,

en cierto modo, paradoja de que cuanto más preocupados estamos, menos responsabilidad tenemos. La

preocupación general y la particular, comenzando por quienes tienen mayores obligaciones, se diluye en

los finales largos de semana o en la elección del camino más fácil, dejando para otros o para nadie el más

difícil, aunque sea el único eficaz. Por el intersticio que separa la conciencia preocupada de la conciencia

responsable, se están escapando la seriedad y la estimación, tanto la propia como la ajena.

Es frecuente huir de la responsabilidad alegando falta de confianza respecto del futuro y que esto

preocupa tanto que es preferible quedarse a un lado hasta que la preocupación pase y la confianza

reaparezca. En estos casos la preocupación, sin la proporcionada responsabilidad, aumenta la cautela y

con ella la actitud pasiva.

Ocurre con esto que se pierde la capacidad renovadora. El ciudadano se desengancha de la

responsabilidad que debe acompañar a la preocupación y, a veces, de la propia preocupación, y repite con

desánimo lugares comunes o busca el consuelo de la crítica sin fundamento o cae en el cinismo, como

algunos gobernantes cuando incurren en la ostentación del poder o de la fuerza del poder.

Se están repitiendo con sorprendente fidelidad, casi con simetría, los esquemas políticos de preguerra. Los

grandes temas constitucionales son, mutatis mutandi, los del año 31. Los grandes partidos mayoritarios,

los mismos: PSOE y UCD, que es una réplica moderna de la CEDA.

Malo es que haya tanta reiteración y desdoblamiento del pasado lejano e incluso del próximo. En esta

situación, la capacidad renovadora se agosta o se pierde y damos la imagen, que es cierta, de una clase

dirigente, en especial la minoría política, sumisa a fórmulas en general viejas y desgastadas. Si además de

preocupación hubiera responsabilidad, no nos resignaríamos al continuo intento de hacer del pasado

presente, ni dejaríamos que el terrorismo creciese, ni que hubiera partidos que se hinchasen con gente que

no sabemos de dónde viene, aunque sí, por desgracia, adonde quieren ir. Malo es que algunos

conservadores no tengan la responsabilidad que corresponde a la preocupación de saber que en estos

tiempos para conservar hay que compartir.

Malo es todo esto, y particularmente ahora, cuando está más claro que nunca que sólo hay tres modelos

para relacionar los partidos políticos con el deber ético: partidos con principios, pero sin escrúpulos,

partidos sin escrúpulos ni principios, partidos con principios y con escrúpulos. El pueblo quiere esto

último y advierte que no puede haberlo, por mucho que se haga o se finja preocupación, no existiendo

responsabilidad.

La segunda idea a la que aludí al comienzo es la concentración de la preocupación y de la actividad de los

partidos políticos casi exclusivamente en la lucha por el Poder. El Poder ofusca siempre y con mayor

fuerza cuando más fuerte es. Consecuencia de esta ofuscación es no ver más que el resplandor de la

propia luz que ofusca, como suele ocurrir en los regímenes absolutos. En las democracias se intenta, y

consigue a medias, que el resplandor sea menor y la ofuscación disminuya, de modo que las necesidades

sociales y los cuidados de la Administración no se posterguen por la identificación con el Poder,

consecuencia primerísima de la ofuscación.

En España, por razones poderosas, de las cuales quizá sea la principal el paso de un régimen a otro, la

preocupación por el Poder se ha convertido en obsesión por el Poder, y sabido es que la obsesión anuía o

disminuye la responsabilidad. Los partidos que gobiernan, concretamente los Gobiernos, suelen dar muy

mal ejemplo en este sentido. Se adhieren al Poder como la lapa a la roca y apenas hacen otra cosa que lo

que puede beneficiarles para permanecer en él. En las democracias firmes y de mucho tiempo el uso ha

ocasionado correcciones por la costumbre, la moral cívica o la ley, que disminuyen la preocupación

obsesiva de continuar en el Poder o conquistarlo, pero en las democracias en vías de serlo o muy recientes

el peligro de la ofuscación es grande, como ocurre en España, por ejemplo, donde el pueblo se pregunta

qué importa más a los partidos y a los hombres que los representan y dirigen, si el Poder que ofusca o las

necesidades de aquellos en quienes se dice que radica la soberanía.

Que la ofuscación niega la responsabilidad lo sabemos bien los socialistas, y no estamos dispuestos a caer

en esta tentación ni a abandonar nuestras responsabilidades por eludir el peso de la preocupación. Hay

momentos en que no es posible despreocuparse y esperar a ver qué pasa refugiados en la falsa paz del que

no quiere arrastrar el peligro inexcusable. Quizá no esté de más que sea un socialista quien diga que la

preocupación sin responsabilidad es una de las pocas cosas que son de suyo incompatibles con el

patriotismo y que esta afirmación recoge a los Gobiernos que se ofuscan por la luz del Poder sin saber

salir del ámbito del resplandor de su brillo.

La ofuscación del Poder equivale, a veces, a la ceguera, incluso respecto a la seguridad del propio Poder.

Quienes lo poseen o administran pueden caer en la petulancia de una seguridad que no es tan firme como

aparece, e irritar desde la altura del Estado, aprovechando, a veces indebidamente, las instituciones del

Estado, a quienes se debía apaciguar e incluso ayudar, sobre todo en circunstancias graves para la vida de

la nación.

Concentrar la atención, el esfuerzo y la preocupación exclusivamente en las relaciones de fuerzas que

sostienen el Poder o amenazan con desposeer de él, deja libres y sin cauces conflictos que han de ser

sometidos a orden y concierto. No sabe gobernar quien no es capaz de estar siempre por encima del

Poder.

Si consiguiéramos, además de estar preocupados, ejercer la responsabilidad proporcionada a la

preocupación, no sólo en el Gobierno, sino en cualquier profesión o trabajo, y ver lo que está alrededor

del Poder, y no sólo sus propias exigencias, no caeríamos en la torpe desaprensión de creer que lo que

conviene a una clase o a un partido es también lo que conviene a España.

 

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