Autor: Castellano Cardalliaget, Pablo. 
   Democracia sin democracia     
 
 El País.    29/06/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

TRIBUNA LIBRE

Democracia sin democracia

PABLO CASTELLANO

Secretario tercero del Congreso

Hablar de política es hablar de acuerdos, pactos, renuncias, cesiones y compromisos entre sectores de la

población, entre intereses y clases, entre partidos y responsables de éstos. Hablar de política constituyente

en un proceso tan especial como el que vive el pueblo español es construir en nombre de ese pueblo, a

través de sus representantes, para ese pueblo, una Constitución lo menos mala posible para todos y cada

uno de los ciudadanos y lo mejor posible para todos y cada uno de sus grupos sociales. Si esto es el

consenso político constituyente, nadie puede estar contra él porque una constitución para todos tiene que

tener reflejo de lo que todos desean en lo coincidente.

Pero esto se tiene que hacer democráticamente o, lo que es lo mismo, utilizando los principios e

instituciones de la democracia sin ninguna clase de cortapisas, filtros ni mistificaciones.

Si es fundamental principio de la democracia representativa la participación del pueblo a través de sus

legítimos representantes en el quehacer legislativo, la actuación de los elegidos y mandatados ha de ser

pública, clara, coherente, razonada, y reflejo en sus líneas fundamentales del compromiso contraído con

el electorado, que al designar sus representantes no ha hecho permanente dejación de su

corresponsabilidad ciudadana, sino confiada delegación en que públicamente se cumpla lo que motivó la

voluntaria adhesión a los postulados proclamados como línea maestra de la acción política del elegido. Y

esta publicidad es la base, ahora que tanto se habla de transparencia del contrato político de delegación o

representación.

Y si, por tanto, el consenso es bueno y conveniente, perseguible y deseable, la clandestinidad en su

alcance es categóricamente repudiable como fórmula no democrática que secuestra al ciudadano la

posibilidad de conocer el qué y el porqué de las actitudes de sus mandatarios y priva al intérprete de la

legislación del conocimiento de la razón y fundamento de las actitudes políticas adoptadas de principio y

respaldadas tras la necesaria síntesis o debate.

El consenso en clandestinidad es manifestación de desconfianza inadmisible del instrumento

parlamentario y menosprecio injustificado del cuerpo público, cuando no es reflejo de una concepción

patriarcal, mesiánica y elitista del Gobierno del país. Se ha dicho que la soberanía popular comienza por

la devolución al pueblo de la información sobre sus problemas y de la solución que cada grupo político

pueda postular para cada uno de ellos e, incluso, de los análisis que deban precederla.

Política popular y paternalismo

Sin información, formación y debate no habrá jamás acción política popular y soberana directa ni

indirecta. Habrá paternalismo del peor estilo, recorriendo el camino al revés y teniendo que imponer lo

que en lugar de venir desde arriba ha debido reflejarse en la cúspide procediendo de abajo en

cumplimiento de un mandato. En estas dos tesis se encierra el dilema de las concepciones gobernantes-

gobernados, representantes-representados. Y las elecciones del 15 de junio se hicieron para que el pueblo,

en perpetua comunicación con sus representantes, constituyera las normas de juego y no para que sus

posibles líderes se limitaran en su día a pedirle la adhesión de lo hecho por ellos, por sí y ante sí.

Explicitar ante el pueblo con seriedad y claridad las renuncias y las cesiones no menoscabará jamás la

imagen política de quienes las hagan con luz y razones. Ocultarlas creará malentendidos y deformaciones,

no sólo confundidoras, sino germinadoras de la desconfianza más justificada.

Apariencia y no esencia

El problema está en qué algunos quieren construir la democracia sin respetar los procedimientos

democráticos, y esto es de una enorme gravedad y de un costo político a veces irreparable. Algunos, al

parecer, quieren que la democracia y la Constitución sólo sean apariencia y no esencia de un

comportamiento que vaya generando el más profundo cambio de talante en cada individuo y en el

conjunto de la población, bien porque no puedan explicar el porqué han hecho lo que han hecho, o porque

la explicación de lo ocurrido, doctoralmente, crean que el pueblo bárbaro no está capacitado para

entenderla.

Con estos métodos no pueden quejarse luego de desilusiones ni apatías que ellos fomentaron. Para

defender un sistema parlamentario no se puede actuar a su espalda. Para defender un sistema

representativo no se puede minimizar y colapsar la libre y natural dinámica de los representantes y su

compromiso con los representados. Para defender un sistema de partidos es necesario que éstos se

justifiquen en la diferencia y en el matiz, en el debate y el convencimiento, en la libertad política sin

tapujos y en la coherencia y responsabilidad de sus posiciones. Sin todo esto jamás habrá opción ni

alternancia y la imagen de compadreo desdibujará la valoración democrática y la confianza en sus

instrumentos.

La democracia, de diaria construcción y perfeccionamiento, es dificilísima como un inagotable proceso

cargado de altibajos y tensiones en el que el compromiso diario del respeto a sí mismo y a los demás evita

el desánimo y el abandono, pero cada tensión democráticamente solucionada la refuerza y fortalece y

cada manipulación la debilita y degrada.

Cuando en una sociedad la clase política se autoelige en irreponsable, y en un grupo político sus

direcciones desprecian el criterio no escuchado ni requerido de sus militantes y electores, llamar

democrático el fruto de sus acciones y cubileteos es un sarcasmo.

Debate cívico y popular

Algunos esperábamos un debate constitucional generalizado, no solo parlamentario, sino cívico y popular,

y esta ocasión se ha perdido una vez más, porque no es lo mismo explicar ahora o meter con calzador lo

que ha podido ser, sin merma alguna del acuerdo y del consenso, vivido por todos. Debemos seguir

siendo para determinados núcleos políticos menores de edad o democráticamente inmaduros, pero esta

calificación era la que del pueblo hacía diariamente el franquismo y duele ahora verla repetida en tantas y

tantas esferas por los que decían luchar contra la dictadura, quizá para sustituirla por la oligocracia.

El País

29 de junio de 1978

 

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