Autor: Peces-Barba Martínez, Gregorio. 
   Reflexiones sobre socialismo y Constitución     
 
 El País.    19/11/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAIS, martes 19 septiembre de 1978

TRIBUNA LIBRE

Reflexiones sobre socialismo y Constitución

GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ

Diputado del PSOE por Valladolid

La relación entre socialismo y Constitución se ha tratado muchas veces con simplismo, con demagogia o

con parcialidad. Desde la derecha y desde posiciones verbalmente radicales de izquierda se ha sostenido

la misma tesis por motivos diferentes, pero coincidiendo en las conclusiones: el socialismo y el

movimiento constitucional son incompatibles, no pueden en ningún caso coincidir y ajustarse. Desde mi

punto de vista esa conclusión es errónea y además profundamente reaccionaria. Como siempre que se

produce esa coincidencia de extremos, es la posición regresiva y conservadora la que se beneficia y la

otra o una simple máscara de intereses, también de derechas, o una buena fe ignorante utilizada para fines

conservadores. En todo caso el tema tiene perfiles mucho más complejos y puede producir en la relación

entre ambas realidades conclusiones fructíferas y progresivas, si se trata con rigor y con buena fe.

El movimiento constitucional se plantea en el contexto de toda la evolución del poder político y del

derecho en el mundo moderno y significa la cristalización de una forma de pensar originada en el

pensamiento liberal, pero en el que ha influido, sobre todo a partir de 1848, el pensamiento socialista. El

reconocimiento del sufragio universal, del derecho de asociación y de los derechos económicos, sociales

y culturales, y más recientemente de los derechos de solidaridad (derecho al aire limpio, al agua limpia, a

la no contaminación y al medio ambiente, los derechos de los consumidores, etcétera) son una prueba de

esta afirmación. El constitucionalismo como formulación jurídica de la racionalidad en la organización

del poder en la sociedad democrática alcanza, con raíces anteriores, su culminación en el pensamiento

socialista, que es el grado superior conocido en la historia de la realización de la libertad y de la igualdad

humanas.

Todavía ese último nivel de una Constitución inspirada por el socialismo democrático se encuentra en el

plano prospectivo o de la utopía realizable históricamente, pero es cierto, como dice Bloch, que «no hay

verdadera instauración de los derechos del hombre sin el fin de la explotación, ni verdadero fin de la

explotación sin instauración de los derechos del hombre». Precisamente, sólo cuando se llegue a ese nivel

se habrá conseguido que el hombre, a través de sus derechos subjetivos reales, se realice en la sociedad no

alienada con un ordenamiento jurídico liberador.

En el momento actual existen constituciones mixtas, con doble inspiración, liberal y socialista, pero no

todavía ese horizonte que evocamos en el párrafo anterior de integración de los valores políticos liberales

en esa síntesis superior. La Constitución española de 1978 se sitúa en ese equilibrio mixto propio de

nuestro tiempo, y no son correctas las críticas que desde la derecha dicen que es ambigua, ni las retóricas

y verbalistas desde una presunta izquierda que la acusan de insuficiente. En la situación de la cultura y de

la sociedad, no sólo española sino europea, es la única posible y progresiva, porque el modelo más

avanzado de Constitución se inspira en la concepción liberal representativa con aportaciones socialistas

democráticas. No existe todavía una teoría socialista alternativa del Derecho y del Estado, donde la

democratización alcance a la sociedad entera, a los individuos y a los grupos formados por éstos, en la

línea del fin de la explotación y de la plenitud de los derechos fundamentales genéricos, es decir, válidos

para todos los que antes evocábamos.

Ciertamente, que la responsabilidad de esta carencia está en parte en las resistencias al progreso de los

sectores más retrógrados de la burguesía capitalista, pero no solamente de ellos. Sería una ingenuidad

quitarnos las culpas de encima. Las verdades a medias son científicamente rechazables y en el plano de

las ciencias sociales es fácil caer en esa tentación de simplificación por la politización de los temas. Los

socialistas y los marxistas, más concretamente, también tenemos una gran responsabilidad en esa carencia

por la aceptación infantil de unos tópicos no demostrados, ni demostrables científicamente respecto de la

desaparición mecánica del Estado y del Derecho y de la determinación de la superestructura por la

infraestructura económica. Esos tópicos amparados en una interpretación positivista de los textos de

Marx, y por causa también de la casi nula dedicación científica del Marx marxista a los temas jurídico-

políticos, han producido una pobreza grande hasta hace pocos años de las direcciones ortodoxas del

pensamiento marxista en estos temas y un desinterés e incluso rechazo respecto a aquellos que desde

posiciones revisionistas o heterodoxas intentaron cultivarlos. Bernstein, el Kautsky de la polémica con

Lenin, y los austromarxistas, por poner algunos ejemplos, han estado mucho tiempo en el olvido o en el

desprecio.

Lenin, por el contrario, en dos obras parciales: El Estado v la revolución y Del Estado, conferencia que

pronunció el 11 de junio de 1919 en la Universidad Sverdlov de Moscú, se convertía en el centro de

interés del pensamiento ortodoxo, iniciando el escolasticismo en la materia con una modificación esencial

de la perspectiva marxista, con su idea del ejercicio dictatorial del poder por el partido-organización.

La superación de estos tópicos ha permitido una mayor participación del socialismo (y yo diría del

pensamiento de Marx aplicado a los temas políticos y jurídicos) en la corrección de la teoría liberal

representativa y en la construcción de esa actual teoría mixta de la Constitución, sistema, a mi juicio,

mucho más útil para el progreso del socialismo y para su realización histórica. Sin este paso la teoría

alternativa del Derecho y del Estado, antes aludida, sería imposible.

Esta incorporación del pensamiento socialista al proceso de organización del poder político en las

sociedades democráticas tiene, a mi juicio, las siguientes consecuencias:

a) Desaparición del monopolio liberal en la construcción de la teoría representativa del Estado.

b) Aceptación de las reglas del juego de la Constitución para la construcción del socialismo. Eso supone

que todo se puede cambiar siempre que se respete el procedimiento constitucional. Este procedimiento

para el cambio es lo único que no se puede suprimir porque su exclusión congelaría el progreso y la

posibilidad de llegar a la sociedad socialista. Esta utilización supone también la renuncia a la fuerza para

la toma del poder por la aceptación de ese consenso básico del procedimiento para la transformación de la

sociedad. Supone, en definitiva, la renuncia a la violencia por considerar que ésta no puede ser un valor

en las sociedades avanzadas.

c) Abandono de una concepción instrumental de la Constitución y su sustitución por la teoría del valor

sustantivo de la forma constitucional. Eso significa, naturalmente, la disponibilidad de abandonar el poder

obtenido, si otro partido u otra ideología consigue obtener, por el procedimiento establecido en la

Constitución, la mayoría necesaria para ello.

El mejor servicio que se puede hacer al socialismo democrático en este campo es reconocer la realidad y

el progreso obtenido a través de ella, y asumirla como punto de partida para avanzar en esa teoría

socialista alternativa del Derecho y del Estado que integre todos los valores de libertad, de igualdad y de

progreso de las concepciones anteriores. La Constitución como norma suprema del ordenamiento

jurídico, de los valores superiores que éste se propone realizar, de los derechos y libertades de los

ciudadanos, y de la organización y distribución del poder, será también, sin duda, un elemento clave de

esa teoría alternativa que sólo, todavía, aparece como ideal en el horizonte.

 

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