Autor: Sotelo, Ignacio. 
   La escisión de la derecha     
 
 Diario 16.    05/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

La escisión de la derecha

Ignacio Sotelo

Lo decisivo para una correcta aplicación de estas categorías espaciales —centro, derecha, izquierda— a la

política es no olvidar el carácter relativo de las categorías espacio y tiempo. La teoría de la relatividad no

pierde su vigencia por el simple traslado analógico a la política. Ser de derechas, de izquierdas o de centro

no es una cualidad absoluta que se mantiene por una eternidad. La colocación en un espacio político se

hace en relación a posiciones variables y en continuo movimiento. Lo que hace dos décadas constituía en

nuestro país una posición claramente de izquierdas, lindando casi con el utopismo —pienso en el Partido

Social de Acción Democrática, que funda Dionisio Ridruejo en 1956— se ha convertido hoy en razón del

desplazamiento a la izquierda que ha significado el fin de la dictadura, en una posición de centro o centro

derecha. La Izquierda Democrática de Ruiz-Giménez lo fue en los años sesenta; hoy su denominación no

corresponde ya con el espacio que ocupa. La Socialdemocracia alemana constituía la extrema izquierda a

finales de siglo; hoy es la derecha gobernante. La observación es elemental, pero tal vez no demasiado

obvia, en un país que conoce a tantos derechistas o izquierdistas de toda la vida. Los conceptos de

izquierda y de derecha sirven mientras se comprenden en un espacio definido que los relativiza.

Dos frentes irreconciliables

Hasta la muerte de Franco cabía trazar una clara línea divisoria entre la derecha franquista y la izquierda

democrática. La vida política española estaba partida en dos mitades irreconciliables, la de los vencedores

y la de los vencidos, sin un centro posible de convergencia. Sin embargo, la homogeneidad de estos dos

bloques, sólo existía en el empeño mixtificador de los que monopolizaban los medios de información. El

régimen gustaba presentarse como un movimiento único y unitario, aunque nada podía entenderse de su

dinámica, sin considerar los distintos grupos, tendencias e intereses, que lo integraban. A su vez, se

pretendía descualificar a la oposición, acusándola toda de comunista. El mantenimiento de la dictadura

exigía conservar indefinidamente la división entre vencedores y vencidos, que se reproducía en la fórmula

"Franco o comunismo". El comienzo de una nueva etapa predemocrática ha diluido esta línea divisoria,

obligando a las fuerzas políticas a readaptarse a un espacio continuo que incluye a franquistas y

demócratas. Al ampliarse el espacio, otra es la significación de los conceptos relativos de derecha e

izquierda.

El fin de la dictadura ha significado, por lo pronto, la disolución de la unidad de la derecha, que Franco

supo con sumo cuidado mantener y utilizar a su servicio. Desde los primeros días del levantamiento

militar, lo que ha caracterizado al franquismo es la heterogeneidad de los elementos que lo componen. El

general, a lo larlargo de cuarenta años, ha dado prueba cabal de su gran habilidad y astucia en el arte de

aprovecharlos y de manipularlos para su mayor gloria personal. Pero una vez desaparecido este gran

malabarista del poder, agotados ya todas los recursos, no cabía más que la escisión de la derecha, a la

búsqueda cada cual de un mejor acomodo. Por lo menos una ruptura, que venía perfilándose desde hace

tiempo, parecía inevitable: por un lado, marcharía una derecha utópicamente continuista, y por otro, una

realistamente reformadora.

La división tripartita de la derecha

Lo sorprendente no ha sido la escisión de la derecha, sino su división tripartita. La derecha continuista,

aferrada a los símbolos y los "principios inalterables" del franquismo, al quedar sin el control de algunos

recovecos del aparato estatal, se desplaza aún más hacia la derecha, constituyendo una ultraderecha

minoritaria y radical, dividida en tres fracciones: Fuerza Nueva, Excombatientes de Girón y Falange de

Fernández-Cuesta. Su pureza franquista, que paradójicamente nunca apoyó Franco en exclusividad, la

radicaliza en una minoría mucho más pequeña de lo que cabía temer. Hoy constituye un quiste fascista,

que a corto plazo no significa mucho, y que saldrá vapuleado en las próximas elecciones, pero que en un

plazo medio, si se acentúa la crisis económica, puede llegar a convertirse en una amenaza muy seria para

el enraizamiento de una democracia en nuestro país.

Lo más llamativo e inesperado, sin embargo, ha sitio, la escisión del franquismo reformista en dos

grandes bloques: Alianza Popular y un Centro Democrático hasta ahora harto impreciso. Esta ruptura

parece consecuencia del fracaso del primer Gobierno de la Monarquía, y estaba programada en la forma

cómo se llevó a cabo su reemplazo por el que preside el señor Suárez. Ya he mencionado en el artículo de

la semana pasada la importancia que creo dará la historia a este cambio de Gobierno, que ha significado

en realidad un cambio de régimen.

Un hecho merece ahora que se le preste la atención debida: los dos políticos que en el primer Gobierno

representaron la apertura y que los observadores nacionales e internacionales consideraron la opción de

centro, los señores Fraga y Areilza han quedado desalojados de tan apetecible espacio político. El señor

Fraga con la impetuosidad que le caracteriza y defraudando a no pocos amigos, renuncia de sopetón a su

proyectado papel en el centro y reorganiza con rapidez y éxito considerable al franquismo conservador,

pero no fascista. Areilza, en cambio, juega a fondo la cartera del centro —es uno de los fundadores del

Partido Popular pero se ha visto obligado a dimitir por razones que desconocemos.

El señor Suárez que he ganado la batalla de la reforma, se apresura a poner a su servicio un centro que

tiene grandes probabilidades de gobernar en los próximos años. Pero no se olvide que este centro de

Suárez, Pío Cabanillas o Fernández Ordóñez, es de clara procedencia franquista, y desde su

homologación europea, nítidamente de derechas. Sólo parece centro, porque ha obligado a Fraga a jugar a

perdedor desplazándole a la derecha, y porque trata de integrar a parte de la derecha proveniente de la

antigua oposición democrática. Lo grave es que este es el espacio político que se había reservado la

democracia cristiana. Desde luego, no se sabe cómo van a caber tantos y tan diferentes en el centro, pero

de algún modo encontrarán acomodo. No están los tiempos para apostar por la izquierda.

05/05/1977

Diario16

 

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