El terrorismo contrarrevolucionario     
 
 El Imparcial.    31/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL TERRORISMO CONTRARREVOLUCIONARIO

En la pira de la locura, alimentada por el fanatismo y la provocación, siguen ofreciéndose víctimas;

españoles que mueren sin saber por qué. ¿Sabrán, los que matan, por qué lo están haciendo?

El terrorismo que aprieta hoy sus garras sobre nuestra patria, no es algo que nos afecte particularmente a

nosotros; ahí está Italia para demostrarlo, con el espectacular secuestro de su probable futuro (y muchas

veces pasado) primer ministro, y ahí están también los demás ejemplos, de la Inglaterra ulsterizada, de la

Alemania de la Baader Meinhof, el Japón del Ejército Rojo, los Estados Unidos de las diversas mafias, y

podríamos seguir una lista de tantos países como los que hay en el mundo. Es decir, quizá pudiéramos

excluir a las dictaduras más sangrientas; pero no tardaríamos en darnos cuenta de que allí no existe el

terrorismo que padecemos, porque en tales casos es el Gobierno el que tiene la exclusiva, con el

terrorismo institucional, desde arriba, que es menos ruidoso, pero mucho más eficaz que el que practican

los aficionados que ahora están empeñados en manchar de sangre el camino hacia la democracia.

Pero, ¿son realmente sólo aficionados los que se empeñan en romper la paz? Los que sean revolucionarios

sinceros, están demostrando con las acciones terroristas dos cosas: falta de fe en la convicción de las ideas

que proclaman, y carencia de capacidad organizativa para imponerlas por la vía del convencimiento. El

terrorismo, cuando es selectivo y aparece en una sociedad represiva que impide la manifestación de la

opinión y su expresión en forma organizada, puede llegar a justificarse; pero cuando se dan unas

condiciones regularmente aceptables de actuación política, que permiten luchar por la transformación de

la sociedad según el modelo que se quiere imponer, y utilizando los métodos democráticos, entonces el

terrorismo deja de ser un medio revolucionario aceptable y se convierte, caso de recurrir a él, en algo que

cae dentro del código penal de cualquier país civilizado; además de ser, de toda evidencia,

contrarrevolucionario, puesto que sirve de excusa, fortuita o calculada, a la represión. Cualesquiera que

sean las reservas que tengamos respecto a la forma en que vamos avanzando hacia la democracia, es

forzoso reconocer que las libertades públicas están prácticamente restablecidas y que muchas de las

restricciones legales que todavía perduran están derogadas «de facto». Insistir en tales condiciones en los

actos terroristas no tiene ninguna justificación, aunque sí puede tener una explicación, o, por mejor decir,

dos explicaciones lógicas: puede deberse a la decisión de un grupo minoritario de que ellos tienen la

verdad y deciden imponerla a los demás, en lo que, digan lo que digan, e invoquen las causas justas que

invoquen, se están comportando exactamente igual que cualquier movimiento fascista, que a través de la

violencia quiere obligar a la aceptación de una ideología definida por una élite seudorrevolucionaria, o

puede también ser parte de una acción de provocación, decidida desde los sectores más reaccionarios,

para provocar un sentimiento de inseguridad y concluir en la aceptación del orden dictatorial. Nada de

esto es nuevo, pues los agentes provocadores han existido desde que la derecha se dio cuenta de que las

ideas transformadoras de la sociedad no se podían frenar a partir de posiciones conservadoras, y que lo

mejor era acelerarlas para hacerles perder su racionalidad.

Ante el terrorismo que azota a España no caben ni la indiferencia ni el histerismo. El pueblo de España

debe asumir una posición activa en su contra, reduciéndolo a su verdadera dimensión, de acto criminal

puro y simple, en el actual contexto español.

Y en cuanto a los remedios, hay que olvidarse de las panaceas sencillas. En nuestro medio social, mal

desarrollado, con fácil movilidad individual, es prácticamente imposible lograr el control de la población

que se consiguió en casi toda la época franquista. Ni la criminalidad que se viste de política, ni la que

llamamos común, pueden eliminarse con simples medidas represivas; tampoco poniendo la otra mejilla y

hablando de caridad. Hay que ir al fondo de la cuestión, transformando esta sociedad injusta, y dando

seguridad económica, que es el principio de todas las cosas. Y, además, educando para la convivencia.

MODESTO SEARA

(Secretario general del PS de G-PSOE.)

 

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