Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Objetividad y partidismo     
 
 Diario 16.    21/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Objetividad y partidismo

Ignacio Sotelo (*)

Posiblemente a algún lector no haya pasado inadvertido que mis artículos en D16 aparecen por lo general

firmados con el nombre a secas; de vez en cuando, con un asterisco que informa al lector de mi

pertenencia a la Universidad Libre de Berlín. La última semana, incluso, con el añadido "militante del

PSOE". No sé quién será en la redacción el encargado de poner el asterisco, ni en qué circunstancias. Si

me preguntase, le pediría que dejase el nombre solo, con la esperanza de que el contenido del artículo

bastase para justificar su publicación, sin traer a cuenta posición o título académico, y mucho menos

filiación política.

Se dirá que la obligación de un periódico independiente no sólo es publicar opinión proviniente de los

más variados espectros políticos e ideológicos, sino también señalar la profesión y, en su caso, la filiación

política del autor, con el fin de facilitar una más justa valoración de lo escrito. El lector avisado sabrá así

distinguir lo objetivo de lo exagerado, desfasado y, en último término, falseado por una perspectiva

unilateral y partidista. El asterisco es un servicio más de información que hace el periódico al lector y una

prueba cabal de independencia.

No estoy seguro de que esto sea siempre así. Valdría la pena prestar un poco de atención a esta aparente

minucia de lo que puede significar el que una firma aparezca con asterisco o sin él. A lo mejor nos revela

no poco sobre la difícil libertad de prensa, las estructuras de poder en el oficio y las distintas formas de

manipulación. Quede enunciado el tema para mejor ocasión. Ahora baste con plantear el problema previo

de la objetividad, parcialidad y partidismo.

Objetividad parcial

Hace exactamente setenta y cinco años, el sociólogo alemán Max Weber, en un trabajo de los que hacen

época, titulado "La objetividad del conocimiento científico y político social", puso de manifiesto, de

manera difícilmente rebatible, que la objetividad, lejos de contraponerse a la parcialidad, sólo se alcanza

desde una perspectiva parcial.

En su diversidad, la realidad social más nimia es infinita. Infinitos son los aspectos que cabe señalar,

como infinito es el número de sus posibles conexiones. No hay conocimiento objetivo, si por tal se

entiende aprehender la realidad en su variedad infinita y por todos los lados. Únicamente desde un punto

de vista determinado resultan sobresalientes y, por tanto, significativos ciertos aspectos de la realidad.

Desde luego que conocer implica distinguir lo importante de lo accesorio, lo esencial de lo accidental,

pero si no se quiere caer en la vieja metafísica que supone estas diferencias estructuradas en la realidad

misma, no cabe más que aceptar la perspectiva, el punto de vista, como constitutivo del conocimiento.

Hay conocimiento porque desde un determinado punto de vista ciertos aspectos de la realidad resultan

significativos. Frente a la pretensión omnicomprensiva, y totalizadora de la vieja metafísica, el

conocimiento científico no conoce otra objetividad que la que constituye parcialmente un determinado

punto de vista.

El lector ya sospechaba, sin necesidad de filosofías, que en las cuestiones sociales y políticas no hay otra

objetividad que la que proviene del punto de vista de cada uno, que, claro está, se ordena en una escala de

valores que representa intereses y posiciones de clase bien característicos. Lo grave es cuando unos

pretenden para sí una imparcialidad inasequible, dejándonos a los otros, cargando muy conscientemente

nuestra parcialidad a las espaldas. Manipulación se llama a esta figura de aparentar una imparcialidad

inexistente, a no ser desde posiciones metafísicas y absolutas, que, en política, Dios nos guarde.

Para un intelectual que se le supone imparcial e independiente en la búsqueda de la verdad objetiva, no

hay denuncia más grave que descubrir su parcialidad, definitivamente sellada con su afiliación a un

partido: Ten cuidado con lo que escribe y dice; es del PSOE, es del PCE.

¿Existe una incompatibilidad absoluta entre los deberes específicos del intelectual y los que conlleva una

afiliación política? O acaso, como quería Julien Benda, ¿basta que el intelectual se ocupe de política para

traicionar su menester?

"Verdad" y "política"

Desde una concepción metafísica, tanto de la "verdad" como de la "política", desde luego que existe esta

incompatibilidad: No se puede servir a la vez a dos señores que lo piden todo. Desde una concepción

científica del saber social y una conciencia democrática de participación, pudiera no sólo resultar

compatible, sino incluso aconsejable.

Si partimos de la concepción leninista de partido, que exige la aceptación de la "teoría correcta" y

únicamente abre sus puertas al revolucionario profesional, resulta ciertamente difícil militar en un partido

leninista y continuar una labor intelectual. Si la afiliación lo es a un partido democrático, que no exige

comulgar con ninguna cosmovisión, sino simplemente la aceptación de un programa y de unos estatutos

que pueden y deben modificarse democráticamente, puede ser una de las formas posibles para cumplir

con nuestros deberes cívicos.

Me parece grave el rechazo ya tradicional que siente gran parte de los intelectuales españoles por nuestros

partidos políticos. Se les puede reprochar no pocas cosas —vulgaridad ideológica, estructuras

burocráticas de poder—, pero no tenemos otros, y como de su cualidad depende mucho, no queda otro

remedio que intentar, cada uno en lo poco que pueda, mejorarlos y democratizarlos. Una cosa es segura:

No hay democracia que avance sin partidos democráticos que permitan una amplia participación popular.

Estamos, ciertamente, muy lejos de ellos, pero no se conseguirán nunca dejando a los partidos

exclusivamente en manos de los profesionales de la política.

En el pasado, España pagó un alto precio por el distanciamiento de los mejores de sus hombres de los

partidos y de la política.

No podemos cometer el error por segunda vez. Pero si la pertenencia a un partido, como forma de

participación política, debería sobreentenderse, para qué entonces el asterisco, salvo en los casos en los

que se actúa como portavoz.

(*) Universidad Libre de Berlín. Militante del PSOE.

 

< Volver