Autor: Sotelo, Ignacio. 
   La conquista del poder     
 
 Diario 16.    29/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La conquista del poder

Ignacio Sotelo

Dos aseveraciones me parecen tan ciertas, como fundamentales en el momento histórico que vivimos. La

primera sostiene que, frente al desgobierno actual, no existe otra alternativa que el PSOE. La segunda

afirma que el proceso de democratización, tal como se ha llevado a cabo dentro de la legalidad del

régimen fenecido, comparta la carga más pesada y de peor pronóstico que arrastramos. El que el PSOE

constituye la única salida a la crisis permanente que vive el país, es una verdad que está ganando

evidencia en las más diversas capas sociales. Hasta la derecha franquista, que no confunde su vieja

retórica con el análisis de realidad, ha caído en la cuenta, como don Fernando Suárez manifestaba

recientemente en "El Imparcial", de que el PSOE representa la única alternativa al Gobierno, válida y

deseable. El que así lo reconozca hasta el franquismo tecnocrático no integrado en la UCD, debe

preocupar a los socialistas. No es bueno para el futuro democrático del país encontrar consenso de origen

tan dispar. Ya veremos por qué.

En el segundo punto insistimos tan sólo un par de comentaristas y los políticos que, jugando la misma

baza que los partidos triunfantes, quedaron, por razones meramente circunstanciales, fuera de juego. El

primero en decir lo que había que decir fue el señor Areilza. No deja de tener su gracia que don José

María Gil-Robles, que tuvo tantos escrúpulos frente a la Coordinadora, descubra a estas alturas en una

entrevista en el "Ya", "la falsa evolución democrática", así como el carácter "oligárquico" de la vida

política española. Diagnóstico tan certero confirma una vez más que los políticos no suelen recuperar el

espíritu crítico hasta haber perdido su puesto en la mesa camilla, desde la que oligárquicamente se hace la

política. Se comprende que los partidos representados en las Cortes, que pasaron por el aro, incapaces de

provocar, o por lo menos de pactar, la "ruptura democrática", no gusten recordar aquellos meses cruciales,

que van de la denuncia de la "ley para la Reforma Política" y consiguiente abstención en el referéndum

del 15 de diciembre, a su participación alborozada en las elecciones del 15 de junio, bajo condiciones

dictadas por el poder. En todo caso, la cuestión ha perdido su original acritud, dado que los resultados

fueron muy distintos de los programados por los dirigentes de la "operación democracia".

El buen sentido político de nuestro pueblo —¿quién lo hubiera previsto?— nos libró de lo que hubiera

podido ser el más mediocre de los destinos: la consolidación definitiva de la UCD, como el eje central de

la futura democracia.

Dos incógnitas, dos peligros

Ahora bien, sólo puestos en relación, ambos asertos adquieren significación plena: el PSOE constituye

alternativa real, si su acceso al poder comporta de verdad la esperada "ruptura democrática". Dos

incógnitas tienen que ser despejadas todavía: primero, no es seguro, ni mucho menos, a pesar de la

debilidad parlamentaria del Gobierno y de que su presidente se consuma en las más brillantes maniobras,

que la actual fórmula política no sobreviva lo suficiente para terminar de fijar el proceso, consolidando a

la UCD como el partido dominante de la derecha. Segundo, que el PSOE no se vea obligado a hacerse

cargo del Gobierno precipitadamente y sin contar con los requisitos mínimos imprescindibles para poder

cumplir con su misión propia: modernizar y democratizar Estado y sociedad, rompiendo con el aparato

estatal y con los "poderes fácticos" heredados del franquismo.

Dos son, pues, los peligros que rondan a nuestra naciente democracia: que la UCD logre mantenerse en el

poder por largo tiempo, reduciendo las reformas que necesita el país a sus aspectos más superficiales, de

modo que se perdiera otra vez la gran oportunidad histórica de emprender un proceso a fondo dé

modernización y de democratización; que la UCD se desmoronase precipitadamente, obligando al PSOE

a sustituirla en las peores condiciones pensables, de modo que su política tuviera que limitarse a la del

bombero, apagar un incendio aquí, acudir a un siniestro allá, agotando sus energías en apuntalar a un

Estado, cuyo derrumbamiento amenazaría con sepultarnos a todos bajo los escombros.

El PSOE está obligado a luchar por la conquista del poder, al constituir la única posibilidad real de que el

proceso de democratización iniciado no se agote en simples retoques de la fachada. El país no puede

esperar indefinidamente a que se lleven a cabo las reformas imprescindibles. La crisis general por la que

pasa nuestra sociedad posibilita, en último término, una política de transformación a fondo. En tiempos

de las vacas gordas, la política tiende a reducirse a mera administración. La hora de la izquierda suena en

los años de las vacas flacas. Nadie se arriesga a cambiar, hasta que de ello depende la sobrevivencia

misma del país. Una política de izquierdas, es decir, de cambios estructurales, únicamente cuenta con el

asentimiento y apoyo de la mayoría de los ciudadanos en tiempos difíciles, en los que no se ve otra salida

que someterse a dolorosas operaciones.

La táctica de la derecha

Conquistar el poder cuando se den las condiciones mínimas y en el instante oportuno —en política todo

depende de la oportunidades cosa bien distinta de encontrarse con él en un momento de vacío político. No

se trata de heredar el poder, sino de conquistarlo. El PSOE en los próximos meses sólo podría llegar al

Gobierno si la situación económica y social se deteriorara de tal forma que se hiciese necesario un rápido

reemplazo del señor Suárez. Esta hipótesis, además de improbable, resulta muy poco apetecible. Los

únicos que se aferran a ella es una derecha que, por distintas razones, no quiso o no pudo enrolarse en el

partido gubernamental y no ve para sí otro futuro que a través de una corta estancia del PSOE en el

Gobierno. Su táctica, harto transparente, consiste en incitar al PSOE a aceptar la responsabilidad de

gobierno sin poder real para gobernar. Se desgastaría así en breve plazo la única opción de izquierda

existente —la izquierda en el poder se desgasta mucho más de prisa que la derecha—, permitiendo a la

derecha no suarista el rehacerse en poco tiempo como la verdadera alternativa para el país. Porque de lo

que nadie duda es que el señor Suárez, fuera de la poltrona presidencial, se desinflaría en pocas semanas,

como globo pinchado.

Para que las reformas democráticas que necesita el país se hagan realidad no basta con que el PSOE

llegue al Gobierno. Es preciso además que conquiste el poder. El PSOE ha de decirlo claramente,

empeñado en la lucha para ganar las próximas elecciones sindicales y municipales, dos hitos claves en la

larga marcha hacia la verdadera "ruptura democrática".

 

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