Autor: Merino, Ángel. 
   Dilema para ingenuos o demasiado vivos     
 
 El Imparcial.    15/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

DILEMA PARA INGENUOS O DEMASIADO VIVOS

Desde hace varias semanas algunos comentaristas políticos, tal vez sin percatarse del anacronismo, han

vuelto a resucitar el tema de la supuesta inevitable alineación con una u otra de las dos grandes potencias.

Los viejos argumentos, tantas veces repetidos después de la guerra mundial, se airean como si acabaran

de descubrirse. Son bien sabidos: las dos grandes potencias polarizan hacia sus respectivas órbitas de

influencia a todos los países grandes, medianos y pequeños; no hay forma de eludir el dilema, puesto que

solamente la protección de una de ellas puede impedir que un país sea absorbido o mediatizado por la

otra; no es posible mantenerse en una actitud neutral sin el consentimiento de ambas potencias, o, al

menos, la garantía de una; para evitar el peligro comunista hay que acogerse a la tutela del gendarme

norteamericano, o, viceversa, para evitar la reacción capitalista hay que aceptar..., etcétera. Y así

podríamos llenar varias páginas con argumentos del mismo cariz. En rigor solamente defendían el dilema

los que aspiraban a cimentar sus posiciones políticas y económicas al amparo de alguno de los dos

imperialismos, sin importarles la independencia del país de que se tratara y menos aún la libertad de los

ciudadanos.

EL susto de nuestros políticos y comentaristas gubernamentales y progubernamentales, al conocerse los

acuerdos de la OUA sobre las Canarias, les ha movido, sin mayor reflexión, a recurrir al famoso dilema

con el fin de convencer a los españoles de la necesidad de buscar el cobijo de la OTAN para proteger

nuestro territorio. Semejante actitud, en rigor, equivale, por un lado, a confesar la incapacidad para

concebir y realizar una política de conjunto, interior y exterior, que afirme nuestra independencia y

nuestra resolución soberana y no sólo jurisdiccional de defender nuestros territorios y nuestros intereses;

por otro lado, significa aceptar de antemano la derrota y acogerse al mal menor: puesto que vamos a

perder el archipiélago, entregándoselo a la OTAN conservaremos siquiera la soberanía nominal. Como si

la OTAN que constituye, a falta de otra mejor, una línea defensiva para Gran Bretaña y, desde luego, una

fuerte avanzada para los EE.UU., supusiera nada parecido para nosotros. Los que con tanto

convencimiento escriben harían mejor servicio si se informaran con los franceses. Si se hubieran tomado

la molestia de leer algo sobre los dispositivos militares y las fuerzas del Este y el Oeste europeos en

presencia, sabrían que todas las fuerzas de la OTAN no podrían impedir que París fuera eventualmente

ocupado por los soviéticos en menos de cuarenta y ocho horas, como reveló friamente Poniatovski hace

no mucho, tiempo. La cuestión no es tan simple.

NO se puede olvidar que, en los desplazamientos que actualmente se están efectuando dé los centros

mundiales de poder, la posición de «plaque tournante» europea que antaño ocupó Francia empieza a ser

desempeñada por la península Ibérica y, dado su mayor peso, por España. No es aventurado afirmar que

tanto las grandes potencias como las menores de Europa consideran ya a la Península como una posición

eje, dentro de los proyectos políticos que afectan al Mediterráneo y al Mogreb. Evidentemente, los

tanteos, las maniobras en las que se engloba a la Península se desarrollan entre bastidores. Francia, por

ejemplo, continúa su política tradicional que la enfrentaba a España en el Mogreb y emplea sus tácticas

envolventes —Senegal ha votado el acuerdo de la OUA— destinadas a condicionar la acción

independiente de España y asegurarse las vías de penetración para un colonialismo de nuevo cuño.

La complejidad de los intereses que ambicionan influenciar nuestras políticas interior y exterior —porque

ambas están indisolublemente unidas— no debe conducirnos a enredarnos en sutilezas jurídicas y

hacernos perder de vista las líneas maestras de las políticas de los países que nos circundan y los que

desde más lejos intentan utilizarnos para sus particulares proyectos. Menos aún debemos olvidar las líneas

maestras de nuestras propias políticas.

Y esas lineas se esfumarían si nos orientáramos por las tesis de polarización que hoy se proponen.

En política internacional la razón última surge de los datos que nos proporcionan los análisis de estrategia

militar. Asi es en la política de las grandes potencias y en las que, forzados, adoptan los demás países

según su situación geográfica. En nuestro caso, únicamente pueden arguirse motivaciones ideológicas

para aconsejar la alineación con cualquiera de los dos bloques. Si ni siquiera, en las actuales

circunstancias de la CEE, aparece muy clara la conveniencia de nuestra adhesión a ella, a pesar de que

nadie dice ponerla en duda, ¿cómo se puede hablar con tanta ligereza de una integración en la OTAN? ¿A

quién se sirve al proponerla? ¿Por qué se calla que, en nuestra actual situación de «plaque tournante», la

alineación nos convertiría en avanzadilla y base de operaciones de un polo y en principal objetivo del

otro? Por lo cual, y sin ninguna compensación, perderíamos la capacidad de instrumentar una política

exterior independiente, apoyada en los países neutrales del Mediterráneo, y la posibilidad de organizar

nuestra economía con vistas a la cooperación con los pueblos de Latinoamérica y los del Tercer Mundo

africano. Es decir, abandonaríamos la inmensa gama de posibilidades económicas y políticas que nuestra

reciente incorporación al mundo de los pueblos libres nos ofrece.

Evidentemente, la adopción del neutralismo, aconsejado por razones de estrategia militar y política,

entraña la disposición a transformar nuestras estructuras económicas. Y, desde luego, una concepción

global de todas nuestras actitudes políticas, con una precisa articulación entre la economía, la política

interior y la exterior, como lo exige la magnitud, diversidad y complejidad de los factores que entran en

juego y con los que hay que contar.

ÁNGEL MERINO (Jefe de Opinión de «El Socialista»)

15/03/1978

 

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