Autor: Castellano Cardalliaget, Pablo. 
   El socialismo verbalista     
 
 El País.    02/02/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

El socialismo verbalista

PABLO CASTELLANO Diputado del PSOE por Cáceres

«Como éramos pocos, parió la abuela», dice un viejo refrán de estas tierras. A la terminología, ya de por

sí excesiva en adjetivaciones que se ha ido dando en el mundo del socialismo hemos de unir ahora otro

calificativo: el socialismo verbalista.

El vocablo ha nacido con motivo de las vicisitudes del último congreso del PSOE, Federación Madrileña,

y por titulación, generosamente concedida a «los otros» por quienes se consideran asimismo realistas y

pragmáticos. Congreso en el que, por cierto, yo no era candidato para cargo alguno, y que, al parecer de

las informaciones de prensa» ha sido mi gran derrota, y con ella la de una pretendida ala «caballerista» o

«verbalista». Qué bien y qué fácil es todo, con estos esquemas en los que se inventa el enemigo, la batalla

y la destrucción. Si así lo creen algunos y esto les tranquiliza, mejor para todos.

Con este término, evidentemente de intención descalificadora, quiere ponerse en solfa o ridículo a los

socialistas que mantienen posiciones muy firmes en algunos puntos programáticos y estratégicos y que

por «los sensatos» se consideran maximalistas.

Yo había entendido siempre que verbalismo era decir una cosa, incluso enfática y exageradamente, para

luego en la práctica hacer todo lo contrario. Por ejemplo; seria verbalismo, según mis pobres fuentes

formativas e informativas, hablar todo el santo día de democracia interna y procurar que un conjunto de

funcionarios decidieren por ia base, o, en esta búsqueda de ejemplos, hablar de republicanismo y aceptar

y sostener un régimen monárquico, o, a mayor abundamiento, enarbolar la bandera de la ruptura

democrática y apoyar luego el desarrollo de la reforma política. Sería verbalismo, creo yo, hablar de la

revolución proletaria y de la lucha contra la burguesía, estando prestos a administrar los intereses de esta

última integrando a los obreros, y trabajadores en general, en su sistema, con unos partidos y sindicatos

bien domesticados.

Acusar de verbalismo a militantes socialistas del PSOE, que pueden públicamente apoyar sus posiciones

políticas en resoluciones del XXVII Congreso, adoptadas democráticamente, me parece a mí que es

querer acusar de verbalismo a todo el partido, y en el peor de los casos se vuelve como argumentación

contra quienes la lanzan, pues a ellos sí se les debe pedir explicación, sobre cómo, sin congreso alguno,

pueden revisar tan rápidamente y en la práctica ¡o que son posiciones tradicionales y democráticamente

avaladas del PSOE. Si el término, a lo peor, no quiere decir eso, sino que quiere decir que esos militantes

no hacen más que hablar y no dan golpe, esto ya es más grave, y si alguna vez se aclara que con esa

intención ha sido acuñado, tiempo habrá para poner encima de las linotipias sabrosas biografías de

conversos de después del 20 de noviembre de 1975, de sus antecedentes, bien respetables, pero contrarios

al socialismo, de sus escritos contra el PSOE, y otras cuantas pruebas de dónde estaba cada uno en la

época en que ser dirigente del partido de Pablo Iglesias, o simple militante, no significaba actas de

diputados ni situaciones cómodas. Yo confío en que la intención, al inventar el nuevo término, no era ésa,

y menos aun la paradójica de autoseñalarse en los demás, a la que ya he aludido, cuando hoy, y para

algunos, las teorías del socialismo y sus principios son pura palabrería.

En este reparto de etiquetas y epítetos me ha tocado a mí también en suerte la caliñcación de verbalista,

quizá porque a lo largo de estos últimos diez años, igual que otros muchos, me entregué de lleno, y no de

palabra, a luchar por el socialismo. Ver hoy cómo coinciden los que se autodenominan realistas y

pragmáticos, y cómo les alientan en su deseo de cepillarnos, con los más conspicuos medios de prensa de

la burguesía, es una verdadera satisfacción, que prueba nuestro ineficaz y absurdo verbalismo.

A lo mejor en esto del verbalismo hay otra explicación. Quizá se quieran referir a que no perdemos

ocasión de hablar del socialismo, de intentar extenderlo, de querer que crezca el número de militantes, y

cada vez más seriamente formados, y lo hacemos con el único arma que tenemos: la palabra, el verbo.

Mientras los no verbalistas, calladamente, sin ruido, ascienden y ascienden sobre las espaldas de los que

utópicamente creen en lo que dicen, o dicen lo que creen.

¿O quiere decirse que son socialistas de boquilla? Algunos socialistas de boquilla, de éstos a los que se

quiere ridiculizar, estaban en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, mientras realistas de ayer,

y de hoy, tienen que hacer esfuerzos para ocultar dónde estaban.

A los socialistas verbalistas les gustaría aclarar este término y muchas más cosas en un serio debate

potinco, no en un lanzamiento de epítetos, pero claro es, y bien sabido, que a los socialistas verbalistas les

gusta hablar y discutir mucho, y no es eso lo que hoy conviene a los realistas y a sus realidades, o

realezas.

 

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