Autor: Sotelo, Ignacio. 
   La política como espectáculo     
 
 Diario 16.    15/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

La política como espectáculo

Ignacio Sotelo

La democracia representativa es ante todo representación, es decir, espectáculo. El poder se legitima por

su pompa. Basta encaramarse para representar un papel. En realidad, todos desempeñamos muchos y muy

diferentes papeles a lo largo del día. La teoría sociológica de los roles ha revestido de modernidad un

viejo conocimiento. La filosofía ya importó de las tablas el concepto de "persona", que hoy, el sociólogo

muy atinadamente descompone en "roles". Pero con esta asunción de vocabulario teatral para describir el

comportamiento, se olvida el carácter público de la farándula. Para hacer teatro hay que contar coa un

público. El teatro existe desde que se diferencia escenario y platea; actores y público, los unos actúan; los

otros se entusiasman o critican la actuación. Los hílenlos recientes de confundir a los actores con el

público, es decir, de hacer participar a los espectadores, no han tenido demasiado éxito. Tal vez sea una

pretensión imposible, en cuanto cuestiona el dualismo esencial del teatro: actores y público.

La función se representa ante un público con la intención de conmoverle, haciéndole reír o llorar. Existe

también un teatro didáctico, más discutido, que hasta aspira a hacer pensar. Esta relación actorpúblico

está presente en la vida política: unos cuantos políticos son los protagonistas, seguidos por un coro de

diputados y senadores, que actúan ante el respetable para conseguir su aplauso y adhesión. Comparar al

político con el actor resulta obvio y cuenta con una larga tradición. No hay cosa más seria que el teatro,

dicho sea de paso para reconfortar al político, que se atragante al oírlo. Si alguno se indignase demasiado

habría que recordarle que no es casual que el teatro y la democracia naciesen en Grecia casi a la par. Para

mayor y mejor información consúltese a don Alfonso Guerra, que dicen que sabe tanto de teatro como de

política.

La política como estética

"El debate ha terminado; se levantan los diputados de sus escaños; desalojan las damas las triburías y yo

me pongo también en pie y me marcho a la calle, como si saliera del teatro, pensando en esta agradable

comedia titulada "El debate polftico", que se ha de representar todos los años." El texto es de Azorín,

fechado el 5 de febrero de 1904. Azorín, para escapar de sus tentaciones revolucionarias, ha reducido la

política a estética. Sus crónicas parlamentarias son un portento en la descripción de lo esencial: el gesto

de un orador, los botones dorados del chaleco del presidente, la forma de sentarse de un político

conocido, los cuchicheos de los pasillos» ¿Acaso no ocurren cosas más importantes en las Cortes? En las

que el ilustre escritor asistió como cronista, de 1904 a 1916, no. La Segunda Restauración no presenta

hasta ahora visos de superar parlamentariamente a la primera. Por lo menos, aquellos señores orondos

sabían hablar en público —es lo único que hicimos bien en nuestro pasado parlamentario— y Franco nos

tuvo cuarenta años amarrados de lengua.

Lo que caracterizó a aquellos tiempos fue el abismo entre la España oficial y la real, para decirlo en los

términos de la época. En el franquismo este contraste se cimentó de tal forma que en la España oficial ya

no se pudo detectar la menor partícula de realidad. La campaña electoral y la participación entusiasta en

las elecciones generales, nos hizo pensar por un momento que ambas empezaban a converger. La

esperanza no ha logrado sostenerse seis meses. Los políticos desempeñan tan perfectamente su papel —

las cuestiones importantes a puerta cerrada, y las que dedican a la galería tan al unísono— que

empezamos a convencernos de que no hay alternativa a la política de Suárez. El líder de la oposición, don

Felipe González, para que no quepa duda, lo ha confirmado recientemente: "en honor a la verdad, también

ha de decirse que en lo sustancial el Partido Socialista, si tuviera hoy la obligación de gobernar, no podría

producir variantes sustantivas respecto del proyecto global". No hay alternativa a la Monarquía, no hay

alternativa a la política económica pactada en la Moncloa, el proyecto constitucional

es el único concebible, si no se quiere caer en estúpidos utopismos, en una palabra, no hay alternativa

política —personal pudiera haberla, pero ¿para qué— al señor Suárez, Otra vez en nuestra historia se está

haciendo realidad todo lo que nos conviene, por lo menos en opinión de los politicos.

Democracia participante

Lo grave es que el espectáculo pierde interés si todos los actores repiten los mismos versos. La vida

parlamentaria tiene sentido si logra alcanzar alternativas reales. El poder justifica siempre su ruta como la

única posible y deseable. Ampliar, concentrar, conservar el poder: no cabe otra lógica para los que

mandan. El Parlamento digno de este nombre debe ofrecer una gama amplia de opciones que relativice el

"único camino". Un Parlamento cumple con una de sus misiones fundamentales si presenta, cuanto

menos, una alternativa real al poder constituido. El Parlamento se vacía rápidamente de sentido si deja

fuera de su ámbito a los que realmente quieren el cambio. El agobio de muchos conciudadanos proviene

de su disgusto ante la política oficial, sin que se divise alternativa posible. Los hay incluso que dudan que

la izquierda parlamentaria pretenda constituir una alternativa real de poder; parece más bien dispuesta a

sustituir al Gobierno cuando se haya desgastado por completo, para seguir marchando por el "único

camino".

La democracia, tan sólo como representación, a la larga no puede dar mucho juego. En política, a

diferencia del teatro, los dramas no se consumen en la palabra. El público, a poco que nos descuidemos,

salta al escenario, para pavor de los actores. En dos siglos de parlamentarismo europeo se han ofrecido ya

las mejores representaciones. La democracia, en el futuro, sólo puede consolidarse como participación.

Democracia representativa y democracia participante: de ningún modo se excluyen, pero sin la

participación activa de cada vez mayor número, la representación termina por no tener más que un

significado estético. Dios nos libre del teatro malo.

 

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