Autor: Múgica Herzog, Enrique . 
   Democracia y Fuerzas Armadas     
 
 ABC.    05/04/1978.  Páginas: 2. Párrafos: 21. 

Democracia y Fuerzas Armadas

Pese a rebasar 1a extensión habitual de los artículos propios de este pliego en huecograbado,

excepcionalmente, publicamos integro el trabajo que nos ha ofrecido don Enrique Múgica Herzog,

presidente de la Comisión de Defensa del Congreso, sobre un tema relacionado con tu quehacer

parlamentario. Creemos que será de Interés para muchos de nuestros lectores conocer el pensamiento del

señor Múgica y de su partido político sobre un problema tan importante como el enunciado en el título del

artículo. En las páginas editoriales de este mismo número hallará el lector la opinión de ABC sobre los

principales puntos de este trabajo. Don Enrique Múgica Herzog es diputado del P.S.0.E, por Guipúzcoa.

De origen comunista, representa hoy, junto a don Felipe González, el ala moderada de su partido.

La democracia renaciente que estamos construyendo frente a las tentaciones demagógicas de la facilidad

y de espaldas a la llamada dogmática de las utopias, exige un serio planteamiento de nuestra actitud hacia

las Fuerzas Armadas, dadas las características de éstas en el actual contexto político, lo que significa

elaborar una imagen que sea aceptada por toda la comunidad de los españoles al margen de las diferencias

y tensiones que en ésta puedan producirse.

No basta que el consenso se produzca sobre los principios, sino que prosiga en su desarrollo operativo.

El artículo 10 del Proyecto Constitucional especifica las misiones de las Fuerzas Armadas, cuya finalidad

estriba en la garantía de la soberania e independencia de España, en la defensa de su integridad territorial

y en la defensa del ordenamiento constitucional. No se ha presentado ninguna enmienda sobre esta norma,

lo que implica el acuerdo de las diversas fuerzas políticas sobre la comprensión de los ejércitos como

totalidad que no puede ser manipulada por ningún sector o grupo social, pues de lo contrario se

convertirla en plataforma de actuación fraccional, con lo que se destruirla su propia esencia de servicio a

los grandes interesas nacionales subsumidos en su propia existencia en convivencias interna y en dignidad

hacia el exterior. Esto nos lleva a la reflexión de que quienes cuestionan a las FAS proceden de dos

extremos" de los que impugnan su realidad desde una perspectiva ultrarevolucionaría o desde un

edenismo anarquista; y de los que atrincherados en grandes palabras se sirven de los valores tradicionales

que se expresan a través de aquéllas para alentar dramáticas involuciones al servicio de parcelarlos,

lamentables y abusivos intereses. Mientras los primeros cuestionadores han quedado reducidos a vestigios

testimoniales desde que en la masiva opinión de izquierda se está produciendo una meditación

responsable y cualificadora sobre el fenómeno militar, los segundos llegan a la difamación a través de

conocidos órganos de Prensa, inculpándonos a algunos falsas intencionalidades destructivas, cuando lo

que procuramos es precisamente lo contrario. Incitar a las FAS a actitudes imprudentes para salvaguardar

(o que en última Instancia no es sino fanatismo o corrupción. significa, ni más ni menos, vulnerar la razón

fundamental de los ejércitos, que es el mantenimiento de una sociedad que quiere disfrutar de los bienes

que la resistencia a la agresión y la expresión de la libertad hacen posible.

Cuando exigimos que nuestros ejércitos sean apartidarlos, indicamos que (as guerreras no están para

cubrir camisas de distintos colores, sino para cumplir esas estrictas y elevadas funciones que la

Constitución les va a asignar. Mediante la disuasión salvaguardaremos nuestra razón de ser como nación

y Estado. Mediante la utilización de fuerza como última ratio expresamos la voluntad de la ciudadanía de

que no sea quebrantada nuestra integridad territorial; si bien dentro del Estado cabe el pluralismo

enriquecido por ia aportación de los pueblos que lo integran, los cuales van configurando consesualmente

un sugestivo proyecto de futuro, habrá que impedir el nesgo de que minorías alucinadas, aunque

violentas, conturben por la fuerza y con apoyos exterioras hacia callejones secesionistas la vocación

democrática de las mayorías que habitan en las distintas áreas. Medíante poderes, sabia y rectamente

utilizados, podremos contrarrestar las tentaciones armadas que puedan arriesgarse contra el ordenamiento

constitucional.

Cuando se habla de unidad de las FAS, se pretende tanto que divisiones partidarias no perturben su

eficacia, como que no sufra su imagen en estos momentos en que la adecuación a la nueva situación

requiere por parte de todos acomodamientos a veces difíciles. En relación a lo primero, ta actuación de

algunas personas que pertenecen a necesarios servicios de información primando a opiniones en perjuicio

de otras —por lo menos tan respetables— puede producir en el seno de los ejércitos malestar ante

actuaciones pesquisitivas, que convierten a lo que es materia opinable en dogmática, con (o que la

reacción de los diferentes pudiera perjudicar (a unidad, la cual en absoluto ha de confundirse con el

monolitismo tan en uso en los sistemas totalitarios.

La unidad militar se fundamenta en la aceptación y defensa de unos valores y en la disciplina que en este

supuesta es forzosamente piramidal, y que impone la subordinación del inferior al superior y de todo el

conjunto al Gobierno y al Parlamento como representación de la soberanía popular.

Cualquier intento de romper la disciplina pone en crisis la operatividad de los ejércitos, imposibilitando el

cumplimiento de sus funciones. Sin embargo, aunque la disciplina en la Institución ha de considerarse

como un ABC es independiente en su linea de pensamiento y no acepta necesariamente como suyas las

ideas vertidas en los artículos firmados.

valor absoluto a través de los tiempos, la incidencia de estos en las diversas situaciones en que aquélla se

manifiesta es notable, ya que la Institución armada no es un ente impermeable y carente de

susceptibilidad a las influencias del medio. (Mal cumpliría su misión si lo fuera!, pero ello obliga a

recogerlas e insertarlas ordenadamente en su seno. Estamos en una época que, al menos en Occidente, se

caracteriza por la consolidación de tos derechos y la ineludible vinculación con un sistema de

obligaciones, y el entramado resultante concederá más prioridad a unos o a otras en relación con los

distintos sectores sociales sobre los que se proyecta, aunque nunca dicha prioridad podrá anular el otro

polo del ensamblaje. Es evidente que en las FAS el predominio muy amplio de los deberes es esencial,

pero esto no obsta a que en alguno de los ejércitos que aparecen como más sólidos y constructivos en la

defensa de Occidente —y concretamente el alemán— se vayan estructurando normas capaces de

posibilitar el ejercicio de derechos que no conculquen las necesidades disciplinarias. Y, aunque los

contextos históricos obligan a actuar con cautela, la misma reforma de las Ordenanzas de Carlos III, a las

que se está procediendo, indica que nuestros propios mandos están atentos a esta temática.

Creo que ha de actuarse con decisión sin que la posible intencionalidad de grupos de extrema izquierda,

por fomentar alteraciones, sirva de justificación a demoras en el tratamiento de esta cuestión y, por

supuesto, la de los socialistas es totalmente contraria a aquella intención, ya que para nosotros la

reglamentación de derechos no significará, en absoluto, impugnación del ineludible criterio jerárquico

Con referencia a la unidad de las FAS, hay que considerar no solamente su eficacia operativa, que serla

vulnerada por cualquier dato que quebrantara aquélla, sino la necesidad de que como imagen se proyecte

al exterior. En este sentido me parece que la adecuación a la democracia es a veces difícil para algunos

mandos en los que una pedagogía persistente ha conseguido identificar el concepto de patria con valoras

historicistas de contenido agudamente conservador; difícil, pero no imposible, ya que el proceso que

estamos viviendo, si es conducido con rigor intelectual, con fidelidad a la voluntad democrática da la gran

mayoría de los ciudadanos y con la responsabilidad de crear una convivencia plural y fecunda, conducirá

a aquellos militares a la sugestiva convicción de que el Estado será más fuerte cuanto más libre y racional

sea su capacidad integradora.

Entiendo que el proceso se está dando y que el marco será el debate constitucional y su consecuencia.

La aprobación de una Constitución que iniciará una etapa alentadora en la Historia de España. Entonces

se establecerá una comunicación permanente y calurosa entre e) pueblo español y sus Fuerzas Armadas.

A éstas se les asigna el honor de realizar las altas misiones que la Constitución determina con los medios

y técnicas apropiadas y a su vez la ciudadanía ha de confiar que sus ejércitos; su ejército sea

constitucional, lo que significa no sólo la aceptación formal de los valores que fundamentan el Código

supremo del funcionamiento del Estado y de nuestra convivencia, sino, asimismo, la conformación

psicológica con dicha aceptación por entender que los derechos y libertades posibilitan el único quehacer

político y social, tanto en el interior como en las relaciones internacionales que convertirá a esta nación de

naciones, que es España, en atractiva ejemplaridad dentro del contexto mundial.

Que nuestro Ejército sea constitucional no significa innovación sino recuperación de su tradición secular

a través del ejercicio de la memoria histórica. Esta nos dicta que las FAS surgen —en lo que los manuales

de historia califican como edad contemporánea— con la guerra de la Independencia, y su acción en la

defensa de la soberanía nacional se confunde con la proclamación alborozada de la Constitución de Cádiz

en 1812.

A lo largo del pasado siglo su quehacer por el mantenimiento o reconquista de la libertad es constante, y

los nombres de Espartero, Prim y Serrano lo subrayan.

Esa memoria histórica significó un largo momento cenital durante el cual Ejército y pueblo establecieron

un maridaje entrañable, y ahora se trata de que ahondemos en ella para recuperarlo, para que el divorcio,

que durante vanos lustros existió entre las FAS y parte importante de la ciudadanía, desaparezca. Los

socialistas, por nuestra parte, estamos profundizando en ese recuerdo, y así, recientemente, en nuestro

último Congreso, tiernos formulado, como esclarecedor signo de nuestra política de defensa, la

convicción de que en circunstancias graves el militar ha de considerarse pueblo y el ciudadano soldado.

Antes se ha dicho que para cumplir las funciones asignadas por lo que será la Constitución, las FAS han

de poseer medios adecuados. La realidad es que éstos, lamentablemente, no son suficientes, ni cualitativa

ni cuantitativamente, y en ello tiene responsabilidad el antiguo régimen, que mientras exaltaba

retóricamente a los ejércitos los privaba de la técnica y material necesarios para cubrir con eficiencia su

operatividad. Y esto lo decimos desde nuestra especifica perspectiva ideológica y no como torpe

querencia halagadora.

Los socialistas queremos un Estado que sea democrático y sólido y estamos persuadidos de que su

fortaleza no dependerá de la arrogante invocación testicular, sino de la capacidad para atender a continuas

necesidades. Por ello, a la par que pretendemos buenos servicios de obras públicas, sanidad, educación,

seguridad social, turismo, comunicaciones, etcétera, preconizamos que la defensa, tan fundamental para la

supervivencia de la comunidad, esté idóneamente dotada.

En el presupuesto para 1978, el porcentaje destinado a) Ministerio de Defensa es del 13,17 por 100, que

representa 188.715 millones, de tos que 119.350 se destinan a pago de personal y solamente 42.700

millones a inversiones reales. En realidad, debieran integrarse en el concepto la totalidad de los gastos

relativos a la defensa, que abarcan los haberes pasivos de carácter militar, los de la Dirección General de

la Guardia Civil y los de Seguridad, con lo que el presupuesto «ad hoc» asciende a 321.271 millones, ti

cuaí representa algo más del 22 por 100 del total, cifra que en términos porcentuales nos parece

conveniente, aunque su cuantificación no sea adecuada y tanto más cuanto que la sectorización del gasto

se hace en detrimento de los medios y de la tecnificación de los ejércitos.

Con independencia de la coyuntura de austeridad, significada por los acuerdos de la Moncloa, lo cierto es

que los recursos destinados a las FAS son reducidos, como lo son los dedicados a los grandes servicios

nacionales expuestos, e impropios, todos ellos, de una potencia industrial cómo es nuestro país.

Y aquí interviene nuevamente nuestra orientación política que reclama los recursos necesarios mediante

la insoslayable reforma fiscal, de la que ya se ha iniciado la andadura. Entonces, manteniendo la

porcentualización, se producirá la cuantificacíón conveniente.

De esta forma, y en el tema que nos ocupa, las FAS servirán con dignidad y altura a la defensa, cuyas

líneas proyactivas y quehacer técnico serán configuradas por ellas mismas, al servicio de fines elaborados

por las instancias representativas. Y así, siendo leales al pensamiento político y democrático Que inspira a

la nación, se definirán como parte entrañable y responsable de la nación misma.

Enrique MUGICA HERZOG

 

< Volver