Autor: Guerra, Antonio. 
   Un pueblo que se aburre     
 
 El País.    03/05/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

TRIBUNA LIBRE

Un pueblo que se aburre

ANTONIO GUERRA Ex director de «El Socialista»

Hay una especie que se ha extendido en la sociedad española como una plaga: la confusión. En los

últimos meses, la política que genera nuestra democracia formal, de la que tantas ilusiones se hizo el

pueblo español con un alto porcentaje de votantes en las urnas del 15 de junio, se ha mezclado con un

cierto desencanto que está a punto de llevar el pesimismo a todos los sectores del ciudadano medio que,

sin otro recurso que el de la esperanza, se mantuvo expectante ante las promesas que desde un lado y otro

se le hacían de instaurar un nuevo orden, un país limpio y lejos

de la trampa y el cartón de una dictadura enmohecida por tantos anos de uso y abuso. Pero no fue así, esa

nueva perspectiva con un horizonte esperanzado en el que cupieran todos los españoles, no ha llegado con

la prontitud que imaginaron muchos. A la generalizada tristeza de unos años de autoritarismo que

parecían no tener fin, le ha sucedido un no menos generalizado sentimiento de decepción que

puede dar al traste con la enorme capacidad vitalista que ha caracterizado a nuestro país en las etapas más

señeras de su historia.

Los que forman parte, como protagonistas, del nuevo orden establecido —si puede llamarse nuevo— con

la democracia formal recién instaurada, achacan el desencanto al desconocimiento que nuestro pueblo

tiene de la propia democracia después de tantos años sin ejercerla. Y dicen, desde su escaño o desde sus

nuevos puestos en la Administración» que la democracia no es una panacea milagrera que pueda traer la

solución de todos los problemas en dos días. Pero los que somos sujetos activos de este proceso, sino

sujetos pasivos, que padecemos las consecuencias del cambio y su confusión, es lógico que no tengamos

la resignación franciscana que se nos pide desde la esfera del poder e incluso desde los partidos políticos

que hoy se nos muestran —en contra de aquella euforia que barrió el país durante la campaña electoral—

conservadores y desorientados.

La parte de mayor responsabilidad en este desencanto que empieza a esterilizar las ilusiones de muchos

españoles, se la lleva el Gobierno, como es lógico, en vista del desgaste que lleva consigo todo ejercicio

de poder. La derecha no comprende que el Gobierno y el partido que lo sustenta, que han nacido de las

propias entrañas del conservadurismo español con cierto tinte reaccionario, se muestren ahora con afanes

revolucionarios, de cara a la galería, y ejerciendo un papel que no le corresponde al ocupar parcelas de la

izquierda. Se trata, por parte de los ucedistas, de ejercer un equilibrio imposible, encendiendo cada día

una vela a Dios y otra el diablo, con tal de conservar el poder a ultranza. El esfuerzo puede parecer

meritorio sí se trata de salvar una etapa de transición en la que sólo cuenta el tiempo de permanencia,

como si de un pulso se tratara. Pero los resultados no pueden ser más negativos: los empresarios están

descontentos, a pesar de ofrecerles en bandeja constitucional un despido libre; el paro empieza a alcanzar

niveles de cierta peligrosidad social, sobre todo en Andalucía; la inflación vuelve a rondar como un

fantasma; el orden público, la delincuencia—con un paro juvenil atosigante—, la enseñanza, los servicios

públicos y la economía (que no se sabe si obedece a una planificación mi generís o a un desarrollismo

galopante) han alcanzado el mayor deterioro de los últimos años. La derecha, madre nutricia de UCD y el

Gobierno, sabe todo esto y no lo perdona.

En la izquierda, el panorama es mucho más grave para el Gobierno Suárez: los pactos de la Moncloa no

despiertan las menores simpatías entre los trabajadores, por mucho que el señor Carrillo se empeñe con

sus consignas, más propias de un santo varón de una nueva iglesia; el incumplimiento de algunos de estos

acuerdos y la difícil aplicación de la mayoría de ellos ha sembrado entre la clase trabajadora un

sentimiento de frustración, cuando no de tomadura de pelo, a pesar del refinado manejo dialéctico que el

señor Abril Martorell esgrime para la defensa de estos acuerdos, que pronto podrían quedar como re

cuerdos. Por otra parte, la creencia entre muchas personas de la izquierda, del verdadero centro, e incluso

de parle de la derecha civilizada, es que el montaje del poder y los circuitos financieros que catapultaron a

los que lo ejercen, siguen siendo muy parecidos —con la presencia de muchos hombres de otro tiempo—

a la época de Franco. Del mismo modo, las instituciones y los órganos de poder han variado muy poco

sustancialmente con relación a la dictadura. El empeño, que se pretendió táctico y antirupturista, de

respetar el orden jurídico preestablecido para evitar imaginados traumas y conservar no pocas prebendas,

ha dado origen a la difícil coexistencia de dos estados de legalidad que, aunque torpemente, se han

considerado propicios para la transición y que se contrarrestan hasta el punto de crear el confusionismo

que hemos señalado al principio. De ahí que la justicia militar siga moviéndose en un terreno que nos

parece poco propicio para la democracia, y que tal vez no desea el Ejército, al mismo tiempo que es

expedientado un miembro de la carrera fiscal por un presunto delito de opinión o de no acatamiento de

determinadas normas reglamentarias. Mientras tanto, en otros niveles de acción y de expresión se

alcanzan límites no frecuentes en Europa. Tal vez porque el mayor componente de la política del

Gobierno sea la inseguridad y el temor a perder el poder, una pasión sólo comparable, por lo visto, con el

erotismo de un sexo desbordado.

La oposición no sale bien parada en el juicio crítico que la política está mereciendo a una gran parte de la

población española. El desconcierto de esta parte del espectro democrático lo produce esa táctica de gritos

y susurros tan al uso en los partidos de la oposición. Gritos para el lucimiento en la hora más florida de

las sesiones parlamentarías, y susurros para el pasillo o la trastienda, donde tiene lugar la componenda y

el arreglo. Los que somos de a pie, en este lleva y trae del tinglado político, los que dicen que formamos

parte de esa gleba fecunda y esperanzada, que eufemísticamente llaman pueblo soberano, nunca sabremos

si los susurros son muchos —si es que existen— y las componendas más, Pero la especie está ahí

lanzada» en medio de las plazas y en los corrillos del pueblo, formando parte de . los motivos

fundamentales de este desencanto que nos ha llegado como una plaga. Estos partidos, unos en mayor

medida y otros no con tanta, deben clarificar, de una vez, de cara a sus electores y sus militantes —sobre

todo frente a sus afiliados de base que empiezan a ser presas de un enrarecido pesimismo—, hasta dónde

llega el susurro, cuál es el nivel de la componenda y para qué ha servido el grito, o por qué y por culpa de

quién el grito se ha quedado en pura tarzanada, como un derecho al pataleo.

Es importante desintoxicar a los españoles —un hombre, un voto— de tanta retórica de salón y explicarle,

de verdad, cuál es el sentido de esa empresa colectiva que debe ser la democracia en profundidad. De lo

contrario, pronto seremos, otra vez, unos millones de subditos, lejos de la ciudadanía, en una permanente

inhibición y de espaldas a la España oficial. Y esta vez, no por fuerza del palo, cuya coacción justifica al

que lo padece y hasta resulta heroico, sino por imperativos del aburrimiento, que es cosa más triste y de

soluciones más difíciles.

 

< Volver