Autor: Fernández Santos, Francisco. 
 Actualidad del socialismo / y 2. 
 Un proyecto socialista para España     
 
 El País.    11/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

POLITICA

EL PAIS, domingo 11 de septiembre de 1977

Actualidad del socialismo / y 2

Un proyecto socialista pana España

FRANCISCO FERNANDEZSANTOS

¿Son coherentes con la fundamental exigencia del proyecto eurosocialista —la creación y el fomento

incansables de una conciencia socialista popular— los actos y las declaraciones de la gran mayoría de

nuestros dirigentes de izquierda? Como militante del principal partido de la izquierda, me duele tener

que contestar que no, tajantemente que no.

El hecho es que los partidos del eurosocialismo español, en el sentido que doy a este término (PSOE,

PCE, PSP, PSC, PSUC.,.) parecen guiarse por una preocupación no confesada (estas cosas no se

confiesan) pero manifiesta: que nadie se entere de puertas para fuera que son socialistas y, como tales,

radicalmente opuestos a la actúal sociedad.

Ocasiones excepcionales se han dejado pasar sin que la izquierda las aprovechara para empezar a

sembrar en la conciencia popular la idea de un proyecto socialista que, sin negarla sino al contrario,

profundizándola y autentificándola, va mucho más allá de la democracia genérica de que hoy todo el

mundo sin distinción ni matiz se declara campeón.

Ocasión singular era la campaña electoral, Y en el recuerdo de lodos está la monótona cantilena de los

partidos concurrentes en la que la voz propia de la izquierda se diluía en un jarabe dulzón de indistinto

democratismo, sólo salpicado aquí y allá por unas gotas de populismo. Del socialismo, de sus respuestas

a los problemas actuales, de sus perspectivas de futuro, nada, o casi nada.

Ocasión excelente —y permanente— la ofrece el Parlamento, que una izquierda serena y resuelta, sin

infantil bravuconería, pero tampoco sin timideces, puede utilizar como tribuna privilegiada para criticar

el sistema y .para despertar y desarrollar la conciencia socialista de los trabajadores.

¿Y qué ha hecho ta izquierda española en el recién estrenado Parlamento? Por lo menos hasta ahora, no

pasar, en el mejor de los casos, de ocupar posiciones (a veces con procedimientos discutibles) y de

instalarse más o menos hábilmente en un nivel de discusión técnicojurídica en el que difícilmente podrá

desbordar a la derecha disfrazada de centro; y, en el peor, de un nada ejemplar compadreo con el Poder.

De socialismo, ni sombra.

El resultado de esta renuncia políticoideológica es que la izquierda española está dando ante la opinión

pública la impresión de ser, como escribía hace unos días Ignacio Sotelo en Diario 16, «el ala progresista

de la burguesía», dejándose así integrar y recuperar por esta democracia de los listos que nos preparan

los Adolfos, Rodolfos y congéneres, ilustres y conocidos luchadores de ia libertad que durante decenios

se disfrazaron de servidores de la dictadura (para escapar a sus persecuciones, sin duda). Los «listos» lo

están haciendo, desde el punto de vista de los intereses de la burguesía española, soberbiamente bien

(para eso son realmente listos y no unos redomados

majaderos como la gran mayoría de los prebostes franquistas y neofranquistas). Y el colmo de su listeza

será convencer duraderamente a la izquierda parlamentaria, ya de sí predispuesta, para que entre de

lleno en su juego de listeza, en el que ellos tendrán siempre las de ganar, simplemente porque disponen

del poder. Resultado de todo esto es que la confrontación ideológica, según escribía recientemente José

Luis Aranguren en estas mismas páginas, «se ha transformado en competición» (en el sentido deportivo

del término) y que en el escenario de la «políticaespectáculo» española se nos ofrece una

«representación cuasiteatral —y más bien mala— de la democracia». Como dice graciosamente un

amigo mío e ilustre médico: «La izquierda española es un tigre de papel bajo la mesa de Suárez».

Pero ¿hay, en la España de hoy, otro juego posible, distinto del juego con cartas marcadas de los «listos»?

No me cabe la menor duda. Ese juego es el que propugna y permite la estrategia del reformismo

revolucionario tal como ha quedado anteriormente esbozada. El supuesto básico de esa estrategia es este:

en la medida misma en que el pueblo español está maduro para la democracia, lo está también para el

socialismo.

Quiere decirse que, o el socialismo empieza a construirse ahora mismo, o no se construirá jamás. La

tesis de las dos etapas, que ha sido en general nefasta para el movimiento socialista mundial, es

particularmente incompatible con la estrategia eurosocialista. Y esa es justamente la tesis más o menos

implícita, nunca claramente elaborada ni expuesta, que guía la actuación de nuestros partidos de

izquierda. «Ahora se trata sólo de consolidar la frágil democracia española», afirma Felipe González. Y,

como un eco, Santiago Carrillo remacha que debemos esperar a que «se restablezcan las libertades.

Mañana se planteará el problema de la marcha hacia el socialismo».

La contradicción mecanicista es flagrante: nos pasamos la vida machacando que democracia y socialismo

son dos cosas íntimamente unidas y, justo cuando llega la hora de empezar a construir la primera, nos

olvidamos completamente del segundo.

El resultado, para el militante sinceramente socialista, es la clásica «esquizofrenia ideológica» de los

partidos de izquierda: consolarse de las miserias del presente burgués con el soñado esplendor de la futura

ciudad fraterna. Entre aquél y ésta, un abismo insalvable. Es decir, exactamente el mecanismo de la

alienación religiosa descrito por Marx.

La única manera de escapar de ese desdoblamiento, y de la consiguiente ineficacia de la organización

socialista, es saber ligar dialéctica e íntimamente las tareas del presente con las perspectivas de futuro,

de modo que éstas se hallen más o menos explícitamente prefiguradas en aquéllas. Y ello sólo se consigue

si el partido obrero posee un proyecto estratégico concreto de transición al socialismo, proyecto al que

subordina enérgicamente toda su vida interna y toda su actuación pública. Y aquí está justamente nuestro

talón de Aquiles, la explicación última de la actitud de dejación políticoideológica de nuestros partidos

de izquierda: carecen de ese proyecto concreto y, lo que es más grave, dan la impresión de que no quieren

tenerlo. La solución, generalmente tácita, suele ser: ya veremos mañana.

Y, sin embargo, no hay un momento que perder. Y no lo hay porque la elaboración teóricopráctica de

ese proyecto reformistarevolucionario en las circunstancias de nuestro país es una tarea sobremanera

ardua, tortuosa, llena de asechanzas y tropiezos posibles, de largo, muy largo aliento. Hay que emprender

inmediatamente la vasta, prolongada y difícil tarea de crear las condiciones ideológicas y políticas sin las

cuales no surgirá en España esa conciencia socialista mayoritaria y hegemónica capaz de imponer las

soluciones del socialismo progresiva y democráticamente, sin violencia ni insurrección popular (no digo

sin subversión burguesa, porque eso no depende de las fuerzas del socialismo).

En modo alguno hay que menospreciar las tareas presentes, que pueden ser de suma importancia, en

particular las relativas a la construcción de una democracia española. Pero lo fundamental para la

izquierda socialista es que su capacidad de proposición no se agote en el nivel de las propuestas de la

derecha burguesa sino que constantemente las desborde y muestre a las claras ante la conciencia popular

las alternativas del socialismo. Lo fundamental es que, por ejemplo (y es sólo un ejemplo), al proyecto

de Constitución que finalmente impondrá la derecha en el Parlamento, la izquierda sepa contraponer las

líneas maestras de una Constitución más progresiva, abierta al socialismo. Y que lo haga coram populo,

ante la conciencia popular, sin los tapujos, conciliábulos, conventículos ni compadreos que minan por

dentro la democracia, dando exactamente cuenta de todo a los trabajadores (sus únicos mandantes).

Será preciso que lodos los militantes —dirigentes o no y también los que no militen— pongamos

manos a la obra y que en la izquierda española se instaure urgentemente un debate franco y leal sobre las

condiciones indispensables que ha de reunir un proyecto socialista en la España actual: democracia

interna (aún tan en mantillas, y no sólo, ¡ay!, en el PCE), unidad política de las fuerzas obreras y

populares, elaboración de un modelo de sociedad socialista avanzada ajeno al de ta socialdemocrana

proimperialista a lo Schmidt (modelo de capitalismo tecnoburocrático «humanizado») y al del seudoso

cialismo soviético (modelo de capitalismo burocrático de Estado), programa de transición, apoyo

internacional, etcétera.

Asi podremos comenzar a construir entre todos el proyecto que nos falta y cuya ausencia no podrá

encubrirse con verbalismo revolucionario para las fiestas de confraternidad entre militantes ni con gestos

más o menos «estéticos» y «jacobinos" de negar aplausos a altos dignatarios del Estado.

Lo demás es esperar a que la breva (el Poder) caiga madura en la mano. ¿Y para qué?

 

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