Autor: Aguilar Navarro, Mariano. 
   La clase política y los políticos     
 
 El País.    31/08/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ELPAIS. miércoles 31 de agosto de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

La "clase política" y los "políticos"

MARIANOAGUILAR

NAVARRO

Senador

En una pasada colaboración (EL PAÍS, 11 de agosto) afirmaba que es posible y conveniente diferenciar la

«clase política» de los «políticos», en su sentido más profundo. Hoy intentaré apuntar algunos elementos

que nos sirvan para sostener esa diferenciación.

Bien se advierte que en ambos supuestos estamos operando en relación con la política. La clase política y

los politices se explican, funcionan y se constituyen en función de una determinada relación con el

quehacer político. En esta acción política (acción es la política; como también es pensar e imaginar, al

igual que proyectar y decidir) la «clase» y los «políticos» desempeñan, o deben de desempeñar misiones

específicas.

Es evidente que cuando hablamos de «clase política» no estamos utilizando el concepto de clase en su

acepción específica, como si se tratara de una clase social más, o de una forma de estratificación social de

género semejante al de la clase social. Incluso cuando la clase política degenera en estamento, o grupo

hegemónico de naturaleza burocrática no estamos en presencia de una auténtica clase social. De una o de

otra forma, hay que centrar la noción de clase en relación con la forma de producción económica y el

papel que en la misma se desempeña, aun cuando ello no suponga una sumisión e identidad total con los

perfiles estrictamente económicos.

El político, de una o de otra forma, está polarizado en función de unos planteamientos intelectuales. Es

misión del intelectual (concepto mucho más amplío que el del universitario) la elaboración de un

pensamiento teórico, doctrinal, según el cual pueda programarse una acción política. La debilidad del

planteamiento teórico, el estancamiento de ese proceso de elaboración doctrinal lleva consigo el deterioro

del movimiento político. Los marxistas (entre nosotros Claudín, al examinar la crisis del movimiento

comunista mundial) han insistido en el valor fundamental de la elaboración teórica y en las nefastas

consecuencias que su parálisis ha tenido para el marxismo, especialmente el soviético.

La «acción política» tiene unos protagonistas, unos «autores» (así los califica A. Hauriou) que operan más

colectiva que individualmente. La tensión de la actividad política: es conflicto y cooperación, solidaridad

y combate; libertad y poder, etcétera, hace de la política una forma de actividad «sui generis». En cierto

sentido, en la política resulta indispensable al adversario, el antagonista. Política y pluralismo antagónico,

discrepante en zonas no meramente secundarias, son realidades que se cubren recíprocamente.

En estos últimos tiempos, asistimos a un espectáculo que resulta al menos ambiguo y ambivalente. Y

como quiero concretar, en cuanto sea posible, mi pensamiento, me remitiré a supuestos muy precisos de

la actúa! hora política española.

No hace muchos días hemos visto de qué modo se intentaba desautorizar a un profesor universitario

español (concretamente a don Enrique Tierno), negándole su aptitud política en función de un exceso

tono profesoral, de unos planteamientos en demasía académicos. En este caso, se puede dar a entender

que e! político rechaza al intelectual. ¿Cuál puede ser la razón? No creo que sea suficiente el estilo del

orador, la mayor o menor garra de sus expresiones, etcétera, para llegar a una conclusión tan tajante. Lo

importante tiene que ser la relación entre lo que este «intelectualpolítico» dice, proclama y proyecta, con

la naturaleza de la acción política. Y en la acción política es esencial al mismo tiempo la exacta captación

de los problemas y la adecuada invención de las bases en que deberá sustentarse la decisión. A mi

entender, el sujeto en el que se da esa capacidad intelectual es por formación y aptitud un correcto

político, ¿será también un sujeto con especial vocación para formar parte de la «clase política»?

Posiblemente no, especialmente cuando esta «clase política» tiene que actuar en una fase de subdesarrollo

político como el que yo describía en mi pasado artículo.

Hay intelectuales y también hombres políticos que expresamente niegan al intelectual comprometido (con

mayor razón al diletante, al contemplativo, más o menos aséptico y falsamente neutral) su condición de

político, y con mayor apoyo argumenta! la de miembro de la clase política. Noguera Puchol (en su

reciente libro Un país valenciano autónomo en una España democrática} dice (nota 24, página 84): «Ha

de terminar, por tanto, la hora del intelectual comprometido o de la personalidad democrática. La política

es una profesión común en cualquier país, pero que en España sólo pudo ser ejercida por franquistas en

los últimos cuarenta años.» Indudablemente, lo que afirma el autor se refiere al miembro de la «clase

política» y no estrictamente al político del que me estoy ocupando. Para mí ese intelectual comprometido

hace política y es un político. Buena prueba es la misma actitud y disposición confesional del

profesor Aranguren. Aranguren viene desde hace mucho tiempo, especialmente en colaboraciones en EL

PAÍS, realizando una severa crítica de nuestros políticos y marcando su alergia a la militancia política.

Mas al unísono Aranguren reconoce la naturaleza política de su acción y de su pensar. Sin ir más lejos, en

su trabajo del 10 de agosto (el «Zen trum» católico) termina diciéndonos lo que sigue; «Los míos son

escritos por un hombre voluntariamente marginado de la "política", porque estoy en otra cosa. Que,

naturalmente, es también, sin comillas, política.» Bien puede decirse que es la descripción aproximada del

político como género diferente del miembro de la «clase política». De acuerdo al juicio de Noguera

Puchol el político debe ser un profesional, y en la España de Franco sólo pudieron hacer política y ser

políticos los franquistas. Yo creo que en estas aseveraciones, junto a la buena dosis de verdad que

contienen, se dan ciertas zonas menos transparentes. Pienso, de entrada, que en la época del franquismo

no existió auténtica actividad política y, por lo mismo, me atrevo a sospechar que no hubo políticos. Para

mi entender, es algo más que anécdota la frase atribuida a Franco, en la cual éste expone, a manera de

consejo, que procediendo de él equivalía a consigna y mandato, la conveniencia de que sus ministros

marginen la política y le imiten a él, para quien la política es actividad, al mismo tiempo, sospechosa y

estéril. Ciertamente, creo que esa actitud de Franco se plasmaba en la realidad, Franco vio la acción

política como una acción de mando castrense en la cual el gobierno de los hombres se transforma en

administración de cosas y de hombres. Franco concibió la política como una gran intendencia de personas

y de cosas. De aquí entiendo yo que arranca la diferencia colosal entre la forma de interpretar la política

un De Gaulle y un Franco.

No existía política en la época franquista por razones más amplias y complejas que las que puede dar el

monopolio ejercido por ios franquistas. Lo esencial es que en aquella experiencia política faltaban

ingredientes esenciales del «hacer político», como son la disidencia, la discrepancia, el antagonismo,

amén del credo ideológico y el sentido del espacio y del tiempo histórico. En la política, como en el

vuelo, resulta indispensable la existencia de la gravedad y de la resistencia que opone el aire. Sin una

oposición, sin una discrepancia, sin una pluralidad de concepciones y de proyectos, desaparece lo que

caracteriza a la política: decisión en la pluralidad contendiente y por la sublimación o superación de la

misma a través de la deliberación, o también de la lucha política.

En un artículo de Aranguren (EL PAÍS, 29 de julio) se trata de acercar a los marginados y a los que

voluntariamente se marginan también, pero en este caso es con referencia a la política partidista.

Aranguren viene a decir que en ambos es común una disidencia respecto al orden establecido, y una

esperanza en cuanto a su modificación. Una especie de combinación entre la acracia y la utopía. ¿Hasta

qué punto esa acción, que supone marchar sobre el «filo de la navaja» no implica lo que debe de

caracterizar precisamente al político? ¿No es tarea de la política transformar el orden existente creando

otro más humano, etcétera? Transformar y no meramente explicar, decía Marx. Y yo añado: criticar para

transformar, y no para quedarse en la crítica de la crítica.

 

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