Autor: Aguilar Navarro, Mariano. 
   Crítica de la clase política     
 
 El País.    11/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EL PAÍS, jueves 11 de agosto de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Crítica de la clase política

MARIANO AGUILAR NAVARRO

Senador

Siempre ha sido el español proclive a la critica de la clase política. Desde los tiempos, de los

«regeneracionistas» la acusación a los políticos y a «sus» grupos, ha sido tenia habitual. Con las

tendencias autoritarias y fascistas, esta inclinación adquirió nuevo brío y horizontes un poco diferentes.

Añadamos la incidencia del anarcosindicalismo, virulentamente «antipolítico» y tendremos algunas pistas

para situar este fenómeno de animadversión al político.

Era de esperar que una vez comenzadas las actividades de los partidos políticos, y especialmente la

actuación de las Cámaras que constituyen las actuales Cortes, esta condena, en ocasiones esta «burla», se

haría notar con mayor intensidad. El hecho ha tenido dos manifestaciones y se viene desarrollando en dos

tiempos: critica a los partidos y a sus dirigentes (a los «políticos» como una especie de «profesionales») y

acusación y parodia de las actividades parlamentarias. Alguien se ha creído con aptitudes para

reactualizar las sarcásticas notas parlamentarias de Fernández Flores, y, ciertamente, con menos garbo e

ingenio, acumula improperios, que él debe estimar como manifestaciones de un agudo ingenio, no ya

contra determinadas actitudes de muy concretos parlamentarios, sino contra lo que es la «esencia» misma,

no ya del parlamentarismo, sino de toda especie de democracia: la palabra, el discurso, el propósito de

persuasión y esclarecimiento de ideas y de problemas.

Cuando se «estrena» democracia (este es nuestro caso) y se hace en una mala coyuntura y con menguada

preparación de todos (absolutamente «todos») hay que ser mínimamente responsable para saber hasta

dónde debe de llegar la critica para que ésta pueda ser considerada como tal y no como un estúpido y

etéreo «divertimento». Qué duda cabe que una democracia necesita vivir en un ambiente crítico. La

democracia es crítica y control a lodos los niveles, comprendiendo, es obvio, la crítica realizada con

relación a los mismos «censores» de la acción gubernamental. Lo que sucede es que para que podamos

hablar de auténtica critica política hay que cumplir unas mínimas condiciones, determinadas por la

naturaleza, función y fases históricas del quehacer político. Siendo igualmente inexcusable entender la

relación dialéctica que existe entre la fase presente del proceso político y las formas de comportarse los

hombres que integran la «clase política». Hay que comprender funcionalmente la relación entre el

despliegue del desarrollo político y las misiones y aptitudes de la «clase política».

El fenómeno del desarrollo se manifiesta tanto en el campo de la economía como en el de la política. Por

su parte, el «subdesarrollo» se verifica en áreas económicas, sociales, culturales, técnicas y esencialmente

políticas. Nosotros «intentamos» estrenar una democracia partiendo de una situación de recesión y crisis

económica que nos retorna a épocas de subdesarrollo real, y, al mismo tiempo, arrancamos de un

auténtico subdesarrollo político, pues incluso en nuestra pasada realización del «autoritarismo», de los

«regímenes de excepción», operamos con formas y mentalidad de subdesarrollados. Así se explica la

vivencia de formatos integristas y absolutistas propios de los tiempos de Felipe II (lo ha recordado

últimamente R. de la Cierva).

Supongamos que no está condenada de antemano al fracaso la operación «de despliegue del desarrollo

político democrático», y actuando sobre esta premisa tendríamos que ser críticos de manera realista,

histórica y funcional. Debemos juzgar y valorar la conduela de la clase política persuadidos de que, como

tal, asume la responsabilidad de actuar de forma que haga viable este «despegue» en el desarrollo

político. Reclamar de la clase política comportamientos propios de fases extremadamente desarrolladas,

de democracia avanzada, de verdadera «nueva izquierda», etcétera, es no comprender la situación actual y

las exigencias en el hacer político y crítico que ella comporta.

Los marxistas han señalado, con evidente exactitud» que aceptada la dialéctica, con todo lo que de

movimiento y dinamismo implica, con todo lo que metodológica y pragmáticamente supone a efectos de

elaborar construcciones científicas respecto a la vida social y política, a la comprensión histórica, otro

tanto habrá que hacer tratándose de los partidos políticos, de la clase política. Dialécticamente hay que

proceder a comprender el grado de protagonismo de la clase política y el tipo de funciones que en cada

momento le corresponde. Estas son las dos cuestiones que ahora pretendo introducir.

No estimo que sea necesario plantearnos como problema la inexcusable necesidad dentro de

una democracia representativa de los partidos políticos. Tampoco requiere el tratamiento de «cuestión

previa» la obligada organización de estos partidos, lo que hace indispensable acusar su dimensión

orgánica, inclusive con riesgo de potencializar eventuales deformaciones burocráticas que sofoquen la

dimensión ideológica del partido y su vida democrática interna y, al unisono, externa. Y si estas notas

valen hoy en todo sistema democrático occidental, y con otras manifestaciones también en las que en

épocas pasadas se llamaron «democracias populares», mayor fuerza de exigencia tendrán tratándose de

esta incipiente democracia española que es, como no podía dejar de serlo, igualmente «subdesarrollada»,

tratándose de sus partidos políticos y de su clase política. En conclusión, creo que a niveles más bajos de

«desarrollo político» corresponde un sistema de partidos políticos y una clase política más autoritaria,

más regimentadora. No en vano salimos de un sistema de partido único (forma que se corresponde con

una respuesta primitiva y antipolítica del capitalismo, o de un comunismo primitivo, de guerra, etcétera),

y ensayamos una fórmula de democracia representativa. No podemos desconocer que en niveles muy

acusados de «subdesarrollo político», aun hablando de democracia, de hecho se vive en una sociedad

teledirigida por un partido único, que quiere legitimarse apoyándose en las duras exigencias del

«despegue del desarrollo político».

La segunda nota se refiere al grado de protagonismo que en esta fase rudimentaria del vivir

político corresponde a los partidos y a la clase política. Yo me atrevería a marcar como tendencia aquélla

que supone un proceso histórico en el que a medida que se recorre se experimenta un relativo

«empobrecimiento» de los partidos políticos y de la clase política para dar paso paulatinamente a nuevas

formas de racionalización y funcionalidad política. Equivale al descubrimiento de inéditas

manifestaciones de una democracia representativa, o también de incipientes ensayos de una democracia

directa que encuadre políticamente las respuestas pluralistas, autogestionarias y federales.

Y, para terminar, recordaré un concepto que creo de significativo valor probatoril. Hace bastantes años

(estaba aún de profesor en la Universidad Hispalense) escribí una recensión a un esclarecedor trabajo del

iusinternacionalista italiano M. Giuliano sobre el asilo político. El profesor Giuliano examinaba el tema

desde la perspectiva panamericana, y venía a llegar a la conclusión de que el asilo era una forma tosca,

rudimentaria de dar respuesta a unas exigencias políticas, especialmente acusadas en sociedades

escasamente desarrolladas políticamente, y que no eran otras que la necesidad de «proteger la

conservación de la clase política», indispensable especialmente para «el despliegue del desarrollo

político». Esta creo que es, al menos aproximativamente, la situación política en que estamos colocados

los españoles en esta hora. Seamos conscientes de este dato y juzguemos a la clase política sabedores de

lo que ésta puede y necesita hacer... En próxima colaboración profundizaré en esta hipótesis de trabajo

planteando el tema de la relación entre la clase política y los políticos. En mi interpretación se trata de

realidades diferenciables.

 

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