Autor: Solana, Luis . 
 Las dificultades y la estrtegia de UCD. 
 ¿Hace falta la UCD?     
 
 El País.    15/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ELPAIS.jueves 15 de septiembre de 1977

¿Hace falta la UCD?

LUIS SOLANA Diputado del PSOE por Segovia

El Centro está en crisis. No voy a insistir ni a añadir más datos para demostrar algo que es vox populi.

Pero, ¿por qué está en crisis?

La derecha española necesitaba un instrumento para pasar del modelo franquista a la democracia que

cumpliera una serie de condiciones mínimas. Por ejemplo, que le garantizase no perder el conlrol del

aparato del Estado, ganar las contiendas electorales que se presentasen durante el proceso constituyente,

dar imagen de cambio —aunque todo siguiera igual—, modificar aquellos aspectos del sistema

económico imprescindibles para mejorar su capacidad. Ninguno de los grupos políticos presentes en el

panorama del país cumplía estos requisitos mínimos en el inicio del proceso. Coherentes con todo ello, se

inventó el producto, y a su cabeza, se puso al hombre arquetipo de todo este ambiguo condicionado:

Adolfo Suárez.

La urgencia con que se planteó el proceso, la habilidad de Suárez y la falta de alternativas hicieron que

cuajara la Unión de Centro Democrático frente al hecho electoral. Subrayo este punto. Esa UCD tenia

como misión primordial colocar un tapón numérico en las Corles suficiente para que la izquierda —más

homogénea— no pudiera resultar ganadora relativa de las elecciones. La misión fue cumplida a gusto de

los organizadores, y hoy existen suficientes escaños ocupados por parlamentarios de UCD como para

evitar cualquier sorpresa legislativa.

Pero inmediatamente después de las elecciones generales ha comenzado una labor distinta de la

puramente negativa de impedir hacer. Ahora hay que gobernar, hay que ofrecer unos programas, hay que

explicar al país cuáles son las metas que se pretenden alcanzar y los medios para llegar a ellos. En una

palabra, hay que hacer política, Y entonces el Centro se deslíe en infinitas contradicciones entre los

partidos que lo forman, diferencias entre los partidos y el Gobierno e incluso discrepancias publicas entre

los propios parlamentarios. Con UCD el país sabe que —por el momento— están vetadas de hecho

determinadas opciones, pero no sabe cuál es el modelo alternativo que se le propone, ni siquiera si hay

algún modelo.

Ahora tienen que hablar los intereses por boca de sus partidos. Y esos partidos no se inventan, como

tampoco se inventan los intereses. En toda Europa se podrá encontrar algo que recuerde a nuestros

liberales, democratacrislianos, conservadores, etcétera. Lo que no existe es una Unión Institucional de

Todos. Lo que tendría que hacer el Centro es considerar que es una especie de federación circunstancial

que permita ir decantándose a los partidos y a los intereses que lo componen. La derecha española no

tiene aún partido o partidos explícitos. Y mal servicio se haría a la estabilidad próxima del país intentando

hacer entrar a todos por el tubo de la UCD, Cada vez que los responsables del Centro presionen y

ofrezcan paraísos de poder para conseguir el consenso interno, están labrando un sembrado de odios

personales y afanes de revancha. Ya hay, por lo menos, tatitos ucedistas a los que se les ha dicho sí, como

a los que se les ha dicho no. Nadie se siente plenamente convencido de estar exactamente en su club. ¿Se

puede considerar homogeneizables figuras tan contrapuestas como Martín Villa y Garrigues, Camuñas y

Fuentes, Pérez Llorca y Fanjul, Sánchez de León y Fernández Ordóñez? (Tómese esta lista como mera

aproximación, ya que el rosario podría llegar hasta la aurora.)

Las pocas deliberaciones que han tenido lugar estas semanas en las Cortes están perfilando un esquema

político de la derecha española (UCDAP) que habría que profundizar. Por una parte, AP quiere

desprenderse de la ganga franquista y de la histeria violenta, para pasar a convertirse en el ori

gen de un partido conservador diferenciado de formaciones extremistas. Al mismo tiempo, en UCD van

clarificando dos tendencias ideológicas, una de corte socialliberal (Garrigues, Fernández Ordóñez) y otra

de mentalidad democristiana (Alvarez de Miranda, Cavero), Entre ambas, una serie de personas más o

menos azules, que perfectamente podrían ir y venir de AP a UCD, y viceversa, sin que nadie se

sorprendiera. Se puede prever ya que el gran partido del Centro es una quimera. Los intereses son

mayoritariamente conservadores o socialistas, con una franja de liberales entre ambos. ¿Algo nuevo,

comparado con los esquemas que ya existen en Europa? Nada. Así funcionan, básicamente, suficientes

países vecinos como para pensar que —si no se fuerzan las cosas y las personas con la palanca del

poder— tendríamos pronto un modelo político estable y coherente.

Cuando en estos días se discute sobre si será conveniente un Gobierno de concentración nacional, uno

piensa cuántas más posibilidades ofrecerla el actual panorama de las Cortes si se rompiera la idea de que

UCD es un partido y no una agrupación electoral de partidos. Si hoy, por ejemplo, los liberales o los

democristianos han hecho posible el Gobierno Suárez, ¿por qué no puede ocurrir que, en su papel de

arbitros y puente entre dos bloques de intereses, den en los próximos meses una mayoría a otro tipo de

gobierno?

Roto el espejismo de que estamos ante un partido de centro, la polémica sobre si hay que apuntalar a

Suárez, casi por patriotismo, ya que no hay otras opciones viables, pierde sentido. Sí que hay más

posibilidades. Una, por ejemplo, la combinación política que está sacando de la crisis económica a países

como Alemania o Inglaterra, Suárez y sus expertos en comunicación de masas van tejiendo una leyenda

generalizada de «yo o el diluvio pinochetiano», A consolidar esta leyenda colaboran, quizá sin querer»

grupos y partidos con poca imaginación o con apriorismos de un pasado lejano. Hay que salir de unos

carriles que no existen. Hay que ser capaces de analizar si sería posible que —sin convocar nuevas

elecciones generales— con la actual estructura de las Cortes, sin asustar al empresario, sin crispar a los

distintos poderes fácticos, sería posible otra combinación de votos y otro Gobierno para el caso de que el

otoño signifique el fracaso del que preside Suárez. Otro Gobierno que pudiera ofrecer de forma más

verosímil la solución de la crisis. Los trabajadores, los pequeños empresarios, los profesionales, podrán

entender un Gobierno socialista, al que apoyen los grupos liberales, lo que dudo que pudieran comprender

es un Gobierno de derechas apuntalado por los socialistas.

 

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