Autor: Fernández Santos, Francisco. 
   ¿Asaltar el palacio de invierno?     
 
 El País.    08/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Tribuna Libre

¿Asaltar el palacio de invierno?

FRANCISCO FERNANDEZ-SANTOS

Militante del PSOE

A la vista de la actitud general de la izquierda española y, en particular, de las direcciones de sus

principales partidos, los títulos con que se abren estas reflexiones pueden parecer provocativos. Es

posible. La cuestión, de todos modos, está ahí, pendiente de respuesta: ¿ha llegado, de verdad, la hora de

emprender la lucha política por el socialismo en nuestro país?

El lector habrá ya adivinado que mi respuesta es, resueltamente, afirmativa. Y añadiré que no sería pecar

por imprudencia suponer que la misma respuesta dan, en su fuero interno, al menos, un gran número de

compañeros de militancia socialista y de comunistas españoles que contemplan perplejos, a veces

irritados, desconcertados y vacilantes a menudo, pero casi siempre silenciosos, la actitud de timidez

política, de dejación ideológica de nuestros dirigentes.

Si, el socialismo es, hic et nunc, de actualidad. O, para decirlo con un símil siempre gráfico pero cuyo

carácter metafórico hay que explicar; ha llegado el momento de asaltar el Palacio de Invierno. Me

explicaré.

Por supuesto que ni por asomo pretendo que en nuestro país deba aplicarse la estrategia trotskista-

leninista de la revolución que condujo a la toma del poder por los bolcheviques en el Petrogrado de 1917.

Si de tal cosa se tratara, la discusión no pasaría de aquí.

No. Para la inmensa mayoría de los militantes de la izquierda socialista (comunistas y socialistas stricto

sensu) está claro que en los países de capitalismo avanzado luego, en España— no hay Palacio de

Invierno que asaltar si por tal se entiende el enfrentamiento directo y armado entre burguesía y

proletariado, en situación de guerra civil y de insurrección popular. Como perspectiva históricamente

racional si no como accidente esa posibilidad parece haber desaparecido de la zona histórico-geográfica a

la que pertenecemos, y ello en virtud de profundos cambios estructurales en la situación interior y

mundial cuyo examen no podemos abordar aquí.

No, la estrategia insurreccional o de enfrentamiento armado, que puede muy bien seguir vigente en

numerosas zonas subdesarrolladas del mundo, se ve hoy inevitablemente sustituida en nuestros países por

un nuevo enfoque estratégico, aún casi inédito en el terreno de los hechos y teóricamente poco elaborado:

el del reformismo revolucionario, menos propiamente llamado vía democrática o pacífica al socialismo y

que quizá podría bautizarse con el nombre un poco ambiguo pero eficaz de eurosocialismo.

Marcha progresiva hacia la sociedad socialista

Dicho de manera muy esquemática, se trata de una marcha progresiva hacia la sociedad socialista a base

de una serie de reformas estructurales que vayan sustrayendo a la burguesía parcelas de poder y

traspasándoselas a las masas trabajadoras social y políticamente organizadas. De modo que el acto

revolucionario esencial que es el paso del poder de una a otra clase se produciría no de un golpe

(simbólicamente: la toma del Palacio de Invierno) sino a través de un proceso más o menos largo y

complicado de expropiación de la burguesía en el marco de una democracia lo más avanzada posible y sin

ruptura violenta (a menos que la provoquen los mismos expropiados).

La diferencia con la estrategia trotskista-leninista (la que se aplicó en Rusia) es evidente: se trata ni más

ni menos, en contra del fácil sarcasmo de Zinoviev, de «asar al buey poco a poco». Pero no menos

acusado es el contraste con la perspectiva socialdemocrática, explícita o vergonzante: lo que se intenta no

es reformar el capitalismo sino destruirlo, no es ser un «buen administrador» de la sociedad burguesa

(Blum) sino sustituirla por algo que no es sólo un sistema radicalmente diferente de organización

económico-social sino, en su más profunda virtualidad, una nueva civilización.

Lo que me interesa destacar aquí es un factor que me parece de máxima importancia para esa nueva

estrategia: el de la conciencia socialista. Pues bien, pienso que si hay un Palacio de Invierno que las

fuerzas del reformismo revolucionario deben conquistar, no es otro que la conciencia popular, la

conciencia de las clases trabajadoras y de sus aliados históricamente posibles.

En la perspectiva marxista clásica la idea de una crisis catastrófica del capitalismo, trampolín diríamos

casi «mecánico» para la conquista del poder por la clase obrera, velaba en gran medida la importancia

central de la conciencia socialista de las clases explotadas. De algún modo, se pensaba que el desenlace

fatalmente desastroso del sistema forzarla al proletariado de manera casi automática y «natural» a

conquistar el poder y construir sobre las ruinas. Hoy la situación es muy distinta en los países capitalistas

desarrollados. Por una serie de razones histórico-sociológicas (mecanismos de autocorrección del

capitalismo de Estado, transferencia del peso principal de la explotación a las zonas subdesarrolladas del

mundo a través del mercado imperialista mundial, etcétera), la crisis del sistema parece perder su carácter

catastrófico para convertirse en crisis larvada, esmaltada de constantes peripecias y altibajos, seguramente

no menos destructora pero en todo caso mucho más sutil y «subterránea» que tal como la veía el esquema

clásico. De ahí que la conciencia socialista, que discierne claramente esa crisis destructora del sistema y

contrapone a éste otro muy diferente, recobre su posición central en la teoría y en la práctica del

movimiento obrero.

Consecuencia: la primera tarea de éste —aquélla a la que no debe fallar nunca, de la que no debe

excusarse en ningún momento y bajo ningún pretexto es la del «pedagogo colectivo», contraparte o

secuela natural del gramsciano «intelectual colectivo». El partido obrero debe ser capaz de elaborar un

análisis cabal de la sociedad y del mundo en que actúa y, paralelamente, formar la conciencia de las

masas trabajadoras inculcándoles constante e infatigablemente las respuestas socialistas a esa sociedad y

sus problemas.

Porque debemos partir de este supuesto: en la sociedad capitalista avanzada, el socialismo sólo podrá

llevarse a la realidad si cuenta con el apoyo consciente y decidido de una gran masa de la población: lo

esencial de la clase obrera industrial, una buena parte de los técnicos y profesionales, los campesinos sin

tierra e incluso una buena parte de los pequeños y medios propietarios agrícolas... El proyecto

eurosocialista debe pues contar con el respaldo de la parte más oprimida o dinámica de las llamadas

«clases medias» o, en el peor de los casos, con su neutralidad (su hostilidad resuelta puede serle fatal:

véase el caso de Allende en Chile).

Sin ese respaldo masivo la respuesta de la burguesía, amenazada de expropiación (aunque sea a plazo),

será normalmente brutal, aquí como en París, Roma, Tokio o Santiago de Chile, y será siempre victoriosa.

No es el 50% más uno de los votos lo que disuadirá al capital y a sus «perros guardianes» de aniquilar de

raíz todo intento dé construir democráticamente el socialismo sino la perspectiva de tener que enfrentarse

con la gran masa de la población. El proyecto eurosocialista necesita no una simple mayoría electoral

(aunque ésta sea naturalmente necesaria) sino una mayoría sociológica.

 

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