Autor: Díaz, Elías. 
   Residuos represivos en la ideología de las izquierdas     
 
 El País.    29/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

.PAIS, viernes 29 de octubre de 1976

TRIBUNA LIBRE

Residuos represivos en la ideología de las izquierdas

ELIAS DIAZ

La autocrítica siempre contribuye a mejorar las cosas: clarifica las ideas y permite operar con mayor

eficacia y conocimiento. La autocrítica de acuerdo con eso es siempre progresiva, sobre todo cuando es

certera; pero incluso lo es cuando no acierta plenamente en su objetivo, pues sirve, al menos, como

acicate y estímulo para una posterior critica de la crítica.

Desde esa creencia y. a la vez, desde esa perspectiva querría referirme yo aquí brevemente a esta cuestión

de los residuos ideológicos de carácter más bien regresivo que, creo, subsisten todavía en las actitudes

mentales y en las posiciones tácticas y estratégicas de algunos sectores de la izquierda española actual:

principalmente —y de modo paradójico, ya que se trata de argumentos que se presentan como

progresivos e, incluso, como revolucionarios en los sectores más radicales y maximalistas de ella, pero

también (¿inexplicable «mala conciencia»?) dentro de partidos y líneas políticas de carácter

genéricamente más moderado.

Son residuos que, bajo esa apariencia progresiva, en realidad condicionan de modo negativo la teoría y la

praxis de la oposición democrática, creando innecesarios entorpecimientos y obstáculos que sólo —

aunque no únicamente— con una coherente y libre autocrítica pueden ser desvelados y definitivamente

superados. Voy a aludir aquí exclusivamente a dos de ellos, bastante difundidos y utilizados en las

argumentaciones y teorizaciones de nuestra izquierda en estos últimos tiempos:

a) El primero —¿resto todavía de la formación metafisica escolástica adquirida por algunos de los

líderes no proletarios de esa izquierda en centros de enseñanza e instituciones eclesiásticas de los

años cuarenta y cincuenta?podría ser catalogado como residuo esencialista: el mundo se concibe,

según él, no como proceso, no como dialéctica concreta de cantidad y cualidad, sino, más bien, como

entidad formada por bloques monolíticos de esencias puras y cerradas, absolutamente buenas o

malas, perfecta y maniqueamente separadas entre sí. Es posible que tal vez se haya llegado a esa

misma idea a través de un reduccionismo simplista de la lucha de clases.

b)

Se piensa en consecuencia desde esa concepción esencialista por lo general subconscientemente

asumida— que no cabe paso progresivo de una cualidad (esencia) a otra diferente, sino sólo su sustitución

radical y absoluta por la contraria. Aqui y ahora ello implica, por de pronto, que de lo malo —régimen

actual— a lo bueno —democracia— no se puede pasar si no es a través de una verdadera

«transustancialización de esencias», una colectiva catarsis (que nos redima hasta de las culpas y taras

individuales), un salto voluntarista que, en la práctica, no se sabe bien cómo podrá darse sin exponerse

gravemente, sin exponernos todos, a los riesgos —después ya irremediables— del «gran golpe», a la

reacción violenta de las «esencias tradicionales» y a la recaída en otra larga y gloriosa era del silencio,

miedo y opresión.

Tal pensamiento esencialista repite con monotonía que de lo que no es (democrático) no puede nunca

salir lo que es (democrático). Alguien me comentaba humorísticamente que con ello se olvida, por

ejemplo, que es de la mujer de donde nace el hombre (bien que con la inicial y, más o menos, activa

colaboración de otro hombre). «Sea de ello lo que fuere», lo que me parece bien cierto es que de aquella

filosofía esencialista deriva, con frecuencia, una praxis afectada por mil frustraciones, confusiones y

ambigüedades, una praxis que se debate insatisfactoriamente entre un radicalismo verbal maximalista y

un posibilismo real escaso de iniciativa, y hasta a veces meramente oportunista.

No estoy aquí proponiendo soluciones y sé bien que no cabe mera evolución «natural»,

mecánicaorgánica, interna, o como quiera llamársela, del sistema. Si crítico la tesis esencialista es

justamente porque esloy contando con la antitesis dinamizadora y transformadora —momento de la

negatividad en dicha dialéctica— que puede aportar, y de hecho está aportando, con sus luchas reales, la

oposición democrática.

c) El segundo de los mencionados residuos —por lo demás intimamente relacionado con el primero—

es, cabría decir, de carácter determinista: sacraliza el pasado y desconfiando del poder de invención y

de innovación que es posible hallar siempre en el hombre, cree en definitiva —y aunque hable

continuamente de «la imaginación al poder»— que «lo que ha sido en el pasado seguirá siendo

inexorablemente». Se dirá así, consecuentemente: «El pasado enseña que nunca, o casi nunca, se ha

salido de una dictadura a través de una gradual evolución». No se sabe bien lo que se espera, pero se

insiste en que en otros países hizo falta una sublevación popular, un golpe militar, una guerra

mundial o algo similar, y qye nosotros —¡ precisamente nosotros!— no vamos a ser la excepción,

logrando pasar sin excesivo trauma de la dictadura a la democracia.

Decir que ese paso es —está siendo— y va a ser tarea fácil, implica, desde luego, total ignorancia,

increíble ingenuidad o, más aun, optimismo culposo. Pero negar apriorísticamente que pueda darse (¿qué

cantidad de violencia exige, por otro lado, la tesis determinista para verse realizada?), es decir sostener

que lo que no ha sido (en el pasado) no puede ser (en el futuro) supone, en mi opinión, dos cosas bastante

graves: una, desconocimiento de la irrepetibilidad estricta de las situaciones históricas, sin que ello

signifique negar lógica alguna de la historia; otra» olvido de que es el hombre quien hace la historia y

no al contrario, el hombre operando dialécticamente en el interior de una clase social, y, por supuesto,

contando siempre con las necesarias «condiciones objetivas».

Algún lector dirá —si es que ha llegado leyendo hasta aquí— que todo esto es demasiado abstracto y que,

hablando de política, como parece que estoy haciendo, lo que interesa es saber, en concreto» con qué

fuerzas reales se cuenta, para lograr o, en su caso, para acelerar el apetecido cambio.

Yo estaría absolutamente de acuerdo con tal observación critica y, por mi parte, sólo me permitiría

advertir que en mi intención todas las anteriores disquisiciones, más o menos abstractas, no tenían

realmente otro objetivo —con perdón de Wittgenstein— que «el de tirar la escalera después de haber

subido". Es decir, no tenían otro objetivo, como pide el hipotético objetante, que el de propugnar que cada

vez más se hable de estos lemas, desde la izquierda, con realismo y en términos concretos de cálculo y

cantidad: de la cantidad, por ejemplo (aunque no sólo), de votos que podrán apoyar una u otra línea

política y, sobre todo, la orientada a un cambio cualitativo de esa realidad.

En mi opinión, ese planteamiento implica, entre otras cosas, la apertura de un proceso de negociación en

profundidad para la implantación de la democracia, la construcción de una teoría política democrática

coherente con dicha praxis y el consecuente abandono y definitiva superación de esos residuos

metafisicos (esencialistas y deterministas) latentes todavía en algunos de esos más radicalizados sectores

de la izquierda española actual.

 

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