Autor: Barón Crespo, Enrique. 
   Las razones de la libertad     
 
 El País.    01/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

TRIBUNA LIBRE ELECTORAL

Las razones de la libertad

ENRIQUE BARÓN

De la Comisión Ejecutiva del PSOE Candidato por Madrid

El acontecimiento político más decisivo del momento es la clara afirmación del socialismo corno fuerza

en la que se confía como garante de las libertades y como base de una alternativa de poder democrática.

Fenómeno sorprendente, porque no hace aún un año, los socialistas, con las demás fuerzas democráticas,

éramos subversivos. No se han borrado todavía las imágenes del último Gobierno del franquismo, con su

presidente y ministro de la Gobernación amenazando y reprimiendo a los que manteníamos una defensa

intransigente de los principios democráticos. Es cierto que los que hoy nos afirmamos como clara

alternativa democrática éramos subversivos entonces, porque luchar por la libertad es subversivo en un

régimen dictatorial e inhumano. Hoy, la democracia que propugnamos es tan amplia que permite que esos

mismos que nos negaban el derecho a la existencia puedan pretender alcanzar el poder por los medios que

han combatido durante cuarenta años.

¿Porqué los socialistas estamos adquiriendo un protagonismo popular tan claro? En primer lugar, porque

bajo las siglas del PSOE se presenta un movimiento que reúne, además de una larga y gloriosa tradición

de lucha y de defensa de los intereses de la clase trabajadora, la presencia de una generación de militantes

que se ha formado en la difícil y agotadora lucha contra el franquismo y que aportan una renovación al

proyecto socialista. Además porque, para nosotros, la conquista de las libertades no es una mera cuestión

táctica, sino que está inscrita en una historia y los trabajadores, es decir, la mayoría, sabe que la

democracia a conquistar no puede pararse a la puerta de las fábricas y de los barrios. El proceso que hoy

vive España no es el de ratificación por la vía democrática de los servidores del poder autocrático, sino el

de creación de unas instituciones democráticas desde abajo hasta arriba, en las cuales mujeres y hombres

adultos puedan participar como tales.

Por ello, el programa del PSOE tiene diversos frentes, que van todos ellos en el mismo sentido, consolidar

la democracia. Sus grandes ejes son tres; una constitución democrática, un cambio en la vida, es decir, un

plan de consolidación de la democracia con participación y protagonismo popular, y una política

internacional que devuelva a España su propia voz en el mundo. Y las respuestas están ligadas, porque es

impensable que los ciudadanos, tras recuperar su capacidad de ser tales, vayan a aceptar la imposición de

un plan de reconversión capitalista a costa de la clase trabajadora, del campesinado y de la pequeña y

mediana industria, o que se siga aceptando que los municipios sigan siendo propiedad privada de

personajes que no han sido nunca elegidos. Para la mayoría, la libertad es una necesidad. Basta hacer un

repaso de los que han pasado estos años por los tribunales especiales para comprobar cómo han sido los

trabajadores, los estudiantes y los intelectuales los que han mantenido de modo insobornable la

afirmación doble de que la soberanía procede del pueblo y de que la Administración del Estado debe

respetar los derechos humanos. Y esto se ha hecho al tiempo que se luchaba contra el modelo de

capitalismo salvaje impuesto, rompiendo con el marco de disciplina militar de la clase obrera y con la

destrucción del campesinado tradicional. Los campesinos, que han protagonizado el mayor movimiento

de masas vivido en este año, lo han dicho bien claro en sus reivindicaciones: igualdad con los ciudadanos,

de renta y condiciones de vida, y libertad para crear sus propias organizaciones.

Libertad que tiene expresiones muy concretas, como son la de un estatuto de libertades, como el que

proponemos los socialistas para incluir en la Constitución, que garantice los derechos fundamentales de la

persona, violados aún impunemente en nuestro país, y que garantice el derecho a la integridad personal, a

la intimidad y a la plena participación. Libertad que permita también a los ciudadanos participar desde su

clase y su realidad propia, y en este terreno están planteados también los grandes desafíos para la

democracia en España: uno, la existencia de sindicatos de trabajadores libres y con capacidad para

elaborar de modo autónomo su política, que sean un interlocutor válido que exprese las aspiraciones y

problemas de la clase trabajadora; dos, la posibilidad de participar de modo colectivo a partir de la propia

identidad como pueblo. En este último aspecto, no sólo hay que reconocer la identidad histórica de los

pueblos que forman España; hay que permitir la participación de cada ciudadano desde su realidad más

próxima, la que siente como suya, la que viene de su entraña y de su lengua.

Cuando afirmanos que socialismo es libertad, no lanzamos ninguna proclama sin compromiso.

Planteamos, claramente, un programa constitucional, en el que estén incluidas las bases de un Estado de

Derecho, con una real separación de poderes, que responda a un contrato social de la mayoría y que

establezca las garantías concretas de estos derechos para los hombres y mujeres concretos. Eso no es sólo

un programa de Gobierno, es una savia que debe recorrer toda la sociedad, que debe concretarse en una

organización del Estado, con fórmulas que den poderes a las regiones y nacionalidades, que garanticen

tribunales independientes, que permitan vivir sin el temor constante a la detención arbitraria o al despido,

que aseguren una renta digna a los que han prestado ya su esfuerzo, que garanticen a todos los ciudadanos

un acceso igualitario a la enseñanza y a los cargos públicos.

En unas instituciones políticas gestadas democráticamente los socialistas somos y seremos los más

interesados en no romper el marco político, sino ampliarlo, porque la construcción del socialismo no pasa

por la destrucción del sistema democrático. Pasa por su profundización y su desarrollo para que todos los

ciudadanos puedan participar de modo real. Ello significa el perfeccionamiento del sistema

representativo, no su eliminación. En este sentido, quien es realmente sospechosa de veleidades

antidemocráticas es la derecha española, una clase dominante que justificada con el apoyo de un poder

espiritual a su servicio y arropada en el recuerdo de las gestas imperiales, ha considerado España como su

propiedad privada.

Las respuestas a dar en el terreno económico no tienen, en este contexto, un carácter de intendencia. No

hay dos clases de política, la que hacen los políticos y luego unas medidas «socializantes». Consolidar la

democracia en España exige un modelo económico que devuelva su condición de ciudadano a casi tres

millones de emigrantes, que dé posibilidades dé trabajo (a través de medidas de urgencia contra el paro) y

que corte con el camino inflacionista como sistema de ahorro popular forzoso. Las medidas de reforma

fiscal, que permita una Seguridad Social diferente, y las medidas de reforma agraria fundamentan una

respuesta económica de consolidación de la democracia, que no se puede hacer ya por decreto-ley

sorpresa, que ha de ser discutida y negociada con las fuerzas populares y el movimiento obrero.

Una nueva política internacional es el elemento que completa una respuesta política democrática. En

primer lugar, incluyendo en la Constitución el reconocimiento del pacifismo, la implantación y el

reconocimiento de los derechos humanos, la aceptación en el derecho interno de las normas de derecho

internacional y dando posibilidades de transferencia de soberanía a la Comunidad Europea en el proceso

de construcción de una Europa democrática. Ello implica también una relación positiva y fraternal con las

fuerzas que son dominantes en nuestro mundo, que no son precisamente las que han estado en el Poder en

España, en estos cuarenta años.

Los objetivos no son meramente regionales, tienen que extenderse a una política activa de neutralidad en

el Mediterráneo, peligroso foco de tensión mundial, y en el trabajo común por la construcción de un

nuevo orden internacional con los países del Tercer Mundo, desarrollando de un modo especial la

relación fraternal con los países hermanos de América hispana, sobre la base de la fraternidad y no sobre

la recreación ilusoria de un imperio que pasó, tiempo ha, a la historia.

La opción es clara, hoy: continuidad o democracia. El mérito de los reformistas está en haber sabido

comprender que para poder llevar adelante una política inteligente de contención tenían que ceder en lo

menos para conservar lo más, aceptando los principios políticos que son la aspiración unánime de una

sociedad viva y rejuvenecida, de los millones de hombres y mujeres que pretendemos una convivencia

pacífica que nos permita ser protagonistas de nuestro propio destino. Sin embargo, esta revolución

cultural de la derecha española no es aún completa. Se aceptan los principios para de inmediato

desvirtuarlos: el sufragio universal se ha condicionado con una ley bicameral que por gracia del sistema

electoral establece un sistema discriminatorio en el que los habitantes de las zonas industriales y pobladas

están discriminados en su voto; la respuesta que se da a la situación económica es la pura y simple

congelación de salarios; al clamar de la amnistía como olvido y superación de la guerra civil se le

contesta con medidas de gracia administradas con cuentagotas; el registro de fuerzas políticas

democráticas se convierte en una ventanilla discriminatoria. Ahora el Centro pretende convertir a las

elecciones en un plebiscito a las fuerzas en el Poder, tras la operación de pucherazo interno realizada por

el presidente entre sus huestes.

Frente a esta alternativa continuista, el PSOE se perfila de un modo claro como portador de los intereses

populares, por su credibilidad democrática en el pasado y porque hoy su programa da una respuesta

completa y articulada para que el futuro sea obra de todos.

 

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