Autor: Bustelo, Francisco. 
   La situación económica y la Oposición     
 
 El País.    24/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

EL PAIS, domingo 24 de julio de 1977 ECONOMÍA

TRIBUNA LIBRE

La situación económica y la Oposición

FRANCISCO BUSTELO

Diputado del PSOE. Catedrático de Historia Económica

Excepción hecha de unos cuantos especuladores, la crisis económica que atravesamos no favorece a

nadie. De no arreglarse, dificultará, por no decir impedirá, la consolidación de la democracia recién

estrenada.

Si a ello se une que el paro y la inflación a quien más perjudica es a la clase trabajadora, parecería lógico

que la izquierda contribuyese a buscar solución al prolongado bache económico.

No obstante, a la hora de arrimar el hombro, la Oposición encuentra dificultades grandes.

Dificultad técnica

La primera es de índole técnica. La economía, como bien sabemos los economistas —aunque a veces no

lo digamos— es una ciencia todavía en mantillas. No sólo no están del todo claras las soluciones que

conviene tomar en el momento actual (basta para ello leer las opiniones, muchas veces dispares, de los

especialistas), sino que las repercusiones de cualquier medida sobre los distintos sectores sociales son

muy difíciles de cifrar. Por eso, la izquierda puede verse tentada a ver tan difíciles toros desde la barrera,

aplaudiendo o silbando —más bien lo segundo— según le vaya saliendo la faena al Gobierno.

Dificultad histórica

La segunda dificultad, más justificada que la anterior, es de tipo histórico. Liquidar todas las secuelas

políticas de la dictadura es hoy algo ya muy viable. Acabar con las muchas y arcaicas estructuras

socioeconómicas que nos legó la historia y agravó el franquismo —juntamente con su complejo

entramado de intereses y privilegios— es harina de otro costal. Tarea peliaguda, lenta por fuerza, sobre

todo con la derecha o el centro en el poder, la izquierda también puede decidirse por esperar sentada a que

otros se rompan los dientes con ese hueso duro de roer. Porque ese hueso el Gobierno no tiene más

remedio que roerlo, por razón no sólo de justicia, sino también de eficacia. Sin una fiscalidad, unos

circuitos de financiación, una seguridad social, entre otras cosas, bastante mejores que los actuales no

vamos a ningún lado en el plano económico. Como mucho, se harán unos malos rendimientos de corta

duración y escasos resultados.

Dificultad ideológica

La tercera y más importante dificultad es de tipo ideológico. Salir de una crisis requiere en cualquier

economía sacrificios de todos. Pero en una economía capitalista hay un aspecto que dificulta la equidad

en el reparto de los costos. El empresario, protagonista principal del quehacer económico en el sistema en

que vivimos, ha de recobrar confianza, recuperar su excedente de explotación, alcanzar en suma tasas de

beneficio altas. ¿Y cómo lograrlo, si al tiempo se le pide que su empresa pague más impuestos y que él

como ciudadano haga tres cuartos de lo mismo? Mucha fe tendría que tener ese empresario en el futuro

para aceptar provisionalmente apretarse el cinturón e iniciar a la vez expectativas de auge. ¿Quién le

garantiza así a la izquierda que si ella le pide eso mismo al trabajador, empresarios y capitalistas vayan a

hacer lo propio —incluso si lo solicita el Gobierno— y que todo ello redundará en beneficio de la

colectividad y no de unos pocos?

No seamos, sin embargo, demasiado pesimistas. Frente a las tres poderosas razones anteriores hay

también, por el otro lado, un argumento. Un solo argumento, pero fundamental y, a mi juicio, de mayor

peso, para pedir la participación de la izquierda en la recuperación económica. Y es el de que si en seis

meses o en un año no mejoramos un poco, si seguimos cuesta abajo ¿a dónde irá el país? Es posible que

entonces la izquierda acceda incluso al poder, por desgaste e impotencia del Gobierno. Pero ¿qué haría?

Ante una situación económica peor que mala, sólo quedarían las medidas drásticas, revolucionarias o casi,

que muchos rechazarían enérgicamente. La izquierda, puesto que no vivimos épocas prerrevolucionarias,

poco duraría en el poder. E iniciaríamos así la pendiente del caos y la violencia en un proceso imparable

de «argentinización», en el que la extrema izquierda y la extrema derecha impondrían su ley de fanatismo

y de inconvivencia.

Las Cortes, foro de negociación

La izquierda ha de intentar, pues, rehuir soluciones de comunidad. Ha de mojarse en el empeño. Tiene

que proponer medidas económicas con imaginación, con valentía, con capacidad técnica, con realismo.

Que por su parte no quede el llegar a fórmulas aceptadas por una mayoría, única vía para conseguir

alguna eficacia. También es verdad que el Gobierno no puede limitarse a recibir a los líderes de la

Oposición —como tanto gusta al presidente Suárez— para contarles con unas horas de antelación las

medidas económicas del Consejo de Ministros. Hace falta discutir en el plano técnico y en el plano

político todas y cada una de esas medidas económicas, dentro de un plan general de conjunto. Cauces

para ello no faltan. Ahí están precisamente las Cortes.

Estas, yo diría que con prioridad absoluta, deberían dedicarse a discutir de economía. El 1.° de octubre, a

más tardar, podría tenerse así un plan de saneamiento económico que contase con el apoyo de las

principales fuerzas políticas, incluidas, claro es, las centrales sindicales. Y entretanto, que el Gobierno

tome sólo medidas provisionales. Mejor sería que hubiese esperado dos meses para lanzarse a fondo. Pero

ya que ha empezado que se quede donde está y adopte sólo las medidas complementarias que requieren lo

ya decidido. Por democracia, pero, sobre todo, por eficacia, tienen que ser las Cortes quienes aprueben

todo auténtico arreglo económico, y no sólo «a posteriori».

En la discusión, la izquierda puede y debe aceptar sacrificios. Dos cosas fundamentales debe exigir, a

cambio. Que los sacrificios sean de todos y que la nueva situación económica favorezca uno de los

grandes objetivos de la oposición: corregir los graves desequilibrios personales, sociales, sectoriales y

geográficos que existen en el país, habida cuenta de las autonomías de que van a dotarse nacionalidades y

regiones.

Tal y como están las cosas, ésta parece la única solución que despejarla algo el horizonte de los

nubarrones económicos que, hay que insistir en ello, pueden dar al traste con este nuevo florecer de

España.

 

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