Autor: Guerra, Antonio. 
   Los periodistas y la política     
 
 Pueblo.    12/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LOS PERIODISTAS Y LA POLÍTICA

Antonio GUERRA (director de "El Socialista")

Una especie de fiebre independentista invade a los periodistas españoles en la nueva situación

democrática que vive nuestro país. Pero el culto casi sagrado a esta independencia profesional se ejerce

fundamentalmente sobre la información política mientras que escasea en otras parcelas periodísticas, hoy

un poco olvidadas, como pueden ser la denuncia de los servicios públicos, que siguen funcionando mal en

detrimento del contribuyente, o la crítica de las pequeñas injusticias de cada día que sufren las

comunidades de los pueblos pequeños que no alcanzan el suficiente protagonismo para llamar la atención

de los periodistas, hoy volcados en la actualidad parlamentaria y en el lleva y trae de la vida doméstica

de los partidos políticos.

En este afán por mostrarse independientes, los compañeros de oficio caen, no sé si inconscientemente o

por una maniobra de alto alcance, en una hipercrítica con relación a las organizaciones políticas que han

alcanzado representación en el Parlamento. Y me atrevería a asegurar que a mayor representación mayor

rigor y más intransigencia a la hora de emitir juicios sobre la actividad política. De esta manera, las

mismas personas y los mismos medios que hace sólo unos meses clamaban por una democracia y creían

ver en ella remedios para todos los males, hoy no tienen inconveniente en poner esta democracia en

entredicho y hasta ridiculizarla, aplicando a los partidos políticos y a las personas que los representan

moldes de comportamiento que a veces brillan por su ausencia en los sectores donde se produce esta

hipercrítica. Parece, y no quisiera que esta opinión se tomara como una actitud partidista más que como

un análisis de la realidad, que el periodista es hoy más fiscal que notario ante la nueva situación política

del país. Parece que se busca más —y a veces con una delectación sadomasoquista— el defecto que la

virtud, el fallo que el acierto. Y cuando el defecto y el fallo coinciden en una misma persona, Dios coja

confesado al líder o al político de turno. Se agotan los cuerpos mayores de la tipografía y las llamadas en

primera funcionan como en una orgia del más refinado derrotismo. Con una judicatura de la pluma más

dispuesta a la sentencia que al perdón, la nueva democracia española difícilmente se va a enraizar en un

pueblo como el nuestro, que tan dado es el escepticismo, debido, posiblemente, a sus cuarenta años en

permanente derrota.

LOS SECUESTRADORES DE LA INDEPENDENCIA

Si los partidos y sus representantes no suelen salir bien parados ante los rigores de la Prensa, para los

pocos periodistas que hemos confesado públicamente una militancia política la cosa se complica mucho

más. Mi colaboración en este periódico, que por invitación de su director pretende cierta periodicidad, es

muy posible que sea etiquetada por algunos como la opinión del director de «El Socialista», que es

órgano de partido, más que como la interpretación que hace un periodista de los hechos que suceden a su

alrededor. Porque para algunos profesionales del periodismo la adopción de unas ideas y el compromiso

de una forma de comportamiento ante los problemas, como reflejos de una determinada militancia

política, significan la hipoteca de la objetividad y la pérdida de la independencia. Creo que se equivocan

los que piensan así, y el tema puede dar pie para hilvanar una serie de puntualizaciones en torno a la tan

cacareada independencia del periodista, cuyo tema, por supuesto, no pretendo agotar exhaustivamente en

esta primera entrega.

Una actitud política adoptada por razones éticas ante la corrupción de un país y el desequilibrio de una

sociedad que no responde a los planteamientos de justícia que exige una vida más humanizada no es

razón suficiente para secuestrar el pensamiento del periodista-militante a los estrechos márgenes de un

dogmatismo estéril y parcial, como se interpreta en algunos círculos. Ocurre que en nuestro país todavía

ofician en ceremonias de pureza los maniqueos, los que habiendo hecho guiños de colaboracionismo a la

dictadura en otro tiempo, sin comprometerse demasiado y sin exponer nunca nada, hoy, sin embargo,

consideran a los franquistas, a nivel personal, como causa de todos los males y desgracias, los mismos

males y desgracias que ellos no se arriesgaron a denunciar en otro tiempo, mientras otros compañeros —

hoy militantes de un partido y condenados por ellos a no ser periodistas independientes— sufrían los

calabozos y muchos procesos ante el TOP por delitos de Prensa y por ser independientes, precisamente

cuando la independencia del periodista frente a la dictadura suponía un grave riesgo para la seguridad

personal y la estabilidad de la familia.

UNA VELA A DIOS Y OTRA AL DIABLO

Estas personas que hoy reparten patentes de independencia son las mismas que fustigan las actitudes de

los partidos políticos o azuzan al pueblo contra estos mismos partidos, rozando gravemente las

posibilidades de un deterioro de las relaciones entre representantes y representados. Son los mismos que

aprendieron a encender, con sibilina pericia, una vela a Dios y otra al diablo. En definitiva, un producto

híbrido del que se ha resentido el periodismo español, tal vez por los cuarenta largos años de mimetismo y

sonrisa. Hecha la salvedad del papel que los periodistas españoles —los verdaderos profesionales que

interpretaron su oficio como un recurso honesto para luchar contra una dictadura que parecía

interminable— han desempeñado en una transición hacia la democracia, conviene aclarar que la

independencia de los periodistas, pregonada con machacona y dudosa insistencia desde algunos sectores,

desaparece cuando esta independencia entra en colisión con los intereses de la empresa editorial o de

algunos de los miembros que forman la plana mayor de los consejos de administración. Ante esta

situación, en la que juegan los intereses económicos y no los ideológicos, suele verse con absoluta

normalidad que el periodista no se enfrente con los desarreglos en que puedan incurrir esa comunidad de

intereses llamada consejo de administración, ni con las irregularidades de los negocios adláteres de sus

componentes. Y hasta puede considerarse un hecho muy normal que un miembro de la redacción se paso

toda una noche corrigiendo, «limando, manipulando la información relacionada con un negocio o

empresa de cualquier «consejero de la casa», con tal que no se deteriore la imagen de este consejero.

Aunque, eso sí, a la mañana siguiente este mismo periódico volverá a pregonar desde los quioscos su

exultante independencia. Y a esa misma hora, el director, subdirector o redactor-manipulador de la noticia

imaginará desde el más placentero de los sueños la ocasión que se está perdiendo el periodista-militante

de ser libre, independiente y buen servidor de unos señores del consejo de administración.

 

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