Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Los socialistas y la democracia burguesa     
 
 Diario 16.    10/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Los socialistas y la democracia burguesa

Ignacio Sotelo

Existe una filosofía de la democracia, que Europa desarrolla a partir del siglo XVII, y en la que nosotros

escasamente hemos participado. La debilidad, casi inexistencia, de una burguesía en nuestro país, en los

siglos claves en los que la burguesía se consolida como clase dominante, es lastre bien conocido que

explica en gran parte la peculiaridad de nuestra historia. Recuperar esa dimensión en un momento en el

que los supuestos ideológicos de la burguesía hacen agua por todas partes, no es empresa fácil.

Justamente cuando parece que está dando las últimas boqueadas, hay que asumir una tradición cultural

para nosotros todavía extraña.

Cuando se desmorona el armazón ideológico de la burguesía —de la última sacudida, la de mayo del 68,

todavía no nos hemos repuesto— y la "intelligentsia" del mundo entero critica ferozmente la democracia

burguesa —tampoco faltan razones—, a los pueblos de España les toca volver a estrenar democracia y

redescubrir su filosofía. Nos encontramos en la difícil coyuntura de tener que consolidar la democracia, al

tiempo que con el resto de Europa preguntamos, si en las condiciones del capitalismo tardío, altamente

monopolista y burocratizado, cabe que crezca planta tan delicada. Tenemos que construir una democracia,

de la que conocemos deficiencias y limitaciones, conscientes de los peligros que la amenazan y sin poder,

a estas alturas, dejarnos llevar por un entusiasmo arrollador.

La falsa salida revolucionaria

Pero no cabe otra salida. La experiencia revolucionaria de la periferia europea ha puesto claramente de

manifiesto, primero, que no se saltan etapas impunemente; segundo, que las creaciones culturales de la

burguesía no se agotan en su carácter de clase. El intento de crear instituciones económicas, sociales y

políticas que superen las contradicciones del capitalismo, en países que no habían llegado a este nivel de

desarrollo y estaban lejos de haber asimilado la civilización burguesa, ha llevado al mantenimiento,

incluso al resurgir, de relaciones sociales y políticas preburguesas, directamente emparentadas con la

sociedad estamental y el despotismo autocrático. A su vez, la eliminación violenta de las llamadas

"libertades formales", en los regímenes leninistas y fascistas, nos ha ayudado a comprender el significado

universal de algunos principios básicos de la filosofía política de la burguesía.

La tarea inmediata consiste en fortalecer nuestra reciente democracia, conscientes de sus límites, pero sin

resignarnos a que sirva tan sólo de pantalla a estructuras de poder cada vez más burocratizadas. Nada más

fácil que repetir la letanía de agravios contra la democracia burguesa, que cualquier estudiante europeo

lleva en la punta de la lengua; pero tampoco nos saca de apuros el relegarlos a la categoría de simples

prejuicios de algunos inadaptados. Por lo pronto, hay que distinguir la vieja crítica de la democracia,

basada en una concepción providencialista o elitista de la Historia, de aquellas que rechazan las formas

actuales, por no ser suficientemente democráticas.

Dos peligros, dos actitudes

Con todo, en nuestra especial circunstancia, dos actitudes parecen igualmente nefastas. La que desde la

abstracción de la idea, sin ningún sentido de la realidad y, por tanto, de manera harto irresponsable, critica

globalmente o se desentiende de los esfuerzos actuales por consolidar una democracia que, hoy por hoy,

no puede ser más que burguesa, y la que presenta esta última como modelo imperecedero, en perfecto

funcionamiento en los países avanzados de Occidente.

La primera postura, cuando no se disuelve en puro artificio intelectual, sirve en el fondo a los grupos

antidemocráticos, con presencia harto visible y con una fuerza que sería suicida ignorar. No en vano,

España es el país europeo que arrastra más tiempo un bagaje ideológico furiosamente antidemocrático.

Hasta hace muy poco tiempo, la clase política gobernante intentaba legitimarse en base al pensamiento

católico más intransigente, aquel que surge como reacción a los principios liberales y democráticos que

inspiraron a la revolución burguesa. No deja de ser trágico que, en el momento en que volvemos a

abrirnos a esta tradición —que en nuestro país es todo, menos historia vivida—, a través de las antojeras

de un marxismo vulgar, se desprecie o combata una cultura burguesa, que nunca podremos de verdad

superar, sin haberla asimilado previamente.

Pero no es menos grave degradar la democracia a pura ideología de clase, convirtiéndola en mero

instrumento de defensa de un orden social y económico cuyas contradicciones e insuficiencias ya no cabe

encubrir con falsas idealizaciones del mundo capitalista desarrollado. Nuestro destino es integrarnos en

Europa, a la que geográfica y culturalmente pertenecemos, realizando al fin instituciones y formal de vida

que llegan a nuestro país con considerable retraso, pero cuidando mucho de no engañarnos, suponiendo

ingenuamente que arribamos al mejor de los mundos posibles. Al acercarnos a Europa lo hacemos a una

sociedad en plena ebullición y con inmensos problemas no resueltos. Tal vez la única esperanza radique

en el convencimiento de que sólo en una Europa unida existe alguna probabilidad de que lleguemos a

encontrar solución a muchos de los problemas que hoy parecen insolubles.

En la afirmación de la democracia burguesa —por ahora no existe otra—, pero conscientes de sus

limitaciones e insuficiencias, recae sobre los socialistas una responsabilidad muy especial. Sin su

cooperación, tacto, sentido del compromiso, no cabe se consolide la democracia; pero también su fuerza

creciente puede ser la garantía de que la democracia que construimos no se reduzca a mero instrumento

de dominación de una clase. Poco juego daría la democracia en nuestro país si los socialistas, engatusados

por los cantos de sirena que pretenden amarrarlos al orden económico establecido, cayeran en la trampa

de su total integración.

 

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