Autor: Navarro Rubio, Mariano. 
   Estabilización a cuento     
 
 ABC.    16/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ESTABILIZACIÓN A CUENTO

VOY a hablar, otra vez, de la estabilización. Quiero buscar en la anécdota, o el cuento grácil, el efecto

impresionista que mueve mi propósito. De este modo se hará más amena la charla y quedará un sabor

picante durante más largo tiempo.

Empecemos por el cuento del gordo y el flaco. En este caso el sector público, con su gran panza

burocrática, y el sector privado, con su magro rostro de empresas constantemente racionadas. Papá Estado

quiere ser Justo —muy justo—. Ha de repartir bien el aceite que tiene en su alcuza. Para que nadie le diga

que peca de parcial a favor de su hijo predilecto —la Administración Pública— pesa concienzudamente a

los dos sectores con unas buenas balanzas y les da a cada uno rigurosamente en proporción a su peso. No

puede obrar, a su juicio, de un modo más equitativo. Ahora bien, el gordo sigue metiendo exceso de grasa

en su viciado metabolismo mientras el flaco no cubre, ni remotamente, las más mínimas exigencias

dietéticas. ¿Es esto saludable?

¿Es aconsejable la estabilización por etapas, con sucesivo cercenamiento de nuestro enflaquecido mundo

empresarial? En principio parece bien que se eviten los golpes más fuertes: en un primer paso, de un

modo general, que el aumento de los precios sólo tenga veintitantos enteros. Luego, procurar que en lugar

del "dos" se ponga un "uno" por delante. Y, por último, lograr —Dios lo quiera— que solamente exista

un número de una sola cifra, a ser posible por debajo del seis o del siete. Pero este programa de prudencia,

propio de un proceso económico de desenvolvimiento continuado, puede no casar bien con el efecto

político de estas medidas en el mundo empresarial. No se consigue la misma reacción al zaherir repetidas

veces a las fuerzas sociales y económicas —sindicatos y grupos empresariales— con sucesivos cortes

restrictivos.

En cierta ocasión el conocido economista francés Jacques Rueff pronunció una conferencia en el Banco

de España y dijo, a este respecto, que «la cola del gato no se puede cortar en rodajas». La primera vez es

posible que el felino lo aguante. La segunda ya estará más soliviantado. Y la tercera se mostrará tan

enfurecido que difícilmente habrá político que se acerque. ¿Se animarán, con esta perspectiva, los planes

empresariales?

Alguien podrá decir que un buen comienzo propicia favorablemente la continuación del mismo método.

No deja de haber en esta creencia una parte de razón; pero sólo aparente. Quiero traer a colación otra

semblanza parabólica; lo que ocurre con la desalinización del agua del mar. Esta es, a mi juicio, la

advertencia más interesante.

Según dicen los técnicos en la materia, al principio resulta fácil y barato reducir unos cuantos grados de

salinidad. Basta con emplear procedimientos elementales, algo así como poner unos filtros químicos que

retengan las mayores impurezas. Por ejemplo, reducir gruesos gastos presupuestarios, suprimir

inversiones casi suntuarias, hacer prácticamente imposibles algunas importaciones, recortar créditos

notoriamente excesivos, etc. Esto es sencillo y, además, eficaz en grado sumo. La experiencia lo tiene

bien garantizado. Nada más aplicar estos «filtros» la inflación puede bajar, en seguida, unos cuantos

enteros.

Pero cuando desaparecen los altos grados de salinización, la dificultad aumenta, el problema cambia de

signo. Ya no basta con poner un sistema de filtraje público, pues no se quedan todas las impurezas. Hay

que montar un sistema de fíltraje privado, purificando el agua por decantación en unos magníficos

serpentines. Se hace preciso lograr una mayor productividad dentro de la empresa hasta conseguir

limpiarla de todos los grados de contaminación que deja el paro encubierto. Esta es la verdadera

purificación. No hay más remedio que hacerla si se quiere tener una economía potable. Naturalmente, hay

que gastar más energía política. Resulta, sin duda, bastante más caro. Pero si éste va a ser el resultado

definitivo, ¿por qué no se empieza por ahí?

Abrigo también el temor de que no se supriman de raíz todas las causas de la inflación. Todas. Si no se

hace ocurriría lo de aquella canción mejicana: «El día en que la mataron, / Rosita estaba de suerte. / De

diez tiros que la dieron, / tan sólo uno era de muerte.» Con el consenso político prestado por los

prohombres de los distintos partidos se habrá conseguido, sin duda, evitar un debate divisorio —

democráticamente desestabilizador— dentro de las Cortes; abortar unas campañas de Prensa bien atizadas

por la oposición e incluso acallar las esperadas voces de protesta de algunas centrales sindicales

sistemáticamente agresivas. Esto es ciertamente importante. Todos estos "tiros" podían haber sido

mortales y ya no lo serán. Pero si se deja viva la posibilidad de desencadenar unas huelgas reviradas,

de esas que se escapan al control —o seudocontrol— político, bastará entonces con un disparo certero

para que no se alcancen los propósitos del Gobierno ni se logre quitar el susto a los empresarios, que son,

en definitiva, los que han de dar el último consenso. Este va a ser el quinto cuento: el conocido dislate de

los cazadores de patos.

Varios cazadores propusieron a unos muchachos que estaban junto a un estanque disparar un tiro a una

bandada de patos a cambio de entregarles cien pesetas. Estos últimos aceptaron complacidos y recibieron

inmediatamente el billete. Antes de disparar comentó el más calificado de los cazadores; «Espero cobrar

muchas piezas de un solo disparo. Voy a hacer, sin duda, un buen negocio...» «Mejor lo haré yo —le

contestó su interlocutor—: los patos no son míos.» Dejo a cada cual la matización del comentario.

Parece que no debe terminarse este artículo sin apuntar, al menos, a modo de acertijos, las soluciones

congruentes con los cuentos. Soy partidario de tratar de modo distinto al gordo —sector público— y al

flaco —sistema empresarial privado—. No pueden alimentarse en proporción a su peso. El primero

necesita una cura de adelgazamiento; el otro de engorde.

No creo, sinceramente, que se deba cortar la cola del gato a rodajas ni tampoco de un golpe. Esta

inflación no es como las de antes. Al gato no le duele sólo la cola. Tiene cáncer. Hay que meter al

paciente en un quirófano, abrirle de arriba abajo para descubrirle sus entrañas: quitar todas las

adherencias que existan —principalmente las políticas—; cortar por lo sano, y, desde luego, hacer esta

intervención con una buena anestesia —concretamente, una gran operación comunitaria de lucha contra el

paro.

La desalinización del agua mediante un buen proceso purificador —nueva productividad ante todo—

necesita, a mi entender, un concierto de seguridad con el Gobierno que garantice un mínimo de

condiciones básicas a los planes empresariales...

Hará que evitar también el disparo certero de la huelga. Establecer el arbitraje en caso de conflicto. Es

insensato permitir los tiros fatales. ¿Para qué sirve, en este caso, el consenso de los partidos comunistas y

socialistas?

Respecto a la anécdota de los patos parece obligado llamar a los dueños —empresarios y trabajadores—

para que digan si de verdad consienten que se les dispare por cierto precio político. ¿No es ésta, en todo

caso, la Democracia de participación social?

Mariano NAVARRO RUBIO

ABC 16/XII/1977

 

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