Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Partidos clasistas o partidos nacionales     
 
 Diario 16.    24/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Partidos clasistas o partidos nacionales

Ignacio Sotelo

Los partidos políticos constituyen elemento esencial de la democracia, hasta el punto que sin partidos no

hay democracia, llámese ésta orgánica o popular. La experiencia habida con el partido único, sea del color

que fuere, ratifica la verdad de esta aseveración. Sin embargo, da que pensar que el teórico clásico de lo

democracia, Rousseau, haya cuestionado los partidos. Sin el concepto de "voluntad general" difícilmente

puede legitimarse una democracia; pero este concepto repele la noción de partido. En su concreción real,

la democracia necesita el pluralismo de los partidos; en su lógica interna, el concepto de democracia,

como expresión de la voluntad general, lo recusa y aspira a superarlos. La democracia no puede existir sin

los partidos, pero la presencia de partidos cuestiona la posibilidad misma de que cristalice la "voluntad

general". Esta aparente contradicción deja constancia de la diferencia entre la democracia en su

concreción real y su concepto normativo-abstracto.

Dialéctica partido-democracia

La moderna sociedad industrial, dejada en libertad, se organiza políticamente en partidos. Donde no surge

una pluralidad de partidos, e dentro de un partido una pluralidad do fracciones, es que no hay libertad.

Sociológicamente, el pluralismo de partidos resulta tanto de la heterogeneidad real de la sociedad —

dividida en clases, capas y grupos sociales con intereses objetivamente distintos, a menudo incluso

antagónicos— como de la distinta interpretación que cada individuo da de estos intereses particulares en

relación con un pretendido interés general. Aunque parece plausible una cierta relación entre intereses y

opiniones, de ningún modo cabe reducir las unos a los otros. Los ideas políticas rompen siempre el marco

estrecho de los intereses específicos, justamente porque sólo presentándolo como comunes a toda la

sociedad cabe articularlos politicamente.

Las ideas políticas, sea mal fuere su base social y los intereses que representan, se constituyen en la

pretensión de servir el interés general, o, para decirlo en términos rausseaunianos, expresar la voluntad

general.

La multiplicidad de partidos se explica sociológicamente por la diversidad de intereses, reflejo de la

heterogeneidad social e ideológica que caracteriza a la sociedad. Pero, defendiendo carta partido

prioritariamente los intereses de una determinada clase o grupo social, reclama para si ser portavoz de la

voluntad general; en otro caso, no se trataría de un partido político, sino de un simple sindicato de

intereses específicos o de un grupo de presión. El partido lo es por su aspiración a representar el interés

general. De ahí la paradoja formal do la democracia: existencia de una pluralidad de partidos,

pretendiendo cada uno encarnar el interés común. Como no cabe que expresen todos la voluntad general,

no queda más que la disyuntiva: o bien la voluntad general la expresa un solo partido y, por tanto, los

ciudadanos terminarán por reconocerlo así, lo que lleva consigo el debilitamiento, o en su taso

desaparición, de los demás partidos; o bien no la expresa ninguno y entonces se desenmascaran, como

quería Rousseau, en instrumentos mediatizadores entre el individuo y el Estado, para impedir cuaje

realmente la voluntad general.

Así como la sociedad dejada libremente so divide en partidos, asi los partidos propenden a superar esta

división, presentándose cada uno como expresión de la voluntad general. La dinámica social tiende a la

multiplicación de los partidos; la dinámica de los partidos a su reducción al menor número, en su limite al

partido único. El partido surge en razón de los diferencias sociales, económicas e ideológicas existentes

en la sociedad, pero al reelaborarlas desde una perspectiva general, las elimina del horizonte. El partido

traduce los intereses particulares al lenguaje general del bien común. Por su mediación so reconstruye un

consenso general quo la incompatibilidad de los intereses enfrentados hacia imposible. El partido nace de

la heterogeneidad social y termina negándola en su afirmación de lo general.

Estas consideraciones nos permiten diferenciar dos tipos de partidos: aquellos que subrayan la

heterogeneidad de la que surgen, insisten en el carácter clasista de la sociedad, identificando el interés

general con la clase que pretenden representar; el segundo tipo aspira a encarnar el interés general de la

sociedad, negando o enmascarando las diferencias reales existentes. A los primeros llamamos partidos

clasistas; a los segundos, partidos nacionales, aspirando a representar el interés de la comunidad nacional.

La dinámica política es muy distinta, según en un país predominen partidos preferentemente nacionales

—U.S.A., Alemania federal—, o partidos preferentemente clasistas, como es el caso de Italia y de

Francia. En los países con partidos nacionales predomina la "alianza de los demócratas", es decir, de los

partidos dominantes, que programáticamente y en su práctica política se parecen «uno una gota de aguo a

otra, frente a grupos minoritarios disidentes, sin posibilidades de expansión ni de influencia; a los que, por

su carácter minoritario, se tiende a convertirlos en enemigos del interés general que representarían los

partidos mayoritarios. En estos países, las tensiones políticas se producen entre el "sistema establecido",

que incluye a los partidos dominantes, y la sociedad que débilmente canaliza su protesta a través de

grupos minoritarios y extremistas. En los países con un sistema de partidos clasistas, la polarización entre

partidos obreros y burgueses impide cuaje un consenso político general, que vaya más lejos que sobre los

supuestos formales de la democracia. La política se concreta en la alternancia teórica de un frente al otro,

aunque en la práctica siempre gobierne el bloque burgués.

En España resulta todavía difícil predecir qué tipo de partido, clasista o nacional, terminará por

prevalecer. Las tensiones sociales que alberga la sociedad española, así como su grado de ideologización,

hacían prever la consolidación de un sistema de partidos clasistas. Los compromisos tácitos que hicieron

posible las elecciones del 15 de junio, la conversión del PC en un partido nacional, así como el pacto de la

Moncloa, son elementos que hablan a favor de un sistema de partidos nacionales en nuestro país.

Diario 16

24 nov. 1977

 

< Volver