Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Otra vez la cuestión republicana     
 
 Diario 16.    13/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Otra vez la cuestión republicana

Ignacio Sotelo

La reacción del Gobierno, desalojando a las Juventudes Socialistas de un edificio público a causa de

exhibir una bandera republicana, ha traído de nuevo a la opinión del país la embarazosa cuestión

republicana. Si se quería crear en la juventud un estandarte en que identificarse, nada mejor que

prohibirles un símbolo cualquiera. Si por fin han sido autorizadas las banderas de las nacionalidades y de

las regiones, si se puede lucir la roja sin mayor escándalo y sólo plantea problemas la republicana, no hay

que ser ningún especialista de psicología social para pronosticar que, cada día con mayor ardor, la

juventud enarbolará la prohibida. A poco que se empeñe el Gobierno, la bandera tricolor puede

convertirse, si no se ha convertido ya, en la insignia de la protesta.

Efecto contrario

Lo más curioso es que muchos ni siquiera sabíamos que la bandera republicana seguía prohibida, después

de la legalización de un partido republicano como ARDE. ¿Acaso se ha legalizado este partido, pero no

su bandera, que olvidó presentar en el Ministerio del Interior, junto con sus estatutos? ¿Se concedió acaso

la legalización del partido a cambio de renunciar a su bandera? ¿O es que únicamente este partido tiene

derecho a mostrarla en público? Sea como fuere, no hace falta una reflexión profunda para concluir que el

vedar la bandera republicana, además de atentar contra los principios más elementales de la libertad que

estamos recuperando, produce el efecto contrario de lo que se pretende con su prohibición. Ahora que han

desaparecido tantas trabas inútiles del régimen fenecido, el que un distintivo determinado continúe vetado

le otorga una significación muy especial.

Hay que suponer el buen sentido del Gobierno para que antes de que la cuestión de la bandera republicana

nos desborde en un litigio absurdo, se tolere el que la exhiban los que lo crean conveniente. Nadie negará

que en el país existen republicanos, y resulta harto incoherente legalizarlos como partido y relegar sus

símbolos a las catacumbas de la ilegalidad. A estas alturas no vamos a hacer un contencioso nacional a

causa de una bandera.

El republicanismo del PSOE

El problema es otro y de mucha mayor envergadura. Atañe al comportamiento de los partidos que se

consideran republicanos en la actual coyuntura histórica. En rigor, sí se quiere, es un problema específico

del PSOE. La izquierda extraparlamentaria es rabiosamente republicana, pero no cuenta demasiado. El

PCE, ventajas del centralismo burocrático, se convirtió de la noche a la mañana en monárquico

accidental, sin necesidad de consultar a sus bases, ni discutir en los congresos. Bastó con que esta

metamorfosis pareciese oportuna a unos pocos dirigentes. El problema es el de un partido que quiere ser

fiel a los principios de democracia interna, que cuenta con una base emocionalmente republicana, y que

ha ratificado en su último congreso su "vocación republicana". Luchar por la "instauración de una

república federal de trabajadores" es un imperativo que tienen que cumplir sus órganos directivos. Sólo

un congreso puede rectificar o anular las decisiones tomadas en un congreso.

Siendo cierto lo anterior, las cosas no son, sin embargo, tan simples como se les antoja a un pequeño

grupo de afiliados, ferozmente críticos de la actual comisión ejecutiva. Nadie en el PSOE deja de afirmar,

como meta altamente deseable, una "república federal de trabajadores", así como existe consenso

unánime en el afán de conseguir "una sociedad sin clases. Pero el realismo más elemental nos dice que

esta "sociedad sin clases", por la que, en definitiva, luchamos, no se encuentra a la vuelta de la esquina;

pudiera ocurrir que "la república federal de trabajadores", que, desde luego, sentimos mucho más cerca,

tampoco se planteara hoy como un objetivo alcanzable. Por lo menos es cuestión que vale la pena discutir

y que, realmente, se discute en el PSOE, sin por ello traicionar o poner en tela de juicio las decisiones de

los congresos.

En todo caso, es fácil de distinguir en el PSOE entre una minoría que cree que habría que echar toda la

carne en el asador para llegar a la república lo antes posible, y una mayoría que, sin ocultar su vocación

republicana, es consciente de los peligros desestabilizadores que pudiera implicar esta política, con el

posible resultado de que en vez de aproximarnos a este objetivo, perdiéramos incluso las posiciones

adquiridas. Pudiera ocurrir que los primeros, creyéndose los más fieles intérpretes de las decisiones de los

congresos, fueran en realidad los que más se alejaran de ellas. El tema es de suficiente trascendencia para

que lo discutamos desapasionadamente, sin mezclarlo con los demás pleitos, que sobre la vida interna del

partido y el funcionamiento de su democracia interna tengamos pendientes.

 

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