Autor: Sotelo, Ignacio. 
   El fantasma del golpe     
 
 Diario 16.    06/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El fantasma del golpe

Ignacio Sotelo

Nadie negará la existencia de factores subjetivos —minorías tan descalificadas como criminalmente

irresponsables, en ese punto en que se confunden la extrema izquierda y la extrema derecha—, así como

objetivos —deterioro económico, pérdida de credibilidad de los partidos políticos— que amagan

desestabilizar el actual proceso democrático. Sería suicida no tomarlos en consideración. Pero no es

menos expuesto desorbitar estos factores, creando en el país la psicosis del golpe irremediable. Malo seria

desdeñar los peligros que amenazan a nuestra naciente democracia, pero en la situación actual lo peor es

dar rienda suelta a lo que yo llamaría el chantaje del golpe. Consiste en presentar un determinado

proyecto político, añadiendo la coletilla de que si no se aplicase al pie de la letra, el golpe vendría de

seguro. Como los que acuden al ´´chantaje del golpe" defienden muy distintos intereses, propugnando

políticas bien dispares, el ciudadano medio lo único que saca en claro es que a la larga el golpe parece

inevitable. Y esto, siendo hoy harto improbable, pudiera convertirse en triste realidad a fuerza de

repetirlo. Los agoreros y chantajistas del golpe constituyen también un factor nada despreciable de

desestabilización.

No hay que cerrar los ojos a la realidad, ni por cierto creer que todo el monte es orégano, pero la obsesión

del golpe puede de tal forma paralizar nuestros movimientos, imponiendo tales omisiones, que el temor a

que se produzca termine siendo el primer motor del golpe. La táctica de ir cediendo terreno, colocándose

continuamente a la defensiva, puede aplazar la derrota, pero nunca evitarla. La victoria, que, en nuestro

caso quiere decir la consolidación definitiva de la democracia en España, no puede conseguirse tan sólo

con una buena dosis de prudencia y cautela; es preciso además una estrategia coherente de cambios y

reformas, midiendo muy bien el terreno, pero asumiendo los riesgos necesarios.

El político, como el general, que evita sobre todo el exponerse, va preparando su propia derrota.

Prestemos la debida atención a los que nos avisan de que yendo demasiado aprisa podríamos encontrarnos

con nuestras esperanzas desmoronadas a la vuelta de la esquina. Pero no olvidemos tampoco que las

aguas estancadas son las que se pudren, y en una situación de tránsito como la que vive el país, nada

resulta más peligroso que la parálisis. Si no sabemos avanzar con pie firme, retrocederemos a los viejos

lodos; la prisa excesiva podría sernos fatal, pero la falta de toda concepción o la simple cobardía, por

mucho que se disfracen de prudencia, no tienen mejor sino.

La sinrazón del pesimismo

En este último tiempo se ha extendido un pesimismo difuso, que no corresponde a la situación real del

país. Si recordamos las dificultades inmensas que todos habíamos previsto para salir del franquismo, el

actual proceso de "reforma política", aunque esté muy lejos de colmar nuestras aspiraciones, ha

conseguido algunas metas importantes. Han pasado tres meses y medio desde las primeras elecciones

generales, después de cuarenta años de dictadura, y aunque las cosas, al menos en teoría y vistos los toros

desde la barrera, hubieran podido hacerse mejor y sobre todo más deprisa, tampoco hay motivos para

rasgarse las vestiduras.

En realidad, hemos experimentado tan solo las limitaciones de nuestra "clase política", pero no había

razón para esperar que pudiera haber otra contextura. Como cada uno de nosotros, también los políticos

arrastran cuarenta años de franquismo, y se les nota: sin demasiadas ideas concretas, se agotan en la

improvisación, a menudo mezclada con el oportunismo mis a ras del suelo. Pero hay que construir con los

elementos de que se dispone, y de poco sirve desesperarse porque somos distintos de lo que soñamos.

También la izquierda, aunque le duela, tiene que asumir el pasado franquista, por lo menos no pidiendo

peras al olmo.

El factor de desestabilización más agobiante es, desde luego, la crisis económica que arrastramos desde

1973. De ningún modo parece casual que otra vez en la historia se superpongan crisis política y

económica. El modelo económico de la última etapa del franquismo estaba ya en franca decadencia

cuando se produjo la muerto del dictador. No cabe duda que el rápido empeoramiento de la situación

económica ha contribuido de manera decisiva a que la derecha empresarial y el "bunker" baneario se

desprendieran con relativa facilidad del régimen fenecido. La derecha española necesita la democracia,

como operación de recambio, y la democracia que estamos estrenando, no lo olvidemos, la trajo la

derecha. Es ésta una diferencia fundamental, entre otras muchas de no menos fuste, en que hay que

insistir ante comparaciones demasiado precipitadas con la experiencia del 31. Si no estamos en el 31,

tampoco tenemos que llegar irremediablemente al 36.

Cada cual en su sitio

La consolidación de la democracia depende de encontrar una solución a los graves problemas

económicos. El que el actual proceso de democratización haya transcurrido por los cauces establecidos

por la derecha, conservando ésta plenamente el poder, hubiera debido implicar una política tradicional de

austeridad, centrada en la lucha contra la inflación. Lo sorprendente, y en cierto modo desestabilizador, ha

sido el afán del Gobierno de dar una imagen de izquierdas a su gestión. Los ministros de Hacienda y de

Trabajo tienen en este empeño una responsabilidad muy especial. A su vez, la pequeña parte de la

izquierda que encarna el PCE ha terminado de rizar el rizo de la confusión en su ansia, ya obsesiva, de

alcanzar respetabilidad, desvinculándose de todo lo que huela a izquierda. El falso izquierdismo de la

UCD y el falso derechismo del PCE, me parecen elementos claramente desestabilizadoras, que,

potenciados en un Gobierno de concentración, pudieran resultar explosivos.

Lo que pide la naciente democracia para consolidarse es que derecha e izquierda, cada cual en su papel,

cumpla con su misión, sin renegar de su distinto proyecto político, ni de su base electoral. Muchos

empezarían entonces a poder identificarse con un partido, y por su conducto, con las instituciones

parlamentarias. Lo que urge hoy es una visión clara de lo que se puede esperar, cuando esté en el poder la

derecha o la izquierda. Sin saber a qué atenerse, no cabe cálculo ni comportamiento racional. Y si su falta

es grave en todos los ámbitos, en el económico es sencillamente catastrófico.

 

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