Autor: Tezanos Tortajada, José Félix. 
   La crisis de la clase dominante     
 
 Diario 16.    08/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

La crisis de la clase dominante

José Félix Tezanos

Parece como si en nuestro país, de pronto, todo se encontrara en crisis. A las instituciones que el

franquismo dejó en difícil crisis, ahora se une la crisis económica (que realmente no es nueva) y también,

si creemos lo que algunos dicen, la crisis de los principales partidas políticos y, por supuesto, la crisis del

Gobierno.

En su conjunto, para el ciudadano medio y poco politizado se ha pasado de una situación en la que no

podía recibir información alguna sobre las múltiples crisis soterradas acerca de las que iba sobreviviendo,

mal que bien, el franquismo, a otra en la que continuamente es bombardeado por informaciones

recurrentes sobre todo tipo de crisis, reales o imaginarias, viejas o nuevas.

Ante una tal inflación de crisis hay muchos españoles que empiezan a sentirse un tanto aturdidos y

empieza a generalizarse un cierto clima de temor (de efectos políticos insospechados), al tiempo que

crece la confusión sobre el significado y alcance de tantas crisis sobre las que se habla.

Pero, ¿qué es lo que realmente está en crisis en nuestro país? ¿Cuál es el elemento fundamental de nuestra

crisis sobre el que gravitan todos los demás? Ciertamente, sí profundizamos en las raíces sociales de

nuestra situación, más allá de las anécdotas y de las superficialidades, nos podemos dar cuenta de que lo

que realmente se encuentra en crisis en el país es la clase dominante. Y ahí está la verdadera raíz de tanta

crisis.

Una burguesía ambigua y titubeante

Después de las elecciones del 15 de junio, nadie puede negar que la mayoría de los españoles opinan que

en nuestro país continúan "mandando los de siempre". Y esto, en gran parte, es verdad. Especialmente en

lo que se refiere a los resortes fundamentales del poder. No vamos a negar aquí la importancia que han

tenido las elecciones y todo el proceso democratizador como conquista objetiva —y progresiva— de todo

el pueblo, pero la verdad es que ello no se traducido aún en una nueva situación de participación en los

centros reales de poder y, lo que es más importante, no se ha traducido tampoco en un apartamiento del

poder y un cese en sus abusivos privilegios de los que durante tantos años y tan ineficazmente han

detentado el poder político y económico en nuestro país. Algunos objetarán que las clases dominantes sí

han sido eficaces en la defensa de sus intereses y en la multiplicación de sus privilegios. Pero no seamos

ingenuos: la verdad es que su ineficacia fundamental ha estado en que no han sabido crear una situación

viable en nuestro país.

En la historia reciente de España tenemos el más claro ejemplo de lo que es una burguesía incapaz de

hacer su revolución (la burguesa) y de consolidar un régimen liberal mínimamente congruente con sus

intereses. La tardía industrialización española y las específicas coordenadas de nuestra historia han hecho

que nuestra burguesía se haya mostrado ambigua y titubeante, a contrapelo entre sus intereses y sus

miedos, siempre propicia a ponerse en brazos de "salvadores" y a embarcarse en dudosas alianzas de

clases con los sectores sociales más regresivos. Lo ocurrido durante la dictadura de Primo de Rivera,

durante la II República y durante el franquismo son magníficos ejemplos de lo que ha sido capaz de dar

de sí esta clase dominante. En el último periodo franquista, en el contexto de un importante proceso de

crecimiento económico, no cabe duda de que la burguesía tuvo una ocasión propicia para jugar su papel

histórico. Pero prefirió la comodidad de la dictadura y continuó aliada a los intereses y a la trama del

poder del franquismo. Y ¿ahora? Ahora, la impresión que dan nuestros gobernantes y la clase dominante

en general es que no saben qué hacer; sus tinglados económicos, "cogidos con pinzas", amenazan con

derrumbarse; sus planes y replanes de recuperación económica no convencen, y su incapacidad para

generar situaciones política y económicamente viables queda, una vez más, al descubierto. Y esta crisis

de la clase dominante, unida a todas las consecuencias de un largo proceso de desgaste y fracasos, es la

que está alimentando todas las crisis parciales de nuestra realidad social, incidiendo poderosamente sobre

la que es, quizá, la más peligrosa de todas ellas: la crisis de confianza y autoridad. ¿Quién confía hoy en

la capacidad de las viejas clases dominantes para sacar al país del atasco en el que se encuentra metido?

Las condiciones del consenso

Que nuestro país necesita cambios serlos y profundos parece obvio. Pero lo que no está claro es qué vía es

posible para efectuar los cambios necesarios sin peligro de graves involuciones políticas. Pues si resulta

claro que las viejas clases dominantes están en crisis y no tienen fuerza suficiente (ni moral ni física) para

imponer sus medidas a corto plazo, no es menos cierto que las fuerzas populares tampoco pueden acudir a

salvar los intereses de la burguesía participando en Gobiernos de dudosa configuración.

Ciertamente el actual equilibrio de fuerzas hace imposible pensar en soluciones impuestas por ningún

sector social. Que, hoy en día, nadie tiene medios ni fuerza suficiente parece bastante claro. Por ello todo

el que analiza fría y objetivamente nuestra situación, llega a la conclusión evidente de la necesidad de un

acuerdo socio-político de amplio consensus. Pero lo que no es tan evidente es que —como pretendo, o

aceptan, algunos— hayan de ser los sectores populares los principales "paganos" de una política

económica de recuperación, y la vieja clase dominante su gestora política. ¿Y por qué no al revés?, nos

peguntamos muchos. Y cada día que pase creo que vamos a ser más los que pensemos en este último

sentido.

 

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