Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Nueva y vieja clase política     
 
 Diario 16.    20/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Nueva y vieja clase política

Ignacio Sotelo

Dejando aparte origen y significado científicos, la expresión clase política se generaliza en la última

década del franquismo para designar al grupo de personas con puestos de responsabilidad política,

incluyendo a los que los han ocupado o pueden ocuparlos. Faltando los instrumentos democráticos de

selección partidos, opinión pública, elecciones, vida parlamentaria— los mecanismos de acceso a la clase

política en el franquismo configuran una de las cuestiones más enredadas, pero también más sugestivas,

que puede plantearse el historiador de este periodo. En todo caso, parece claro que los funcionarios

públicos fueron la fuente principal de reclutamiento. No en balde, uno de los rasgos definitorios de este

tipo de regímenes es la tentación continua de confundir lo político con lo administrativo. Pero al reducir

la política a mera administración —sueño permanente de la derecha—, la Administración se contagia de

la arbitrariedad de un poder no controlado, que acaba siempre en un triste despertar.

En el franquismo, para hacer política, en vez de inscribirse en el partido oficial que, aunque único y sin la

menor autonomía, a los ojos del dictador seguía teñido de la mácula de lo político, lo mejor era comenzar

por una brillante oposición a un cuerpo de prestigio —abogacía del Estado, cátedra, diplomacia—,

comportándose luego profesional y políticamente —el considerarse apolítico constituía un punto a

favor— de tal forma, que terminase siendo cooptado por la clase política. Para conseguirlo, además de

procrear un buen número de hijos —ninguna otra clase política ha contado con tantos padres de familia

numerosa, con la excepción de ese puñado de castos varones, también especialidad del régimen—, había

que saber arrimarse al padrino apropiado, desde luego miembro de la Santa Obra, la Santa Casa o la

Secretaría, así a secas, sin aureola, entre las que recaía, alternativa o proporcionalmente, el reparto de

cargos.

Compromiso entre dos clases

Las primeras elecciones generales han modificado el modo de acceso a la clase política, pero no

sustancialmente este concepto. Como la llamada "oposición democrática" no pudo durante lustros más

que arremeter verbalmente contra la única clase política que existía, la del franquismo, no es extraño que

este concepto se haya cargado de connotaciones negativas. Mientras se pensó que la "ruptura" era

indefectible para salir del franquismo, se criticó duramente el "aperturismo" y el "centrismo" de la clase

política del franquismo, que buscaba su sobrevivencia en un sistema más acorde con nuestra situación

geográfica-cultural y el grado de desarrollo socioeconómico alcanzado. Luego no se produjo la "ruptura",

es decir, la sustitución de la desacreditada clase política del franquismo por las fuerzas democráticas de

oposición, dando paso a un proceso de verdad constituyente, sino tan sólo la reforma, resultante de un

compromiso tácito entre la clase política heredera del franquismo y la oposición antifranquista.

Transacción por la que la primera conservaría el poder, organizando las elecciones, y la segunda se

convertiría en la oposición legal y parlamentaria, pero en un nuevo régimen que se compromete a respetar

los derechos y libertades fundamentales, las autonomías nacionales y regionales, así como las reglas del

juego democrático en la alternancia del poder.

A estas alturas no vale la pena discutir —el tema interesará tan sólo a los historiadores del mañana a la

vista de los resultados si este compromiso constituyó la mejor, tal vez la única solución, o si habría cabido

forzar la ruptura. Hoy por hoy hay que aceptar las cosas tal como son, y podemos darnos con un canto en

los dientes si logramos que el proceso iniciado desemboque en la consolidación de instituciones

democráticas. Ahora bien, la integración de la oposición en la clase política que hasta ahora habían

monopolizado los franquistas, por oportuna y necesaria que haya podido ser —se permitirá que algunos

tengamos nuestras dudas—, no podía desencadenar un gran entusiasmo popular, ni proporcionar un

prestigio especial a la nueva clase política, que resultaba de la fusión de elementos tan heterogéneos.

El espectáculo que vivió el país en los meses que precedieran a las elecciones fue en este sentido harto

aleccionador. Las clases medias habían aguantado, cuarenta años de dictadura, sin demasiados devaneos

políticos. Los dos únicos partidos que se remontan a los tiempos anteriores a la guerra tienen un carácter

netamente clasista. De repente, y al amparo de las más diversas ambiciones, surgen por doquier partidos

como hongos. Para el menos perspicaz está claro que, o se cuela en esta ocasión, o tendrá que esperar

largo y trabajar duro hasta encontrar un rinconcito en la nueva clase política. Sobre todo, a nadie pasó

inadvertido la forma como se organizó la UCD, sin el más elemental pudor en algunos de los que se

engancharon en los últimos momentos, aceptando, por un escaño seguro, todas las presiones y

condiciones del poder. El señor Areilza ya dijo en su día lo que había que decir al respecto, quedando —

muchos confían que sólo provisionalmente— fuera de juego. Cierto que una democracia hoy no puede

funcionar sin que en la clase política estén representadas derechas e izquierdas, pero hubiera cabido

esperar que se hubiera impuesto otra derecha, ya que las condiciones de la clandestinidad no permitieron

otra izquierda.

Crítica y democracia

Nada tiene de particular que en su obligada amalgama la clase política de la transición no levante grandes

fervores. Cierto que la prensa a veces se ha ensañado con ella —no constituye blanco difícil, pero en un

país en el que en la adulación de los poderosos se había llegado a los máximos refinamientos, no es mala

cosa que empecemos ejercitando nuestra recién adquirida libertad diciendo publicamente lo que

pensamos de los que nos gobiernan o aspiran a gobernamos. En el fondo, un cierto escepticismo crítico

contribuye hoy mejor a afianzar la democracia que falsos entusiasmas y expectativas desmesuradas. Al

fin y al cabo, no se trata de una varita mágica para resolver de repente todas las cuestiones que nos

acucian, sino tan sólo de un modo racional de ir acometiendo los problemas de la convivencia. Después

de las decepciones trágicas que nos ha proporcionado este siglo, tal vez su último cuarto se caracterice

por una cierta contención emocional, que encaja bien con el espíritu crítico que quiere encarnar la

democracia.

 

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