Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Oposición en periodo constituyente     
 
 Diario 16.    21/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

Oposición en período constituyente

Ignacio Sotelo

Sobre el enorme significado histórico de que al fin se hayan reunido unas Cortes libremente elegidas, aun

agotando todas las figuras retóricas, se ha dicho lo justo. Difícilmente cabe exagerar en este punto. En

cambio, demasiado parcos han sido los comentaristas en lo que respecta a las enseñanzas concretas que se

desprenden de estas sesiones preparatorias. Tal vez no resulten ociosas algunas observaciones.

La incógnita más importante que queda por despejar es el comportamiento parlamentario del PSOE en

cuanto eje central de la oposición. En principio, la función básica de un partido gubernamental es

fácilmente delerminable: sacar a flote en el Parlamento los proyectos de ley que envíe el Gobierno.

Faltando en el Congreso a la UCD algunos pocos escaños para tener la mayoría absoluta, pueden

presentarse situaciones tirantes, aunque resulta difícil creer que en cuestiones de fondo Alianza Popular

podría votar con el bloque de izquierdas. Sin embargo, el Gobierno depende de esta eventualidad y sería

ingenuo descartarla de antemano. Pero con una mínima flexibilidad hacia su derecha y manteniendo la

disciplina interna —no hay razones serias para pensar que pueda resquebrajarse a corto plazo—, la UCD

puede llevar la voz cantante en el Parlamento.

La función de la oposición

Aquí se inscribe la tarea ardua de la oposición. Sin contar con el aparato administrativo del Estado ni con

la información del Poder, a cuerpo descubierto y por su propio esfuerzo tiene que elaborar proyectos de

ley que aun representando la opinión mayoritaria del país sabe que no va a poder sacarlos adelante. La

oposición no puede agotarse en una postura meramente negativa —decir no a los proyectos

gubernamentales— ni tampoco conformarse con presentar algunas enmiendas y correcciones. La

oposición tiene que aparecer ante el país, por los proyectos que elabora y la política que defiende, como el

mejor gobierno, al que sólo le falta el apoyo parlamentario suficiente para lograr imponerse. El país queda

así emplazado a cambiar la composición de las Cámaras en las próximas elecciones, de modo que este

mejor gobierno pueda gobernar.

Pero estas consideraciones generales hay que acoplarlas a la especial situación de unas Cortes que se

quieren constituyentes. Estas Cortes, además de la serie de leyes particulares que tengan que aprobar, han

de confeccionar y votar una Constitución democrática que responda a las necesidades del país. Este hecho

las diferencia fundamentalmente de las venideras, cargándolas con una muy pesada responsabilidad

histórica. En consecuencia, las tácticas a emplear y las coaliciones que se acuerden han de estar

condicionadas por este signo constituyente. Nada más errado en las actuales circunstancias que anteponer

a esta labor común y prioritaria de todas las fuerzas democráticas de oposición intereses particulares y

afanes —en cualquier otra ocasión bien comprensibles— de perfilarse como partido dominante.

El PSOE, como partido mayoritarío y, por tanto, eje de la oposición, ha planteado correctamente el

problema, al defender la necesidad de un "pacto constitucional" que mantenga unidas a todas las fuerzas

democráticas y progresistas hasta que el país cuente con una Constitución válida, terminando así esta

difícil y ambigua etapa de transición con la convocatoria de elecciones generales para que el pueblo elija

la cámara o cámaras que prevea la Constitución y del modo que lo prevea.

Los errores del PSOE

Desde esta perspectiva, la actuación del PSOE en las sesiones preparatorias de las Cortes es, para decirlo

con la mayor delicadeza, poco coherente. En unas Cortes constituyentes cabía haber esperado que las

fuerzas democráticas de oposición hubieran elegido de común acuerdo las mesas presidenciales de las

Cámaras, repartiendo lo mejor posible los puestos disponibles. Ello hubiera supuesto, desde luego, una

cierta generosidad por parte del PSOE» con gran diferencia el partido más fuerte, pero hubiera respondido

mejor a sus verdaderos intereses, al identificarlos con los del país. De nada sirve mostrar la evidencia de

que se trata del grupo más fuerte, capaz de marchar solo, combatiendo en dos frentes. En la actual

coyuntura, teniendo en cuenta la composición de las Cámaras y la labor constituyente por realizar, esta

táctica implica el riesgo enorme de convertirse en el ala izquierda del partido gobernante, si no quiere

condenarse a la mayor ineficacia, encerrándose en un espléndido aislamiento.

Pero el PSOE no sólo ha puesto de manifiesto su escasa capacidad de negociación con los demás partidos

de izquierda, intentando en vano que pasaran por el aro, sino que incluso, al proponer el número de 15

diputados para poder formar un grupo parlamentario en el Congreso —propuesta que sólo podía contar

con el apoyo de la UCD—, ha ignorado flagrantemente la existencia de partidos regionales, en un

momento clave en el que aún está por resolver el problema de las nacionalidades.

Todo error táctico tiene en su base un error teórico de mayor alcance. El comportamiento equivocado del

PSOE en estas primeras sesiones parlamentarias tal vez refleja la afirmación harto cuestionable de su

primer secretaria, Felipe González, de que ya "se produjo la ruptura". La cuestión es compleja y precisa

de un nuevo articulo.

 

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