Autor: Sotelo, Ignacio. 
   Gobierno de concentración (II)     
 
 Diario 16.    17/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Gobierno de concentración (II)

Ignacio Sotelo

Por razones imputables a la crónica falta de espacio de un diario, este artículo no apareció ayer en la

versión integra que nos había remitido su autor. Lamentablemente, quedaron fuera conceptos y

matizaciones que eras necesarios para la comprensión general de la tesis mantenida. Como reparación

elemental del error, y teniendo en cuenta el enorme interés que el tema planteado está adquiriendo estos

días en nuestro país, reproducimos hoy el texto íntegro del trabajo.

La lógica de la demanda comunista de un Gobierno de concentración se basa en una ficción: equiparar la

actual "reforma política" con un periodo netamente constituyente. Desde los supuestos constiyentes, un

Gobierno de concentración resulta tan natural como es absurdo desde el horizonte reformista en que se ha

planteado y se está llevando a cabo la transformación política del país. Reconociendo los hechos como

son —en política, nada más peligroso que las ficciones—, la izquierda, en vez de proponer gobiernos

ilusorios, a lo que está obligada es a acelerar la elaboración de la Constitución, para que lo antes posible

funcionen mecanismos democráticos en el nombramiento y destitución del Gobierno, así como en la

fiscalidad de su gestión. Pero una vez entrados en esa etapa ya cabalmente democrática, han desaparecido

las razones formales constituyentes en favor de un Gobierno de concentración. La delimitación clara de

Gobierno y Oposición, no sólo parece consustancial con la democracia, sino que es exigencia

fundamental en sus inicios. Mala cosa sería inaugurar la democracia parlamentaria eliminando la

dialéctica Gobierno-oposición, con un Gobierno de concentración que apoye a la mayor parte del

Parlamento.

Propugnar en Gobierno de concentración en virtud de la grave crisis económica y social que atraviesa el

país, se apoya en otra ficción —la posibilidad de una política económica por encima de las

contradicciones y antagonismos de clase— que hay que desenmascarar como lo que es: una ficción

claramente derechista. El PC debe dar a conocer su programa concreto para enderezar la crisis, y si lo ha

concebido desde la perspectiva de los intereses de la clase que pretende representar, aunque sea muy

parcialmente, no es difícil pronosticar que no encontrará aliados en la derecha. Si por el contrario el PC

piensa que en las actuales circunstancias no hay alternativa real a la política tradicional de superación de

crisis —congelación de salarios, disciplina laboral, facilidades a la inversión, ahorro en el gasto público,

etc.—, entonces no se ve muy bien cuál puede ser el papel de la izquierda en ese Gobierno, como no sea

el de legitimar y dar un aire izquierdista a una política francamente conservadora. En semejante

coyuntura, más vale desde la oposición defender los aspectos positivos o imprescindibles de esa política,

pero conservando la libertad de criticar sus insuficiencias, incoherencias, así como los elementos más

perjudiciales para la clase trabajadora, ofreciendo a la vez soluciones parciales a problemas concretos.

Sabido es que la superación de la crisis depende muy fundamentalmente de las expectativas que tengan

los empresarios, y que éstos no invertirán si no divisan un horizonte despejado. En este sentido, el actual

Gobierno no es, desde luego, el mejor para infundir confianza. Harto visibles son sus debilidades y

contradicciones, resultado del cajón de sastre, sin ninguna cohesión ideológica, que constituye la UCD.

No cabe duda que el país necesita un Gobierno fuerte, con claro apoyo parlamentario, que sepa lo que hay

que hacer y cómo, para que el empresario recobre la confianza y sepa a qué atenerse. Lo que ya es

completamente falso es que ese Gobierno fuerte que necesita el país sea un Gobierno de concentración,

con participación de toda la izquierda, incluido el PC. La presencia de los comunistas en el Gobierno,

lejos de tranquilizar los ánimos, pudiera muy bien ahondar el miedo empresarial, iniciándose una

situación caótica de sálvese el que pueda, que pondria en aprietos muy serios a la democracia todavía no

estrenada. Esto en cuanto a las posibles repercusiones interiores, por no hablar de las internacionales.

Pero lo más peligroso de este Gobierno de concentración es que si fracasara, y he anunciado algunas

razones para prever su posible fracaso, el país y la democracia se quedarían sin solución de recambio. Los

Gobiernos de crisis que no superan la crisis desencadenan la crisis definitiva. Empresarios y obreros,

desilusionados ante el fracaso conjunto de todos sus partidos, podrían caer en tentaciones irracionales de

cortar por la fuerza el nudo gordiano. La crisis es grave, pero no hasta el punto de que sea aconsejable el

jugarnos el todo por el todo a una sola carta.

Si por Gobierno de concentración entiende el PC únicamente un Gobierno de coalición UCD-PSOE, la

construcción no puede ser más desgraciada. Teniendo la mayoría, y por tanto la ultima palabra, la UCD,

el PSOE se vería arrastrado a una política tan ineficaz —ya se está viendo lo que la UCD da de sí— como

impopular, que afectaría muy decisivamente a su implantación en las masas. Si por milagro esta coalición

fuere capaz de superar la crisis, el mérito sería de la UCD, habiendo contribuido el PSOE a su

robustecimiento y consolidación. Si fracasara, entonces saldría apaleado y completamente desacreditado

el partido mayoritario de la izquierda. Sólo desde una posición egoístamente de partido, olvidando el

interés general de la clase obrera y del país, el PC podría estar interesado en quemar a los socialistas en la

primera embestida. Hoy por hoy, y posiblemente por mucho tiempo, el PSOE constituye el eje central de

la izquierda, y todo lo que lo debilite debilita a la izquierda.

El "surrealismo" de Carrillo

Al confundir España con Italia y traducir "compromiso histórico" por "Gobierno de concentración", se

comprende que al señor Carrillo le parezcan muchos de los políticos y de las instituciones de este país

"surrealistas". Confiemos en que al ir integrándose en el surrealismo nacional" —por lo menos así

aparece nuestro país desde la perspectiva de no pocos extranjeros, y cuarenta años de exilio cuentan— irá

elaborando una política que parezca realista a sus conciudadanos. Tomando en cuenta los problemas que

tiene planteados este país, y las circunstancias en que nos hallamos, el único surrealista que conocemos es

el señor Carrillo, al pedir algo tan surrealista como un Gobierno de concentración. Y esto le hace

francamente simpático, también hay que decirlo.

 

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