Autor: Sotelo, Ignacio. 
   La cuestión republicana     
 
 Diario 16.    01/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Jueves 1 - septiembre 77 / DIARIO 16

La cuestión republicana

Ignacio Sotelo

No sé cuántos republicanos convencidos seremos en España; lo grave es que se han celebrado las

primeras elecciones generales y seguimos sin saberlo. Confieso que me dio que pensar la contestación de

un amigo, persona moderada en cuestiones políticas y sociales, al preguntarle por el partido que pensaba

votar: "Yo no puedo votar, pues al único partido que hubiera podido dar mi voto hubiera sido a uno

republicano, como el de Azaña." No sé si serán muchas o pocas las personas que piensan como mi amigo,

lo que sí me parece escandaloso, simplemente como demócrata, es que después de unas elecciones

generales no podamos saberlo.

Inelegibilidad de los republicanos

En las elecciones del 15 de junio se podía elegir entre listas de los más diferentes colores, desde la

extrema derecha a la extrema izquierda: la única que faltaba es aquella que de alguna forma se declarase

republicana. El 15 de junio se podía votar comunista, pero no republicano. Se comprende, la República

pudiera ser una eventualidad más cercana y asequible que la sociedad comunista. Lo único

desconcertante es que la opinión pública no se inmutase por la falta de una lista republicana: muchos ni

siquiera se percibieron; otros, de puertas adentro, hasta se congratularon, a algún sitio tendrían que ir a

parar los votos republicanos, y a lo mejor se inclinaban por la opción propia; no pocos votaron al PSOE,

partido republicano por historia y decisión deliberada de sus congresos, creyendo que esto resolvía la

cuestión; incluso hay malas lenguas que afirman que la postura pro monárquica de los comunistas les

costó bastantes votos. Pero de seguro nada se sabe; sobre el posible republicanismo del país estamos

obligados a seguir especulando.

A estas alturas ha quedado claro que de los tres tabúes que hace apenas un año se consideraban intocables

—la forma de Estado, el reconocimiento de las autonomías y la legalización del Partido Comunista—

sólo ha sobrevivido el primero. Plantear hoy la hipótesis de que se ha podido negociar el suprimir dos

tabúes a costa de reconocer el primero resulta pueril por evidente. No se me ocultan razones de peso para

este proceder, pero ninguna que pueda justificar un juego a espaldas del país, que cuestione en su raíz la

misma democracia que queremos establecer.

La opción republicana no estuvo presente en las elecciones del 15 de junio, en base a un procedimiento

tan antidemocrático como la no legalización de ningún partido que llevase el nombre de republicano. Los

directores de la "operación democracia" no estaban dispuestos a tolerar en las Cortes constituyentes —en

las próximas, sí— a unos cuantos diputados y senadores —no creo que hubieran sido muchos— que al no

tener más razón de ser que su republicanismo, tal vez no se hubieran prestado tan fácilmente a la

negociación en marcha.

Democracia otorgada

En un país en el que la propaganda oficial ha estado repitiendo durante cuarenta años que la única

disyuntiva era "Franco o el comunismo", no puede esperar el señor Carrillo que dilemas tan simplistas

como "la cuestión actual no es Monarquía o República, sino democracia o dictadura" puedan ya

convencer a nadie. La realidad es mucho más compleja y cambiante de lo que suponen tales fórmulas, que

siempre ocultan más de lo que revelan. Bien pudiera ocurrir que en las circunstancias actuales la

alternativa real no fuese tanto "democracia o dictadura" como democracia de verdad, sin adjetivaciones,

que incluye el planteamiento público y abierto de todas las cuestiones pendientes y el respeto de la

voluntad popular expresada libremente, sin manipulaciones previas, y democracia otorgada, altamente

restrictiva, que conlleva una larga lista de condicionamientos intocables. Aunque el dilema "democracia

de verdad o democracia otorgada", en mi opinión, reproduce mejor los términos del problema, tal como se

plantea hoy, no deja de ser, como todas estas fórmulas, excesivamente simplista. Cierto que no existe una

democracia pura, sin condicionamientos harto concretos de las estructuras socioeconómicas, culturales e

institucionales dominantes, pero a ella aspiramos. La cuestión de la forma de Estado no es, ni mucho

menos, la más importante de las muchas acuciantes que tenemos planteadas, pero exige una solución,

como todas las demás, que respete la voluntad del pueblo. Si se ha colocado en un falso primer plano, es

porque en ella se ha intentado y se sigue intentando esquivar un procedimiento democrático limpio. Y

esto importa a todos los demócratas, sean republicanos o monárquicos.

 

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